Está muy bien lo del periodismo de largo aliento y los reportajes extensos de domingo, yo disfruto mucho con las narrativas largas, habito en los poliedros extensibles de Cortázar y los volúmenes tochísimos, pero ¿no sería mucho mejor si dijéramos solo lo que merece ser dicho? Soy incapaz de imaginar el tiempo y el esfuerzo que ahorraríamos si los políticos adoptaran el lenguaje de lo preciso. Y sobre todo la prensa: si en lugar de tantas salvajadas pusieran el foco en lo exacto quizás no habría semejante flujo de palabras colándose por el sumidero.

Decía Baudelaire que hay que ser poeta siempre, incluso en prosa. El mundo sería mejor si al menos lo intentáramos, estoy convencido. Yo soy de los que piensan que una palabra vale más que mil imágenes si se depura el hecho del desecho, si se llega al corazón de lo que nos ocurre. ¿Para qué escribir un artículo, un libro o un ensayo si todo lo que se podría decir está encerrado en un verso?

Que si quiero escribir del deseo, ya lo dijo Cernuda.

Que si quiero explorar el vacío, ya lo excavó Pizarnik.

Que si quiero hablar del amor, me vuelvo a Catulo.

Que si quiero interrogar la tecnocracia, me voy a Sor Juana Inés de la Cruz.

Qué fácil sería el mundo con menos pretensiones. Y, en vez de ínfulas, ínsulas solitarias capaces de nadar en la misma dirección. Qué fácil hubiera sido reconocer a mis alumnos, tres horas después de divagar sobre el significado de escribir, que yo no tengo ni idea. Ni de esto ni de nada.

Decir sin palabras

Y, sin embargo, discuto con J. sobre qué es ciencia y qué es arte, sobre quiénes somos los humanos, sobre los ecos universales y el misticismo, sobre matar a Dios y vivir en la infancia, sobre límites y fronteras, sobre ausencia de virtud y virtuosismo sin escena… Le digo, desde la ingenuidad, que un cuento es un sueño que ponemos por escrito. Y responde, desde la voluntad, que conoce los secretos de la Vía Láctea. Pero esto solo son carambolas de papel, barricadas donde sueño utopías de amor y libertades. Son solo palabras que me distraen de lo importante: el valor que me falta para pedirle una cena y confesarle que quiero una oportunidad para lamernos las heridas juntos.

Tal vez hubiera sido mejor poner una advertencia al principio: «¡Atención! Usen el tiempo que van a invertir en este silencio, en este texto sin ingenio ni artificio, para cobijarse en un poema de algún autor que lo merezca». Es decir, que merezca la pena el momento en que dejamos de vivirnos para vivirlo a él.

Creo que lo verdaderamente importante no se puede traducir a ningún lenguaje. Salvo, quizás, la poesía.

«Que quiero beber de tu agua
y de tu sed».

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El periodismo me queda de paso. Escribo. Arte, misantropía y revolución. Excelsior.

Un comentario en «Saber decir lo inefable»

  1. Que si quieres sucumbir a la vida oculta, atrévete con Amal Moussa: «En cada mujer, un hombre. En cada hombre, una mujer […]». Valor no te falta y encanto tampoco. Conoces los caminos del lenguaje preciso y la Vía Láctea aún es grande. Me encanta tu texto, como siempre.

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