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Tommy Lee Jones o el paso al vacío

El actor vuelve a la gran pantalla para reírse en nuestra cara. Foto: Tripticum

Tommy Lee Jones frunce el ceño y las galaxias que orbitan alrededor de su masa de carne, arrugas, ojos negros y huesos paran. El Universo contiene la respiración y vela por no ser objeto de una mirada vacua, un tanto irónica, de un salivazo en plena cara. El hombre que destila cien botellines de whiskey de rudas maneras y unos gramos de chulería a cargo de un botón expedido por el Agente K es quien, sin inmutarse, ha degollado la garganta de los que buscaban una respuesta al por qué. Ilusos.  

Vuelve a la gran pantalla, sí. Ya nos lo han dicho, lo hemos ido ver al cine, ya hablaremos de eso, pero antes, ¿se acuerdan de cuándo empezó a querer quitarnos las ganas de vivir?

Un mal día lo tiene cualquiera

Trece días, dos actores, un presupuesto mínimo y el control total. Bajo su dirección, The Sunset Limited (2011) cobró una parcela de enjundias a lo inmaterial. Película basada en la obra homónima de Cormac McCarthy, es una suerte de puesta en escena teatral en la cual se presentan Blanco y Negro, un hombre que acaba de intentar suicidarse y otro que lo ha salvado antes de expirar a las vías del tren. Samuel L. Jackson encarna a la versión más ferviente y esperanzadora de un relato que Lee Jones desnuda. Es un sin sentido. Todo esto. Todo lo que están viviendo. Una tela de araña blanca y pegajosa tapa la boca, los ojos, la nariz, los oídos y une las manos y enyesa los dedos, ya no puedes sentir, ¿qué recuerdos vívidos y recurrentes quedan espolvoreados en el esqueleto de carbono cuando todo lo demás ha desaparecido?        

Nació en Texas allá por 1946, plena Guerra Fría y algo de calor para tostar los pastos. Esas imágenes de la infancia del actor son las mismas que acompañan al espectador cuando se le encara a qué es el abandono. Hay un nihilismo exasperante durante el metraje que espolea las líneas como el vacío de un bosque repleto de hojarasca donde aúlla el viento. Es Aokigahara extendiendo sus raíces en el séptimo círculo del Infierno de la Divina Comedia, y alguien susurraría «no tengo ni una sola idea original», como las palabras pronunciadas por Blanco. 

El cine, la cultura del ocio, el séptimo caballo de Troya que entra al Coliseo, es el arte «que más fácilmente puede reproducir otra realidad, al menos en su percepción sensible, quizás con el menor esfuerzo subjetivo e imaginativo», anota María Idoya Zorroza en Ficción, experiencia y realidad. ¿Qué tiene que ver el cine con la vida? «El artista», apunta, «crea una nueva realidad, no para que imite la realidad en la que vive, sino para darle su propio aliento vital, para que tenga una vida autónoma e independiente». El aliento que coció al barro.    

Las razones que llevaron al veterano actor al periplo son sinceras: «El deseo oculto de ser el jefe de todo un equipo, de ser el encargado de dirigir mi vida creativa», razonó. La completa libertad del estado creador, el cual, según nuestras apetencias existenciales, tal vez nunca existió. 

El actor y director Tommy Lee Jones
Jones posee un rictus que tanto le sirve para llorar como ironizar. Foto: Tripticum
El padre pródigo

Mientras, al otro lado de la pantalla, Brad Pitt alza la mirada hacia su padre, y la gravedad cero lo acerca paulatinamente a la herida abierta de la que ha huido durante tanto tiempo. Qué encuentra, qué ve, qué siente. La excusa es la historia del astronauta Roy McBride cuando emprende una odisea espacial para buscar a su progenitor, Clifford McBride, un reputado agente encargado de una investigación acerca de la búsqueda de vida no terrestre.

Apunte intergeneracional: Tommy ya había viajado al espacio hacía tiempo con sus compañeros de juergas. Pero no fue suficiente. Para él no, cómo no.  

«El mundo espera nuestro descubrimiento, hijo mío», reza Clifford. Entonces, el personaje, sincero ante los ojos de su primogénito, descubre que fuera de aquella órbita que lo ha acunado durante tantos años, nada tiene sentido. La compasión, la tristeza, la comprensión profunda de la naturaleza del alma que acompaña esa soledad intergaláctica incendia Ad Astra (James Gray, 2019). Lee Jones apenas es reconocible en un rostro lastrado por los años en el que la locura destella amarillenta.

Juegas a los dados, tiras seis y, luego, dos, ¿qué sería primero? El astrofísico británico Arthur Eddington formuló en 1927 la teoría de «la flecha del tiempo». En ella se formula la experiencia por la cual tenemos la sensación de que el tiempo concurre en un solo sentido, hacia delante.  Sin embargo, nadie lo asegura. Las leyes físicas no distinguen entre los estadios que distinguen las etapas de la vida: no hay pasado, ni presente, ni futuro. Es la entelequia favorita de la existencia.

Si es improbable e inseguro el devenir, por favor, Tommy, ¿por qué nos estás cuestionando en una película de sábado noche?

De fondo, Joseph Conrad susurra que «la vida es algo gracioso, un arreglo misterioso de lógica despiadada para un propósito fútil». Una nana interminable cuyo eco persigue al infinito… El último destello de esperanza del filme se nutre de un camino de vuelta. Un padre pródigo que sigue a los impertinentes ojos azules de Roy, empeñados en vivir, como un niño que coge su mano para llevarlo a un lugar que destella inocente. Ya es tarde. Decide soltarse. Sin encontrar las palabras que refuten que lo incomprensible es el acicate que corroe a la duda humana, al vacío.

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