Me han engañado. Me han vendido la moto, y lo peor es que yo la he comprado, una y otra vez. El mismo modelo viejo, escacharrado y cubierto del óxido que se pega a la ropa, intentando ajustarla a los distintos paisajes que recorría sin ningún tipo de éxito. Con el tiempo era dejar la moto atrás o dejar de andar. Monogamia.

Y con los pies descalzos una se mueve más ligera.

Así es como llegamos aquí, donde he venido a hablar de mi libro (al más puro estilo Paco Umbral), porque lo actual tiene raíces que permiten entender el contexto; y, como no, este libro no tiene sentido sin las páginas que ha añadido el resto.

Al principio fue la monogamia

Digamos que en un principio creía en un amor único y verdadero, inmutable, destinado. Con 13 años buscaba las miradas de los chicos entre la gente (esta frase se la he robado a Melendi), esperando ese instante en el que iba a coincidir con mi esperada alma gemela, ese medio limón del que todas hablan (o algo así). Ese hombre al que rescatar de sus problemas de agresividad y al que sacarle el lado sensible. Si me preguntan ahora negaré que me lo imaginaba con el pelo de Justin Bieber. Cuánto daño ha hecho el pop.

Luego, con 16 años empecé a olerme que estaba un poco despistada, porque prefería la compañía de otras mujeres (aunque seguía reproduciendo torpemente los mitos del amor romántico). El frenesí de las hormonas, la búsqueda de unos labios que encajasen perfectamente con los míos, la explosión de la sexualidad y el ansia de otros cuerpos me llevaron a comerme con papas toda la madurez que había podido manifestar hasta el momento. Y, por qué no, la culpa también la tienen las canciones tan dulces que pican los dientes, como el We’re the perfect two de Auburn, que entona: «no sé si podría estar sin ti, porque me completas / y con el tiempo veremos / que somos todo lo que necesitamos»

La falta de sexo y el desconocimiento del propio cuerpo hablan por sí solos.

Capitalismo y relaciones

En este momento, en el que la complementariedad y el amor de película eran prioridades (maquilladas de relaciones pseudosaludables) me resultaba completamente impensable repensar mis relaciones. Para mí estaba cristalino que había alguien esperando a encontrarme, así como lo estaba yo, y que cuando estuviese con esa persona podríamos tener nuestro Diario de Noa personal. Como a nadie le sorprenderá, esto jamás sucedió, pero eso no me desanimó en la búsqueda. Ahí fue cuando una de mis amigas sacó a debate el poliamor (imagínense la palabra entre muchos arcoíris y floripondios), ese palabro que solo había oído ligado a la promiscuidad, y ante el que no pude menos que rechazarlo en banda. Se me ocurrió la brillante idea de que la no monogamia implicaba consumo de cuerpos, y que esto era una extensión del sistema neoliberal para capitalizar los afectos. Yo no lo sabía, pero me había posicionado justo en el concepto de amor líquido de Bauman, que critica las relaciones actuales argumentándolas de superficiales y consumistas (y echándole de paso una pullita a la no monogamia, cómo no).

Con el paso del tiempo y la entrada al terreno amoroso de lleno, llegaron los primeros, segundos y terceros chascos. La irresponsabilidad afectiva, las carencias y las circunstancias de la vida me llevaron a replantearme muchas cosas

Lo que el concepto del amor líquido jamás será capaz de alcanzar es que precisamente el concebir el amor en redes de cuidados es la mejor arma para luchar contra la superficialidad. Nos quieren hacer creer que la no monogamia y la creación de redes afectivas horizontales están del lado del capitalismo, pero ¿qué hay menos capitalista que crecer en comunidad? Estas son ideas que defiende Brigitte Vasallo en Pensamiento monógamo, terror poliamoroso. Bajo su criterio, la no monogamia trata más sobre cómo se quiere que sobre a cuánta gente se quiere. Creo que el amor está siendo instrumentalizado, participando en una guerra que nadie recuerda quién empezó.

El amor, ¿lo primero?

