Si tienes ansiedad, no veas Antidisturbios (2020). Hazte ese favor. Pero si de repente estás tranquila, calmada, tu voz interior está despierta y deseas saborear la violencia y la contundencia de la imagen, dale al play y deja que los fotogramas calen. La serie española creada por Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen fue estrenada hace apenas dos semanas en Movistar Plus y ya ha acaparado los dardos de los sindicatos policiales SUP y JUPOL (otro día hablaremos sobre la falta de perspectiva de los que denostan una ficción). Otra razón para verla.  

La trama define en siete policías las ambiciones, miserias y pobrezas de un cuerpo destinado a defender la integridad nacional. Diego, Alex, Osorio, Úbeda, Bermejo y Murillo. Los primeros son seis hombres que forman un equipo de antidisturbios que han de ejecutar un desahucio en el centro de Madrid que acaba en tragedia. Por ello, la brigada de Asuntos Internos de la Policía, con la agente Laia al frente, decide investigar los hechos. De ahí en adelante, los seis episodios se esfuerzan por retratar en una especie de tifón de paisajes rutinarios, llenos de tópicos y no menos de realidad las desavenencias y construcción del grupo.

Lo que nunca nos atrevimos a decir

Rodrigo Sorogoyen demuestra en cada una de sus incursiones filmográficas esa apetencia por el drama político, social y económico que envuelve a la sociedad española. Desde el movimiento del 15-M en Que dios nos perdone (2016) a El Reino (2018), donde un Manuel-Bárcenas recrea la maquinaria de corrupción interna política, llega para retratar los últimos desvaríos de a quienes otorgamos la fuerza coercitiva estatal. El ángulo de cámara evoluciona a cada acto, por lo que el desenfreno del primer capítulo se va poco a poco alejando y apoyando en una mayor profundidad de campo para captar los matices de unos egos que se ahogan.

La metaficción es un ingrediente imprescindible durante la recreación histórica del audiovisual. Como eje central está soterrada la historia del senegalés Mame Mbaye, quien murió el 15 de marzo de 2018 en Lavapiés, motivo por el cual se sucedieron varias manifestaciones donde atribuían a la persecución policial el ataque de corazón que le costó la vida. Además, es innegable la alusión a las Cloacas del Estado cuando aparece un pseudo Villarejo como hilo secundario de la trama y las alusiones a la vertiente ultraderechista que campa en la policía a partir de los detalles del decorado en las instalaciones oficiales.

De fondo, volvemos a oír a M. Rajoy en jornadas previas al 1-O catalán.

Demasiadas cuestiones en muy poco tiempo, demasiados caracteres unidos en un elenco reducido. Esa es una de las posibles flaquezas de Antidisturbios que queda rápidamente saldada en cuanto aparece el nutrido y formidable reparto.   

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Imagen de la secuencia del desahucio en la serie ‘Antidisturbios’. Foto: Movistar Plus

Testosterona encapsulada

Un acosador, un drogadicto, un deprimido, un impedido, un macarra irascible y un padre alejado de su familia. En unos esbozos se asimila y recrea una atmósfera de hermanamiento entre los hombres que componen el núcleo de confianza y, a la vez, de supervivencia. Cada personaje tiene sus motivos para sobrevivir y salpicados por la trama de corrupción que se asoma como desencadenante de los sucesos, harán lo posible para escapar.

La incomunicación es el pecado primigenio. Como amigos son incapaces de mostrar sus miedos e inseguridades a sus allegados y fruto de esa incapacidad surge la violencia encapsulada en ráfagas de insultos, ataques personales y voceríos que no nos es ajeno.  

La magia surge cuando Raúl Arévalo, Álex García, Hovik Keuchkerian, Roberto Álamo, Raúl Prieto y Patrick Criado interaccionan entre sí. Demuestran las pequeñas e innegables historias de los que son capaces de pegar palizas y atentar contra la ley porque no dejan de ser una puñada de niños aterrados por ver sus vidas condenadas a una calle en la que no hay escudos para protegerse de las piedras. Es la paradoja del rostro: tierno cuando el padre lava a su hija pequeña al hacerse pis en la cama e iracundo cuando le pega una paliza a unos adolescentes por vengar a su compañero.

El Padrino, Los Soprano, Juego de tronos, La isla mínima, Uno de los nuestros, El secreto de sus ojos, Seven, Los hombres que no amaban a las mujeres, Parásitos, Mystic River… En todas estas grandes producciones el corpus dramático descansa sobre las incertidumbres que conmueven y la pulsión violenta se convierte en una respuesta legítima. Discernir qué es lo correcto o lo moralmente excusable es cosa suya.

Ellos son títeres e ignorantes. Parece que los creadores nos preguntaran: ¿serían capaces de juzgarlos tras ver sus incongruencias interiores? Pues el poder judicial, desapasionado, condenará los hechos, ¿pero y usted como espectador?

La ambición femenina

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Laia Urquijo, policía de Asuntos Internos, durante la serie ‘Antidisturbios’. Foto: Movistar Plus

En el segundo capítulo, Laia, interpretada por una impresionante Vicky Luengo, vuelve de noche a su cama y toma las manos de su pareja para que apriete sus pechos. Esos pechos que repiten incesantemente que es una mujer. Esas mamas que las miradas concentran desde las esquinas de otras mesas. Es ambiciosa, decide seguir adelante con la investigación pese a quien le pese y eso, queridas y queridos lectores, es signo de debilidad.

Los sacrificios que ha de cometer la agente en pos del logro profesional es una constante en la vida de las mujeres que conciben que su carrera es la meta que desean alcanzar. Subir, escalar, limpiamente, sin favores de por medio, es recibido como una afrenta.  

Urquijo no duda y acata las consecuencias. Incluso cuando es acerca del, alerta spoilers, sexo. La joven mantiene relaciones en una discoteca con uno de los investigados y no hay segundas lecturas. No es una excusa para crear una culpa, inconveniente o desaprobación en el comportamiento de la mujer. Solo es un acto consentido entre dos personas adultas que no afecta a ningún otro rincón de las parcelas de sus vidas. Es una entrega llena de euforia, ebrios, un disfrute sin consecuencias instantáneas que desata el éxito; y resulta gratificante ese respeto mostrado por los autores hacia el público que evita una situación manida.

Puede que la tensión creciente cree ciertos nervios, desorientación ante la recreación de la realidad y, por estas razones y muchas más, es un disfrute ver una producción española honesta, valiente y llena de calidad que arriesga por darnos nuevas historias críticas.

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Periodista. Cielo azul, salitre, viento gélido, tres ingredientes para mi rincón favorito. ¿Un verso?: "Algún día seré todas las cosas que amo". Y que me narren cuentos.

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