Otro mes de marzo termina y no pasó nada. Un año más, en esta época pseudoestival y carnavalesca, las empresas y grandes corporaciones se enfundan las caretas violetas y descuelgan el teléfono para buscar mujeres que sepan cosas, que hagan cosas: qué divertido el disfraz de revolución feminista.  Empresas multinacionales, regionales, medios de comunicación e, incluso, hombres muy alejados de la reflexión —e introspección— feminista se muestran preocupados por el devenir de la lucha de las mujeres y te felicitan por el 8M. Pero nada cambia. Dejamos de observarles un segundo y ya están otra vez: agrediéndonos, maltratándonos y cosificándonos, y lo peor es que ni siquiera se preocupan en saber qué significan estas palabras. A veces me pregunto si alguno de estos seres, realmente sabe de qué hablamos cuando hablamos de feminismos.

Las gafas del androcentrismo

Pensar en feminismos, a veces, es idear estrategias de autodefensa y de resistencia ante las más descarnadas violencias patriarcales y misóginas. La posición de opresión y subalternidad que soportamos las mujeres en nuestras sociedades viene dada, no solo por quienes ejercen violencia física y directa contra nuestros cuerpos, sino también por quienes miran y no nos ven. Esto es lo que ha logrado el androcentrismo: las jerarquías se perpetúan ahora sin necesidad de una voluntad explícita de someternos. El androcentrismo es un concepto acuñado por las ciencias sociales que alude a una forma de entender el mundo en la que el hombre es tomado como punto de partida, como sujeto normal y de referencia, como medida de todas las cosas. Cuando digo el hombre, no me refiero a nuestra especie en conjunto —humanas y humanos—, me refiero al sujeto leído socioculturalmente como hombre.

Lo que hacen y han hecho los hombres a lo largo de la historia es lo que merece ser estudiado, contado y analizado. Las cuestiones de la vida material de las mujeres no son, o no han sido, objeto de estudio o de debate. Se ha creído siempre —tal vez— que la posición social de las mujeres es lo natural, lo lógico y, por tanto, es un disparate y un atentado contranatura intentar cambiarlo. Las gafas del androcentrismo nos han hecho creer que la historia de la humanidad es la historia del hombre, que los problemas que la ciencia intenta resolver son los problemas de toda la humanidad y que la actividad económica solo es la que se produce en la esfera pública.

Miles de horas de debates políticos para que al final las revoluciones sean las de ellos. En la película española Libertarias (Vicente Aranda, 1996) se cuenta la historia de un esperanzador colectivo que habitó las fronteras españolas durante la Guerra Civil: el colectivo Mujeres Libres. Estas mujeres organizaron en las periferias de la revolución, sus propias estrategias de rebeldía. Es desolador escuchar de boca de revolucionarios, todavía a día de hoy, que la lucha principal es la de clases, que las cuestiones de género solo dividen la lucha y distraen. En la película, las mujeres anarquistas se enfrentan al orden misógino en el seno del movimiento antifascista: no las dejan ir al frente porque se las acusa y responsabiliza de quedarse embarazadas, de contraer ETS, de distraer a los soldados, de ser violadas.

Si hacemos una retrospectiva histórica, o visionamos algunos de los miles de documentos audiovisuales sobre los revolucionarios —hombres—, observamos fácilmente cómo ellos pudieron salir a empuñar las armas y a dar prometedores discursos públicos porque ellas —o nosotras— se quedaron en casa, cuidando a los niños, lavándoles el uniforme de miliciano y guisándoles la comida para que tuvieran suficiente glucosa en sangre para creerse emancipadores. 

La economista Amaia Pérez Orozco escribió, en una de sus múltiples aportaciones a la economía feminista: «la instauración del salario mínimo y las leyes para prevenir que las mujeres se deslomaran en las fábricas ¿fue un logro del movimiento obrero, para mejorar las condiciones de vida de la familia y de la clase trabajadora?, ¿O fue un pacto entre obreros y capitalistas, para que las mujeres no lograran autonomía financiera y se mantuvieran dependientes del salario de sus maridos?»

El maltrato y la posibilidad de hablar

El domingo 21 de marzo, asistimos en prime time a un desolador testimonio en una de las cadenas con más audiencia de nuestro país. Rocío Carrasco, la hija de Rocío Jurado, rompió los largos siglos de silencio para contar que su exmarido, personaje asiduo en esta cadena, lleva más de 30 años maltratándola, utilizando a sus hijos como arma —entre otras cosas—. Más allá de debates sobre la mercantilización de la vida privada o sobre la ética o la autoridad moral de esta cadena —no deberíamos olvidar que fue cómplice de una violación en uno de sus realities—, mientras escuchábamos a esta mujer hablar, llorar, hiperventilar y alzar la mirada con firmeza, pasó algo en el grueso de las telespectadoras.

