Últimamente, toda la actualidad tecnológica parece sacada de un capítulo de Black Mirror. Hipervigilancia, medición del estatus según ‘me gusta’, algoritmos, robótica y, ahora, realidad virtual. Quizás recuerden la trama de esta serie en la que dos amigos se reencuentran después de mucho tiempo y vuelven a jugar al videojuego de su juventud, en el que se sumergen en la pantalla a través de unas gafas de realidad virtual. O también estos términos les evoquen a Her (Spike Jonze, 2013), donde nuestro querido Theodore una relación con un sistema operativo o también se evade con un videojuego proyectado en su casa.

Ese es el nuevo horizonte, cada vez menos distópico, que lleva copando titulares los últimos días por la decisión de Facebook de renombrar su compañía matriz (es decir, la que engloba a la propia red social más Instagram y WhatsApp) a ‘Meta’, en una clara apuesta por el metaverso como futuro de Internet (y como cortina de humo por los graves problemas reputacionales que sufre). Sin entrar a las muchísimas consideraciones que podemos hacer sobre esta decisión y sobre Facebook (Meta) en general, ¿alguien se ha parado a pensar qué papel ocupará la cultura en este nuevo universo virtual?

El metaverso como universo paralelo

Brevemente, el metaverso es un mundo digital paralelo en el que, a través de gafas de realidad virtual, podremos realizar las mismas actividades que en el ámbito físico: quedar con tus amistades, trabajar o tener ocio, así como comprar o vender objetos y tener tus propias posesiones. Algo que ya sucede en videojuegos como Fornite, Minecraft o Roblox, pero a lo bestia: con una economía propia detrás, con experiencias inmersivas y muchos multimillonarios pagando para que uses su plataforma (mientras les regalamos nuestros datos y nuestro tiempo).

La cuestión fundamental radica en que hay dos formas de enfrentar el metaverso que puede venir: o bien lo creamos (o extendemos, porque en cierto modo ya existe) de forma descentralizada, con muchos actores impulsándolo en diferentes puntos del mapa, o lo crea un puñado (pequeño) de empresas como Facebook, Microsoft o Epic Games (la empresa detrás de Fornite) a su antojo y semejanza. Es decir, está la oportunidad de que se construya como lo hizo Internet hace unas décadas o la opción de que se convierta, desde el principio, en lo que es ahora mismo la red: dominado y dirigido por unas pocas compañías cuyos líderes se debaten entre el anarcocapitalismo del ahora o el viaje a Marte para huir de la implosión de La Tierra del mañana.

Un mundo controlado por tres magnates con poder sin democracia

No me llamen pesimista, pero demos por hecho que suceda lo segundo. ¿Qué espacio tendrá la cultura en este metaverso? ¿Iremos a ver una película en una pantalla a través de otra pantalla? Las preguntas están servidas y hasta el momento solo podemos elucubrar, pero lo que está claro es que este espacio virtual se convertirá, si no nos desviamos demasiado (y espero, sinceramente, hacerlo), en un mundo presidido por Zuckerberg, que manejará los límites de lo que se puede hacer y lo que no (como en cualquier videojuego), pero también la política monetaria.

Con un ecosistema bajo el control de tres magnates de Silicon Valley, ansiosos por evadir la responsabilidad social, o más bien por romper el contrato social e independizarse de cualquier monstruo estatal que les obligue a tributar un porcentaje de su vasta fortuna (como describen Ariño y Romero en La secesión de los ricos), dudo mucho que se dé un espacio para disfrutar de una película, de una exposición o de un libro tal y como lo podemos hacer en la vida real.

Está claro, por supuesto, que la existencia del metaverso no desplazaría por completo nuestra día a día en el mundo físico, pero está claro que podría ocupar (y siempre en condicional, aunque poderoso caballero es Don Dinero) un espacio fundamental de nuestro tiempo. Pero se dejan ver visos de lo que podría llegar a ser y, teniendo la experiencia las grandes compañías ahora mismo en este Internet «normal», no es extraño que dominen un buen pedazo de nuestras horas.

Recuperemos Internet y ganemos el futuro

Podemos esperar cultura en el metaverso, está claro: cualquier medio es vital para aumentar los ingresos de Zuckerberg y compañía a costa de nuestras vidas. La pregunta, por tanto, no estaría en «si habrá espacio para la cultura en el metaverso, sino «qué tipo de cultura». Los artistas que podrán crear serán aquellos que se mantengan dentro de los límites impuestos por las normas creadas por estas empresas, por lo que la libertad de expresión estaría cercenadísima. Las películas que se proyecten, aquellas que favorezcan la visión dominante; y los libros que se publiquen, los que expandan las capacidades de ese mundo físico.

Pero el círculo hay que cerrarlo. Quien pueda romper la barrera de entrada al metaverso (el que se permita poder pagarse unas gafas de realidad virtual), también tendrá que enfrentarse a una economía que, seguramente, sea más desigual que la actual (que no es poco), y que determinará tu posición social en ambos mundos: si puedes acceder al metaverso o no (igual que al principio de Internet o de los teléfonos inteligentes) y qué te puedes permitir en este estadio virtual (las suscripciones que puedas pagar, el modelo favorito de los extractivistas).

Un mundo feliz (Huxley, 1932) parece más real que nunca, junto con 1984 (Orwell, 1949). A falta de saber si este metaverso se llegará a producir, de si se convertirá en hegemónico y el acceso a él será mayoritario, lo que está claro es que no podemos permitir que este nuevo espacio, que tabula rasa sería un sinfín de posibilidades materiales y creativas, quede en manos de Zuckerberg, Gates y compañía. Devolvamos Internet a donde nunca debió de marcharse y arrebatémosle el futuro: hagámoslo nuestro.

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Estudio Ciencias Políticas y Sociología en la UC3M y combino mi pasión por los fenómenos políticos y sociales con la cultura, elementos indisociables de una misma y compleja realidad. Desde pequeño me ha encantado escribir y lo utilizo como manera de evasión y difusión.


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