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Desacralizar la política

'El beso', de Rodin con 'Nave nave Mahana', de Gauguin al fondo. Foto: Ricardo Marrero Gil

Prefacio, rumbo a la Ascensión

De momento y dada la ausencia de evidencias, parece que no podemos elegir a nuestro dios por votación. Por eso, algunos preferimos vivir en la anarquía religiosa. Ahora bien: aplicando la misma regla de tres, votar al partido que votamos no nos convierte a los electores en divinidades poseedoras de la verdad categórica. No nos queda de otra, pues, que seguir equivocándonos, calculando, eso sí, la medida de nuestro error. Cualquier otra cosa es fanatismo, pura verborrea política.

Una plegaria junto a los ríos Po, Ródano y Saona

Estábamos en Italia y yo solo veía besos. «Me llenaste la boca de versos», dije en redes sociales. Pero era mentira. Me llenaste de historias de despedida, de reencuentros, de últimos abrazos y últimos «te quiero». Solo una cosa es para siempre: el agua estanca. Todo lo demás es literatura. Como siempre me pasa, regresé a casa con la sensación de que todo estaba fuera de su sitio. Volvía a engañarme. En realidad, el único que había cambiado en el lapso de una semana (siete días, tres ciudades) era yo. 

Solo me bastaron unas horas para darme cuenta. Mientras yo me sentía violado por la soledad de los retratos de Courbet en el Musée de Beaux Arts, la gente seguía usando a la gente para manipular a otra gente; recuperando aún el aliento del colosalismo del Duomo, nos vi a nosotros tan pequeños jugando al enchufismo; en lo que cenaba los restos de un otoño en el Parco del Valentino, un pensamiento invasivo, como de muñeco de nieve poseído, lo inundó todo de leche. Pero esto no va de La naranja mecánica. ¿O sí?

‘Amen’, ¿con o sin tilde?

El gas apagado, el grifo cerrado a cal y canto, la llave pasada. Aún sobra algo de tiempo para apurar resolviendo una cuenta pendiente. La pequeña pantalla no es su fuerte, hay que decirlo. Hay prejuicios culturales que son difíciles de remediar hasta que viene Sorrentino y te dice que ajá, que aún eres un niño tonto, que no es lo mismo contemplar que observar. Va mucho de miradas esta serie que pronto conocerá una segunda temporada. Va de ojos que miran todo el rato hacia arriba (a cielos estrellados, crucificados, espíritus santos, etcétera) y de pies que se arrastran sigilosos por debajo. 

Para extraer alguna lección moral y política de The Young Pope basta con desacralizar el espectáculo. Sí, el puntito extravagante (entre atractivo e irritante) del oscarizado Paolo Sorrentino forma parte explícita de su puesta en escena, pero el papa de Jude Law viene a sermonearnos de algo mucho más importante: cada relación humana es la traducción de la política en la actividad social más cotidiana, poco importa la naturaleza de la institución en la que se geste la misma. Estrechar una mano es también caer en la trampa de la transacción política, de los tiras y afloja, de los pactos, enmiendas y mociones, del sondeo, la artimaña, el complot y, sobre todo, del asentamiento de una jerarquía. 

El imaginario papa Pío XIII pretende sustituir el amor por el sufrimiento en el seno del Vaticano, ergo, en el seno de la comunidad cristiana mundial. Es decir, quiere hacer visible el principio máximo de la moral cristiana. Para él, en cambio, se reserva los placeres capitales: un cigarrillo bajo las estrellas, la fascinación de una Magdalena, el castigo a los queridos (brillante Diane Keaton como madre espartana en su hábito de monja). Sempiterno y profano, nuestro modelo de relación persigue siempre el fin político último. Lo hemos conocido ya bajo la forma del feudalismo, el imperialismo, el absolutismo, el colonialismo y el totalitarismo. Esa es la razón por la que The Young Pope ilustra tan bien cuál es ese objetivo común a todos los modelos políticos conocidos: emular el poder divino. 

San Isidro, patrón de los chuchos y de los que no escuchan

«¿Pero por qué no me dejan gestionar mi tiempo como quiera?», replicó exasperada Irene Montero a las repetitivas interpelaciones de Xabier Flores, que instaba una y otra vez a que los interlocutores se faltaran al respeto educadamente. Lo único que quería la portavoz de Unidas Podemos era tiempo para enumerar algunas de sus propuestas concretas en materia de  política fiscal. El periodista, en cambio, quería sangre. Esa fue, al menos, la sensación que transmitió al permitir la cizaña que Inés Arrimadas no dudó en dirigir hacia una muy discreta Adriana Lastra. (En periodismo, el insulto es dinamismo y la fiesta es la epifanía de los televidentes). «Dosifiquen con algo de sentidiño» se limitó a responder el gallego. 

