Desde hace unos meses, tal vez un año —maldito 14 de marzo de 2020—, me siento un poco Julia Roberts en Come, reza, ama (2010); salvo que yo no soy rica, ni vivo del periodismo en un piso chic de Nueva York ni soy Julia Roberts, evidentemente. Detalles. Creo que tengo la crisis de los 25, ese es mi diagnóstico. Quiero soltarlo todo, meter dos o tres bermudas verde caqui en una maleta y mandarme a mudar de aquí. Pero, honestamente, ¿quién no?

Cuando el año pasado creímos que el mundo se acababa, yo me sentí un poco «los violinistas del Titanic» y, desde luego, decidí seguir tocando mi música particular y aparcar las obligaciones anatomopatológicas de esos momentos. Si cuando todo parecía implosionar, solté mis quehaceres habituales, la reflexión sobre en qué diantres, demonios, caracoles, estoy gastando —o invirtiendo, si hablamos neoliberal— mi tiempo parece pertinente. Mis brazos y mis piernas están separadas, como una estrella, y yo ruedo risco pa’bajo, embalada que da miedo como si estuviera dentro de una bola de nieve: solo que aquí hay tierra volcánica y arena. Suena la Obertura de Tannhäuser: ¿encontraré las respuestas?

Come (todo lo que trinques)

Siempre oí hablar sobre «la crisis de los 25» y, creo, me está pasando. No hay nada malo en cumplir años: lo malo es hacerlo en pleno capitalismo. Tal vez es en esta etapa en la que comprobamos que la meritocracia no existe —literalmente son los padres— o que el discurso de la excelencia académica que nos vendieron, y que nosotras compramos, no sirve para mucho. A los 25 años no debería pasar nada: la crisis nos la provoca un sistema que nos deja huérfanas de expectativas y de perspectivas de futuro. No estamos rotas: nuestro sufrimiento es colectivo y sistemático. Politizar el dolor y organizar unidas su cura: urge. Transitemos con equilibrio de funambulistas expertas esa fina línea que separa la psiquiatrización o la patologización de las individuas, de la rabia para construir un mundo que se adapte a nuestros tiempos. Un mundo otro que ponga la vida en el centro.

La situación de crisis se viene dada por el tambaleo, arrítmico y agresivo, de dos columnas: tiempo y dinero —spoiler: se carece, estructuralmente, de ambas—.  El éxito, así nos lo inculcaron, es acumular cosas, poseer. Tener títulos, un trabajo prestigioso, dineros, casas, ropajes, parejas, un cuerpo deseable. Yo me cansé. Ahora camino por un sendero que me lleva al abrazo con mi mediocridad y que me va nutriendo a cada paso. Este mundo nos quiere esqueléticas, de ideas y de carnes: no mijo, quiero ocupar espacio sin remordimientos, en unos vaqueros minúsculos y en los grandes debates intelectuales.

Alimentarse, engullir, tragar, comer, salivar para seguir latiendo, vibrando, luchando. No se puede abolir el capitalismo estando hipoglucémicas —tal vez ese sea el truco—. Julia Roberts se paseó por Italia, encontrando la ansiada redención entre masas de pizza y orégano. Para alimentar el cuerpo, recomiendo: almogrote y todas las frutas del mundo. Para alimentar el alma, receto: el podcast Estirando el chicle y la película Carmen y Lola (2018).

Reza (el horóscopo también computa)

Poner el foco en «ser» y quitárselo a «tener». Una mirada introspectiva que se nos negó: en forma de una inexistente educación emocional y un acceso a la psicoterapia presentado como un privilegio de clase. Quiénes somos, qué queremos, quiénes queremos ser, cómo queremos existir. Poquísimo espacio para reflexionar sobre cómo desarrollar el proyecto vital de cada una: muchas solo tienen el tiempo justo para deslomarse por una miseria de sueldo —muchas lo hacen a cambio del amor de un maridito o de unos hijos— que solo les deja tiempo para intentar dormir algo —para mañana seguir esclavizadas—. Difícil se plantea pensar cómo vivir nuestras vidas cuando no tenemos un trabajo digno, dinero para pagar un alquiler decente ni tiempo libre para cultivar el alma con novelas.