A día de hoy pienso que es urgente que nos deconstruyamos en todas estas creencias que centran las relaciones sexoafectivas como el epicentro de nuestra valía. Una de las cosas que más me molesta del terreno sentimental es la importancia que tiene en la vida de todo el mundo. Ante la pregunta ¿cómo estás? la respuesta siempre va seguida de una explicación de nuestro momento romántico con la(s) persona(s) a la(s) que nos estemos acercando en ese momento: «Estoy bien, y hablando con Fulana de tal. No hemos quedado todavía, pero seguimos de raspe».

No me gusta cómo nos definimos a nosotras mismas a través de que el resto nos valide afectivamente. Y hablo en femenino mayestático no solo por elección política, sino porque a las mujeres se nos ha inculcado especialmente esta obsesión por el amor y la validación a través de la pareja y la formación de un hogar.

Con esto no quiero decir que los cuidados tanto por parte de las personas con las que tenemos vínculos afectivo-románticos no sean importantes, solo que debemos sacar a relucir más a menudo otras áreas de nuestra vida que conforman nuestros límites del mismo modo.

¿Y los celos?

Es la primera pregunta que le sale a todo el mundo al hablar de no monogamia. Y siento dar la respuesta que siempre damos las psicólogas: depende.

Hay personas que sienten más celos y otras menos. Esto va en función de las experiencias previas de aprendizaje, si estas te han enseñado o no que te sirve anticiparte a posibles infidelidades o transgresiones de los contratos acordados con las personas que te gustaban.

El segundo problema está en la conceptualización de los celos. Los vemos como una señal inequívoca de toxicidad, de no gestión (excepto en círculos sociales como el de La Isla de las Tentaciones, en los que se llegan a vanagloriar como muestra de afecto y de preocupación por la otra persona). En general, los celos nos agobian mediante esa sensación de tener una mano oprimiéndonos la garganta.

El psicólogo Jaime Gama (@gotitasdepoliamor) propone que los celos son alarmas que nos muestran que algo no está funcionando bien. Que no nos estamos sintiendo cómodas con las situaciones que estamos viviendo. El problema es que si cada vez que sentimos celos establecemos reglas o chantajes emocionales con las personas con las que estamos para que dejen de hacer lo que nos los suscitan, estaremos evitando el malestar continuamente. Esa evitación del malestar inicia un círculo vicioso en el que los celos se confirman como una herramienta válida para establecer control sobre las otras personas, y esto evidentemente no es ético (ver pilares de las relaciones éticas en el siguiente gráfico, citado de Gama, s.f.).

danna

Los celos nos hablan de muchas cosas, de necesidad de cuidados (o de autocuidados), de comunicación, de límites… Y no debemos patologizarlos, porque tenemos mucho que aprender de ellos, para retarlos. Tienen mucho que decirnos si queremos escucharlos.

Por supuesto que la no monogamia como forma de querer, de aproximarse al resto, no está exenta de indigestiones. Son muchos los aprendizajes que hay que procesar y desmontar. Folio en mano, música lacrimógena de fondo y una manta. Ahondar en duelos mal cerrados. Identificar por qué te relacionas de la forma en la que lo haces. Hurgar en el pasado. Ver de dónde provienen nuestras inseguridades.

Entonces, ¿cómo lo hacemos?

Como todo en la vida (sin pretender dar consejos como recetas médicas), lo hacemos lo mejor que se pueda con las herramientas que se tengan. Con flexibilidad, con paciencia, con cuidados. Y con suerte, cómo no. No todo depende de nosotras, las personas con las que se comparte el camino influyen mucho en lo pedregoso que pueda llegar a ser este.

Esta libertad absoluta en las construcciones que se establecen con las personas puede dar miedo. Al fin y al cabo, hemos crecido en la monogamia™ absoluta, y todos nuestros referentes relacionales giran en torno a esta. La incertidumbre nos puede llegar a agobiar, por no poder anticipar los pasos que deberíamos dar después. Sin embargo, tal y como señaló Noah en las entrevistas personales que realicé a personas que practicaban la no monogamia: «lo bonito de salirse del camino es que puedes construir muchos caminos».