Nos vimos, nos escuchamos y nos sentimos en el testimonio de esta mujer. A pesar de una horda de señores politizados y muy éticos que nos señalaban que éramos unas hipócritas por asistir a este testimonio y que, además, nuestra ignorancia era patente por perder el tiempo con la TV en vez de leyendo a Nietzsche —todas sabemos que su entretenimiento sí que es válido, culto y elevado—, y a pesar también de las intersecciones que ponían patentes en su relato: mujer privilegiada, rica y con una posición que le posibilita ser escuchada. Me pregunto que sería de Rocío Carrasco si no fuera Rocío Carrasco. Cuántas historias iguales y peores habrá en nuestros barrios, en nuestros edificios, en nuestras familias de mujeres que no son ni serán nunca las hijas de alguien poderoso. 

Mientras esta mujer lloraba batiendo récords de audiencia mi teléfono no paró de sonar. Me llamó mi madre, mi hermana y mis tías. Twitter estuvo ardiendo toda la noche y, presumiblemente, en los días posteriores también. Estuvimos sobrecogidas y enfadadas escuchando a esa mujer contar como se enamoró de un maltratador, como lo perdonó y cómo el ciclo de la violencia se hizo cada vez más crudo. Estuvimos reflexionando juntas como se nos ha dado por locas, por putas, por malas madres, por malas hijas, para no escuchar nuestra historia. Cuando leímos en redes sociales #RocíoYoSíTeCreo, en realidad, lo que se quería decir es «yo también estuve ahí, mi hermana también, mi madre también, mi abuela también».

A Rocío Carrasco le bastó con decir «pónganme cámara y micro que voy a hablar» para que todas la escucháramos: ojalá no fuese una excepción y un privilegio y todas tuviéramos la posibilidad de hablar y de gritar que ya basta.

Sujetas complejas: coexistencia de opresión y privilegio

Los dolores de las mujeres nos importan: no queremos que nos violen, que nos maten, nos agredan, nos violenten, nos mutilen y nos silencien a ninguna, en ninguna parte del globo. Existen sistemas o estrategias de opresión diversos que nos atraviesan a cada una de formas distintas, de manera que no es lo mismo la vivencia de una mujer blanca, rica y europea, que la de una mujer negra, lesbiana y latinoamericana, que la de un hombre blanco, rico y gay. Las personas nos constituimos como prismas de cristales preciosos: los sistemas de opresión nos atraviesan como haces de luz de colores diversos y, según se mueva el prisma o según desde dónde lo observemos, vemos unos colores u otros. En nuestros cuerpos cohabitan opresión y privilegio, y la que es oprimida es susceptible de oprimir.

La historia de Rocío Carrasco es importante conocerla, es desoladora e indignante. Si no atendemos a la complejidad del sujeto mujer, podremos caer fácilmente en que el único dolor de las mujeres es este, el de las mujeres blancas y ricas. Chimamanda Ngozi Adichie nos habló ya de los peligrosa que es la historia única y esto aplica al conocimiento feminista: adentrarnos en la historia de la lucha de las mujeres por su liberación, supone ir más allá del sufragismo y hacer una lectura crítica de la euroblanquitud. ¿Realmente el único problema que tenían las mujeres en aquel contexto era que no podían votar? ¿Qué supuso que se les reconociera al sufragio? ¿No había, en esos territorios y en otros, otras proclamas más urgentes de voces de mujeres pobres, negras, racializadas? ¿El sufragio femenino que pedían era para todas, sin excepción?

Pasó otro año y otro marzo —aunque ahora los marzos tienen más connotaciones porque nos acordamos del fatídico 2020 y todas las vidas que dejamos por el camino— pero nada pasó, en realidad. Desde los feminismos planteamos, desde hace siglos, estrategias para repensarlo y replantearlo todo, pero parece que nadie nos escucha. Estamos en 2021 y la información está a la irrisoria distancia de un clic de llegar a todas las mentes y a todos los cuerpos: igual es que quién no se informa es porque no quiere. ¿Por qué el conocimiento que llevamos años —sino siglos— elaborando no ha llegado ya a todas las humanas? ¿Hemos hecho algo mal?

Seguimos escuchando en boca de quienes hacen la ciencia, y de quienes se sientan en las aulas a escuchar, que existen cerebros estructuralmente masculinos y femeninos —cuando está demostrado que no es así—. Seguimos escuchando como se vacía de contenido nuestra lucha y se utiliza para acallarnos, cómo se atrincheran —o nos atrincheramos— en el privilegio quienes se niegan a repensar el status quo. Cada año que pasa tengo más amigas que han sufrido agresiones sexuales. Y ningún mes de marzo pasa nada, nada salvo nuestras vidas. 

Ojalá el próximo marzo de 2022 sí que hagamos la revolución. Pienso mucho en la guerrera Ana Belén en Libertarias, ojalá dentro de muy poco nadie más se atreva a mirar nuestras existencias con desprecio: «Ni dios, ni amo, ni marido, ni partido». Como dijo aquella madre defendiendo la memoria de tantas hijas asesinadas: «Y la que quiera quemar, que queme; la que quiera romper, que rompa; y la que no, ¡qué no nos estorbe!». 

P. D.: Si algún día soy yo la que no vuelve, quiero ser la última: quémenlo todo.

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Nunca pude elegir entre ciencias y letras: por eso hice las dos. Hubo un tiempo en el que creí cambiar Periodismo por Medicina. Ahora creo que sin las palabras no se cura. Me gusta caminar, leer en la calle y hablar de política. Danzad, danzad o estaréis perdidos.


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