Cuando era pequeña, la hermana de mi abuela me contaba muchas historias: vivencias suyas, de mi familia, historias que también eran mías, o más bien, nuestras. Anécdotas de su madre, mi bisabuela; de cuando mi abuela y ella eran jóvenes; de cómo era su vida tiempo atrás. Y yo la escuchaba atenta. En parte, porque no quería que se me escapase ningún detalle. En realidad, porque era consciente de que era un momento único, perecedero, del que no siempre podría disfrutar. Sabía que a ella le gustaba que yo le preguntase. Así, Jero daba rienda suelta a sus historias.

Cuando se fue, me di cuenta de que me quedaron muchas preguntas por hacerle y a ella muchas respuestas que ofrecerme. Las historias familiares se enmarcan en una época determinada a la que inevitablemente pertenecemos y de la que no podemos escapar. Esta es una parte de la historia de las mujeres de mi familia, de algunas de las mujeres que habitan en mí.

Mi bisabuela Ascensión

Mi bisabuela Ascensión se casó en el año 1927, cuando la dictadura de Primo de Rivera daba sus últimos coletazos. Su padre, mi tatarabuelo José, le regaló por motivo de su boda la posibilidad de abrir un negocio de venta de tabaco al por menor, un estanco. Ese estanco, que celebrará dentro de pocos años su centenario, sigue aún en activo y es un negocio familiar que se ha ido (tras)pasando de generación en generación, de madres a hijas. Porque eso sí, han sido mujeres las que estuvieron, están (y puede que en un futuro estén) detrás del mostrador.

Mi bisabuela Ascensión abrió el estanco y se hacía cargo del negocio mientras su marido trabajaba en el sindicato de riegos. Sin embargo, la licencia estaba a nombre de mi bisabuelo. En términos legales era él el propietario, aunque de puertas para adentro fuera su mujer la que lo regentaba. Estamos frente a una época en la que las mujeres no tenían independencia económica. Solo con autorización paterna o del marido, y siempre bajo su tutela, podían abrir una empresa. La Segunda República concedió algunos derechos civiles a las mujeres y el movimiento feminista de la época luchó por conseguir otros. Pero no fue hasta la aprobación de la Constitución Española de 1978 cuando la mujer dejó de ser dependiente del hombre y pudo hacer gestiones por sí misma, sin necesitar la aprobación de nadie.

Cuestión de supervivencia

Jero me contaba que, cuando estalló la guerra civil, ella tan solo tenía tres años, los mismos que duró la contienda. Tres años de miedo, odio, bombardeos, fusilamientos y víctimas. Y también supervivencia, de la manera que se pudiera y al precio que fuese. Gracias al estanco, mi familia no pasó hambre. Pero no solo ellos.

Mi bisabuela compartía los pocos alimentos que tenía con los que estaban pasando necesidades; alimentos que conseguía gracias al trueque y al estraperlo de tabaco. No solo ayudó a gente humilde y pobre, sino también a familias de bien que no pedían comida por vergüenza, a mujeres de posibles que vivían en enormes casas y que son las culpables de que, más tarde, mi madre desarrollase una pasión por las antigüedades.

Mi abuela Leo

Mi abuela Leo es la abuela que todo el mundo querría tener. Es la típica abuela que tiene un altar lleno de vírgenes y estampitas al lado de la cama y que va (o mejor dicho, iba) a misa todos los domingos. Encaja a la perfección con el prototipo de abuela del sur: risueña, dramática, exagerada a más no poder, escandalosa y cariñosa. Sin duda, mi abuela es muy barroca. Achaca sus manías a la edad, aunque realmente siempre las ha tenido. Tiene un patio lleno de macetas y trastos. Hace la mejor tortilla de patatas del mundo y su pasatiempo preferido es cebar a sus nietos, a sus hijos, a todo el que se atreve a sentarse en la mesa de su casa a comer. Quizá su obsesión por llenar la barriga de todos los de su alrededor se deba a que su infancia transcurrió en la España de las cartillas de racionamiento y la leche en polvo.

Recuerdo a mi abuela y a su hermana sentadas en una máquina de coser de pedales, haciéndonos los disfraces de carnaval y remendándonos los tomates que nos hacíamos en los calcetines. Mi abuela era modista, estudió en la Escuela de Corte y Confección y tenía la academia Serrano. Era algo así como la Sira Quiroga de Lorca. Sira fue capaz de hacer un Delphos falso, pero mi abuela replicó para su boda el tocado y el velo que llevó Grace Kelly en su enlace con el príncipe Rainiero de Mónaco. Si mi abuela se hubiese presentado al cásting de Maestros de la costura, la hubiesen cogido seguro.

El sueño de mi abuela

Como tantas y tantas españolas, mi bisabuela y sus dos hijas emigraron a Francia en la época de la vendimia al cobijo de unos primos suyos que vivían en el país vecino. Allí estuvieron un par de meses empaquetando la uva con la esperanza de ahorrar algo de dinero. Mi abuela se casaba dentro de poco y quería construir una casa para vivir con su familia encima de la vivienda de sus padres. El dinero se gastó antes de lo esperado y mi abuela se quedó con ganas de hacer un banquete de bodas en condiciones.

También se quedó con la espina clavada de otras tantas cosas. La ilusión de mi abuela era ser maestra. Por entonces, para ejercer de maestra, tan solo era necesario aprobar un examen que se realizaba en Madrid. El dinero que había en su familia se invirtió en la formación de uno de sus hermanos varones. Mi abuela Leo no pudo estudiar Magisterio y, en el supuesto caso de que hubiera habido dinero para poder estudiar los cuatro hermanos, en primer lugar hubiera ido la educación de los hombres. Mi abuela pasó El tiempo entre costuras, pero le hubiera gustado pasar el tiempo entre pupitres, cuadernos y alumnos a los que enseñar y educar.

Lo que no tuve para mí, que sea para vosotras

Mi abuela y mi bisabuela serían aquella anciana que inundó las redes sociales y que emocionó a media España (si no, a España entera) en la manifestación del 8M de hace ya tres años, con una pancarta en la que se podía leer: «Lo que no tuve para mí, que sea para vosotras».

Mi abuela dice que en la peluquería la confunden con Concha Velasco, que jugaba al baloncesto y que ganó un premio de teatro. No sé cuánto de imaginación hay en eso. También dice que quiere que la vacunen pronto para poder abrazarnos. Eso sí que estoy segura de que es verdad.

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Creo que no es casualidad que haya nacido y crecido en una ciudad que se llama igual que uno de los grandes poetas de la historia: Lorca. Lorqui(a)na de corazón y estudiando Periodismo y Humanidades en Madrid, siempre me ha interesado todo lo relacionado con el mundo de las letras, en especial, el arte y la literatura.


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