Por supuesto que no todo lo no monógamo es saludable, igual que no todo lo monógamo lo es. Ni si quiera existe ese concepto de «saludable» más allá de una temporalidad y unas circunstancias restringidas.

Está por un lado el hecho de que a veces no sabemos dónde nos metemos o cómo salir. Nos enredamos en el fango de la autoexigencia, del idealismo. De lo que debería ser. Y no estamos preparadas para estar bien en relación con otras personas si estas no compensan nuestras carencias.

El perjuicio de la exclusividad

La no monogamia nos plantea retos que la monogamia no. Como señala Bea (entrevistas personales): «la no monogamia te hace lidiar con la existencia de otras personas en los vínculos románticos, y que también tienen que entrar dentro de la organización del tiempo». Y cómo no, está el tema de la exclusividad, que Brigitte Vasallo señala como uno de los pilares de las relaciones monógamas.

Es esa asunción de unicidad en la pareja, de complementariedad y plenitud absoluta en el vínculo es la que permite que muchas personas duerman bien por las noches. «Hay muchas cosas mal en mi vida. Está la COVID, la inestabilidad económica, el panorama político, el capitalismo devorador, la desconexión humana, el cambio climático y toda mi ristra de problemas emocionales…pero también está mi pareja que me ve como el ser más maravilloso que ha pisado la tierra y no me cambiaría por nadie». Así, cuando esta exclusividad se ve amenazada empiezan los problemas, lo que antes parecía una autoestima segura en realidad no lo es, la comprensión de la necesidad de tener espacios individuales se ve como inconmensurable…

La deconstrucción en estos temas peliagudos (que amenazan directamente nuestra valía personal) hacen que el proceso sea duro y difícil de hacer en el individualismo. Malo de hacer en soledad, intenso e iluminador si se hace con la compañía y los recursos adecuados (si te interesa, mira los recursos que añadí al final de la entrada).

No trato de condenar estos miedos y esta necesidad de validación por parte de la pareja. Lo entiendo. He estado allí, y quién sabe si volveré a estarlo. Pero sin analizar las situaciones subjetivamente y teniendo en cuenta la influencia social, no podemos sentirlas verdaderamente.

Deconstruirse en los prejuicios mononormativos es necesario no solo porque se vaya a elegir poner en práctica la no monogamia. Las combinaciones, elecciones y límites que se establecen son propios de cada relación. Pero no existen elecciones libres sin conocimiento de todas las opciones.

Fin del viaje (por ahora)

A medida que hemos ido avanzando a lo largo de las líneas de la mano de una yo más pequeña a una más avejentada, la cantidad de mitos del amor romántico ha disminuido. Se puede ser feliz conviviendo con ellos (me imagino), pero la libertad que ha ido añadiendo a mis relaciones el despojarme de ellos no se paga con ningún príncipe de cuento de hadas.

Por supuesto, no soy ejemplo de nada, pero soy un caso como el de todas.

Es más, quizás llegue un día en el que deje de elegir relacionarme de este modo. Pero hoy no es ese día, porque es lo que me funciona. Lo que me hace sentir en consonancia con mis ideales y mi forma de concebir el amor y las relaciones: libre, de cuidados y en red.

Algunos recursos de interés:

  • Cuentas de instagram: @gotitasdepoliamor / @openmandarina / @creciendopoliamorosa
  • Libros: Pensamiento monógamo, terror poliamoroso, (H)amor, Ética promiscua, Anarquismo Relacional, Más allá de la pareja, En defensa de Afrodita.
  • Contenido online: Prediversando Blog

Ante todo, Danna, sea lo que sea eso. No puedo entenderme sin el resto, sin las luchas sociales y mi tribu. Psicóloga, especializada en intervención social.
Si me quieren buscar, estoy siempre entre libros y dibujos o perdida (literalmente) por las calles de Gran Canaria, la isla que me vio crecer; o de Granada, donde florecí.


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