El debate a siete entre los portavoces de los principales partidos con representación parlamentaria se arrodilló ante los mecanismos televisivos al más puro estilo del teatrillo ambulante de verano. El calor, más que por los temas, fue provocado por los comentarios incendiarios de los que buscaban el titular. «Pocas personas han hecho más daño a la causa del cambio climático que los padres de Greta Thunberg» soltó Cayetana Álvarez de Toledo, que durante toda la noche sostuvo un discurso sin apenas fisuras con respecto al de VOX. De todas las perlas del partido neofascista, me quedo con sus ataques al nacionalismo periférico a la par que exaltaba el voto patriótico (¿se come?), el modelo de familia tradicional y la bandera española.

Hubo un matiz, eso sí, que solo Aitor Esteban se atrevió a pronunciar en voz alta; «Solo faltaría que me llamara racista un franquista», arremetió contra Espinosa de los Monteros. Junto a la representante de Unidas Podemos, el vasco fue el único capaz de mantenerse al margen del puñal, de la riña fácil, que fue la tendencia imperante a lo largo del cara a cara. En definitiva, durante dos horas vimos pasearse en un plató las vergüenzas, los engaños y desacuerdos, los pitos, las flautas y los perros de lo que configura hoy el escenario de la política española (véase, para más inri, el debate a cinco entre neofascistas, lechosos, indirectas izquierdistas, chulos y guaperas). Una de Almodóvar hubiera sido tortura más piadosa. 

Desenredar el purgatorio

Por seguir con la iconografía católica y si se lo preguntan, dirá que para desacralizar el terreno de juego es necesaria una república que pase por la destrucción absoluta del capitalismo. No vayas más allá: el que firma no tiene las claves para sentar las bases de una revolución pacífica que nos lleve a un sistema comunista (uno de verdad que no ensucie su nombre bajo fórmulas autoritarias). Lo que está claro (es una promesa de juventud, disculpen) es que entre dominante y dominado siempre escogerá el bando de los que tienen menos que perder y más por lo que luchar.

Por eso le desmoralizan esas campañas rastreras de la derecha o, peor aún, la continua confrontación de la izquierda. Desalienta ver carteles (Tengo un crush con Más País!) que rozan lo ridículo y que confirman hasta qué punto la política no puede vivir sin el mercado. También se avergüenza de todos aquellos que han robado en su tierra o de conocer, hace algunos días, que la hija de Casimiro Curbelo, presidente del Cabildo de La Gomera, ha sido la única en aprobar sin fallos las oposiciones de Enfermería (curiosamente, junto a dos amigos). 

Y mira que el muro de la incompetencia parecía superado. Pero no falla. Y no es exclusivo de nuestro país. Al tiempo que son escritas estas líneas, la Asamblea Nacional de Francia (esa República progresista, matria de la Revolución) debate aún si las mujeres solteras y/u homosexuales tienen derecho a la reproducción asistida sin la presencia de la figura paterna. Y, a dos pasos, en la otra parada de mis vacaciones, la religión es un eje transversal por las evidentes presiones del Vaticano para según qué cosas (mientras los homosexuales no pueden casarse por respeto al modelo tradicional de familia, no se duda en cerrar las puertas a los migrantes sin el más mínimo amago de caridad). 

Breve confesión

Estábamos en Italia y yo solo veía besos. Da igual que fuera el museo galorromano, el egipcio o el de pintura: la gente se acercaba a las piezas a la misma distancia que se dan los besos. Solo en esos lugares no hay espacio para la fisura. Enmendaré, pues, mi frase anterior. Lo único que este eterno aprendiz puede adelantar es que la revolución económico-política no se entiende sin el potencial de lo cultural. Si no pasa por el filtro de la sensibilidad, de la inteligencia emocional, del avistamiento del placer en lo inútil, de los valores secundarios, de las interpretaciones caleidoscópicas, del eclecticismo, nos quedaremos solos ante los tejemanejes políticos. Y entonces, sí. No habrá Piedad que valga. 

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