En este pegajoso, húmedo, sofocante y malnacido calor solo dejaría una persona en todo el universo que se me acercara con ánimo sanador: mi madre. La estrecharía tan fuerte entre mis brazos que poco me parecería el tiempo que nos ha dejado la eternidad para permanecer juntas, volvería a fundirme en sus células, aquellas que me vieron nacer, para recordar por qué me siento tan incapaz de alejarme de esa mujer. No la dejaría ir, y a la vez pediría a gritos, esos gritos que sobresalen por detrás de su cabeza siendo yo quien la guarda a ella, un balde de agua fría que nos regara, pues a mi madre la sostendría tanto en el calor de las entrañas como en el frío de las quemaduras. Eso es lo que sostienen las quejas de Mare of Easttown (Ingelsby, 2021), da igual las veces que reniegue y deteste a su madre, ella permanece.

La aclamada miniserie de Kate Winslet se va a llevar todos los premios habidos y por haber cuando toque, mientras, está el (caluroso) aplauso del público que la acompaña en un más que exitoso estreno (¿pirata en algunas casas, tal vez? No me creo que estés ahora suscrito a HBO, la semana de Friends: The Reunion se gastó). La actriz encarna a Mare Sheehan, una detective de un pueblo de Pennsylvania a la que todo le sale mal. Pero muy mal. Fatal. Horrible. Mejor que tomara la pistola e hiciera cuentas. Su hijo se suicidó (no es ningún spoiler), la putean en el trabajo, su ex vive en el jardín de atrás, ¿algo más? Por si no era poco, de repente, aparece el cadáver de una madre adolescente que vuelve a ponerla en jaque. A esto hay que añadirle que la madre (con cáncer y sin la mala leche de Frances McDormand) de una joven desaparecida sigue pidiendo justicia y que, por dios bendito, la policía haga su trabajo. En resumen, que Winslet está hasta el moño, y su cara lo dice. Es un rostro pétreo, lleno de arrugas y ojeras, que está… Cansado.

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(En otra ocasión hablaremos de la manía por poner a muchachitas jóvenes siempre victimizadas, sodomizadas, violadas, etc. True Detective, Heridas Abiertas, Hannibal, cualquiera de Castle, ¿para cuando una mantecada de hombres indefensos, en serio?).

Ma-má

Las relaciones con las madres son tormentosas. Llenan nuestras vidas, las marcan por siempre, serán la piedra angular de una existencia que tirará de carrete para comprender sus miedos, inseguridades y apetencias de ese período en el que se era totalmente dependiente de su ánimo y tremenda influencia. Sin embargo, hay madres que no son madres, madres que parieron, mujeres que se desarrollaron y se multiplicaron, aunque también madres que se definen a sí mismas por este papel y cuya vida está supeditada a la crianza y asfixian a los polluelos, y madres que no tuvieron ninguna guía con la cual enfrentarse a las manitas de un bebé lloroso. Solo voy a hablar de la madre de Mare (que, como le leí al catalán Jorge Carrión, es madre en catalán).

Jean Smart le arrebata la cámara a su hija Winslet cuando se pone ante el foco. Contempla a su hija y sabe que no puede hacer nada, salvo esperar. No es una cría a la que puede darle un cachete para que le haga caso, no es una adolescente a la que domesticar, sino que es una madre en cuya casa está invitada y en donde transita convertida, a veces, en una sombra y, otras, en la feria del fin de semana. Observa en esa modalidad refractaria el que fuera el transcurso de su propia vida en un salón donde bebe vino con su sobrino cura, y se ríe, y se impaciente, y se enfada y manda a la mierda a su hija si hace falta, pero desde una posición privilegiada y, al mismo tiempo, sumisa. Porque el papel de una matriarca va de ir tejiendo los hilos en la transparencia de la claridad, dejando que su presencia no se note, pero sí que quede el camino para que el vástago ponga bien sus piernecitas sobre el asfalto.

La producción televisiva dibuja el contorno del rostro de una madre mayor, esa es su edad, y moderna que no cae en los clichés (salvo el de la bebida o los juegos de manos, en sustitución al bingo), sino que coopera y sigue siendo sostén de la familia de la que ella sostuvo la primera raíz. Los tiempos modernos, esos aciagos vientos del este, están confrontados por la definición de madre. Mamá. Madre. Mare. Má.

Podemos extirpar a la madre, puede ser un ganglio del que deshacerse. Así es nuestra actitud con respecto a la familia: un saludable gesto con el que decir basta a los lazos de sangre de la tradición judeo-cristiana. Revestirla de un aura de perfecta armonía, como fuente inagotable de soluciones y pareceres a los que acudir. O, como dicen por ahí, convertirse en la amiga y transformar la jerarquía, una idea que aún está por asentarse. Y, tal vez el proceso más dificultoso y ensombrecedor: mirarla tal y como es. Una persona con sus taras y fortalezas, cuya piel poco a poco se va reblandeciendo, a la que un día habremos de cuidar como ella hizo mientras se asomaba a la cuna para comprobar que respirábamos.

La relación materno filial es similar cuando el guion expresa el odio y las reticencias de la hija de Mare. En esa separación por décadas, pero en un contexto moderno que les permite hablar desde la emocionalidad y la reflexión, transitan los personajes, que no entienden muy bien cómo actuar, qué cargo asumir, ¿es la menor quien debe cuidar del pequeño de la casa? ¿Debe ser la intermediaria entre sus padres divorciados o escaparse a fumarse un piti y soñar con triunfar en la música? ¿Es Mare quien debería ponerle límites a su hija, o siente que tendría que autoimponérselos para legitimarse frente a su primogénita? Las tres generaciones, abuela, madre e hija comparten rostro pálido, pelo pajizo y fino, y unas tremendas ansias por ser comprendidas.

Por eso, el abrazo es ese tiento del tiempo, una inspiración secuestrada en el pecho, deseando que la eternidad perdure en él, en esa imagen que secuestrará al rostro en el recuerdo, por que yo he tenido la suerte amar a mi mare.

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