O sea sí Roberts, muy guay tu madrugón seguido de rezo en un modesto pisito balinés para ir a ver a tu guía espiritual y meditar a su verita. Algunas solo tenemos, para rezar y encontrarnos, un pisucho lagunero de estudiantes que huele a humedad, a cerrao, a neoliberalismo recalcitrante y precario —quienes hayan vivido en La Laguna saben de qué olor hablo—: encontrarme a mí misma dentro de un piso en el que no se cambian los somieres desde 1976, y por el que pago una cantidad de dinero ingente, pues no sé, se me dificulta —por lo que quiera que sea—.

Al final del día, encontramos la manera de encomendar nuestra espiritualidad a esa especie de dioses de algunas estudiantes laguneras: un paseíto al sol por el Camino Largo y los discos de Cruz Cafuné. Me sumerjo en letras, oídas y leídas, pero nadie escribe sobre qué hacer cuando no sabes quién eres. Yo no rezo mucho, solo cuando vuelvo a casa y le hago una visita a Pino o cuando de camino al barco paramos a saludar a Candelaria —lo confieso, les cuento mi vida, si es que rezar es eso—, pero cuando las inclemencias de esta etapa liminal me ahogan, me dejo guiar por las letras de quienes me están alumbrando el camino: Ricardo Marrero, Andrea Abreu, Aida González Rossi, Yeray Barroso, Rodrigo García Marina. Tanta gente realmente insulsa llenando espacios mediáticos y literarios: adultos, lean a los jóvenes.

¡AMA! «Hagas lo que hagas, ¡ámalo!»

Inolvidables palabras de Alfredo a Salvatore en Cinema Paradiso —deberían servirnos de brújula para que esas niñas inconformistas que fuimos, vuelvan—. No nos interesa encontrarnos un príncipe Bardem, con un caricaturizado acento sureño, no es por ese camino por el que queremos encontrarnos a nosotras mismas. Al menos no yo. Nosécuántos «matches» acumulados, señoras y señores diciéndome que sí —swipe right, para las entendidas—y todo para encontrar en otras miradas el «sí» que yo no me doy cuando me miro al espejo —real e imaginario—. Mi vacío es mío y no me quiero vincular desde la ansiedad y la fatiga de que alguien lo llene. No encuentro el modo de amar lejos de ese amor romántico heteropatriarcal y lejos, también, del vacuo y ridículo amor líquido. Te quiero pero no te quiero amarrar, ni que me amarres, te quiero al ladito pero no te agobies, no estoy enamorada, o tal vez sí no sé, que miedo, pero te quiero, o no sé, tal vez solo te prefiero a la soledad. Pero no, en serio, te quiero. Y me gusta quererte, cuando me desprendo de los dolores de lo aprendido. ¿Nos queremos? Nos queremos. Un poco como Helena Bonham Carter al final de El Club de la Lucha: que rico el fin del mundo si estamos dados de la mano y tarareando lo que El Pescailla le cantó a Lola Flores.

Este sábado es un día especial: mi abuela, probablemente una de mis personas favoritas en el mundo, cumple 90 años. Gracias por ser luz y faro. Esto sí que es amar. La orilla a la que arriban mis miedos: abuela no lo sabe, pero la llamo en días grises y recuerdo que todo está bien, que seguimos bregando y margullando. Te quiero, Abuela. Que la pandemia nos devuelva el tiempo perdido.

Julia Roberts, que no te enteras, déjate de rollos y vuelve a casa. Ponte a ver Pasapalabra con tu familia: yo siempre me encuentro ahí.

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Nunca pude elegir entre ciencias y letras: por eso hice las dos. Hubo un tiempo en el que creí cambiar Periodismo por Medicina. Ahora creo que sin las palabras no se cura. Me gusta caminar, leer en la calle y hablar de política. Danzad, danzad o estaréis perdidos.


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