Bellas artes, Cine, Filosofía, Pintura

Un pato animado que da lecciones de moral

El Pato Donald, mucho más que un simple dibujo. Foto: Tripticum

Allá por los años 40 vivían dos teóricos alemanes que desarrollaron el concepto de industria cultural. Adelantados a su época, Theodor Adorno y Max Horkheimer dieron forma y significado a la supuesta inmersión del mundo de los negocios en la cultura, entendida esta en su sentido más general. Así, surge el término bienes culturales, de tal manera que todo producto artístico (cuadros, esculturas, diseños, etc.) porta consigo un valor doble: el patrimonial y el de consumo por pertenecer a una industria.

En el terreno de esta teoría , la reproducción exacta de obras originales juega un papel primordial. Este sistema de recopilación del que hablan ambos teóricos perdura en nuestra manera actual de concebir la sociedad; una sociedad de masas mucho más volátil y heterogénea que la de su generación, pero con bastantes rasgos comunes. Según los autores, el individuo acabaría hastiado de su labor profesional y rutinaria, y encajaría así como un blanco perfecto para la alienación. Es aquí donde incluyen el término amusement, en base a las actividades ociosas que requieren poco esfuerzo -físico e intelectual- y que, ante todo, distraen. En efecto, esta teoría de mediados del siglo pasado ronda en la mente de aquellos que se cuestionan la deformación del entretenimiento. Cada vez leemos menos y los formatos se crean con tiempos muy escuetos de duración. Se trata del estímulo constante, del contenido perecedero, de la mente inquieta.

La teoría de la industria cultural puede servirnos como espejo, como una herramienta para desatascar la concepción que tenemos del ocio y el disfrute del arte y el entretenimiento. ¿Somos conscientes de la influencia que tienen los productos culturales en nuestras decisiones? Como entes influenciables, sensibles, con prejuicios y carencias, tendemos a personalizar todo lo que va dirigido a un gran público. Adorno y Horkheimer aludían al caso del personaje de Disney, el Pato Donald, en su libro Dialéctica de la Ilustración (1944) de la siguiente manera:

 El Pato Donald en los dibujos animados, como los desdichados en la realidad, reciben sus golpes para que los espectadores aprendan a habituarse a los suyos.

Dialéctica de la Ilustración

Para poner en contexto esta cita es necesario atenerse a la participación de Disney en la campaña de propaganda nazi en fechas cercanas a la publicación del libro. Una de las pruebas es Education for death (Geronimi, 1943), un filme en el que aparecen los personajes más conocidos del universo Disney. Incluso existe un cortometraje en que el aparece el propio Donald, El rostro del Führer (Jack Kinney, 1942), creado con el objetivo de vender bonos de guerra.

Hemos comercializado lo intangible. El flujo de información acelera su cauce sin parar. Descuidamos la introspección. Puede que ya no vendamos nuestras cicatrices a un pobre y torpe pato ficticio, pero en el mercado de lo inmediato del que formamos parte el precio parece ser el oráculo que da respuestas a todas nuestras preguntas. Quizá el refugio no esté en nosotros mismos, ni la cara sea el reflejo del alma. Quizá ella también esté condenada a convertirse en un bien cultural.

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