Cine y series

Receta de tiramisú

Invitados que ni conocías y tropecientos kilos de comida: así era un cumpleaños a principios de los 2000. Foto: Rosa I. Gil

Hostia, pilotes! Qué son de bones! M’encanten!

Miquel Montoro

Este texto empieza a escribirse solo mientras preparo tiramisú. Mi madre bate las claras a punto de nieve mientras yo blanqueo las yemas con el azúcar. No cocinamos bien juntos. Ella es de esas madres canarias que, con el pretexto de enseñar, en seguida toman el mando. Yo, que soy un alumno más bien tozudo, percibo cualquier variación de la receta como un atentado a los fogones. Así que continúo, ya solo, siguiendo a pies juntillas las instrucciones a lápiz de mi cuadernito negro. «Ponle una pizca de sal para que monten mejor», me recuerda. Y me da por pensar que la cocina también es esto: la forjación de una versión del «yo» que desinteresadamente entregamos al resto. 

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Soy las meriendas de mi infancia. Plátanos escachados con galletas, compota de manzana, higos pasados con gofio mientras suena de fondo La Quinta Estación. Y todavía hoy me río si me acuerdo de mi abuelo cayéndose entre los cardos en busca de un puñado de higos picos que luego mi abuela barrerá en la azotea para que mi hermana y yo los podamos disfrutar. Ella, los blancos. Yo, los tunos.  Y nos veo en el monte riendo, jugando, peleando, llorando porque la pelota cayó en su campo pero ella se anota el tanto y echo la raqueta por tierra pero entonces subimos a por piñas y, con los codos pegaditos, nos aperruñamos junto al fuego mientras la llama se aviva en el fondo de nuestras pupilas. Y así de impacientes esperamos a que el chorizo perro se derrita para untarlo en el pan de leña tostado.

De regreso al pueblo, en el coche, ponemos a Sergio Dalma o Eros Ramazzotti y nos comemos lo que pudo quedar del almuerzo, como los padres al inicio de El viaje de Chihiro. De todas formas, al llegar a casa, tía Bele hará chocolate caliente y nos lo comeremos con dulces y galletas aunque a mí siempre me siente mal. «Food is memories», decía Helen Mirren en Un viaje de diez metros (Hällstrom, 2014). Y sí, en efecto, me acuerdo del arroz con leche y canela, de comer potaje de berros en casa de Johanna antes de irnos a jugar junto a la barbacoa, de nuestros potingues en la cocina tratando de imitar una receta milenaria que acabamos de descubrir en Internet, de engullir la masa cruda y —a escondidas— dejar caer un poco para Luna.

Raíces y trasplantes

Casi por obligación me traslado a los primeros cumpleaños. Nos ponían a todos los chiquillos en las escaleras para la foto de rigor. Éramos pobres, pero de allí todo el mundo, adultos e infantes, salían jartos. Un poco como los niños de Ayuso. De todos los pecados culinarios habidos y por haber, mi favorito era la tarta de galletas maría con nata y chispitas de colores. Así de simple. Pero siempre había alguno que repetía una vez sopladas las velas.

Ahora que me hago mayor, la lasaña de verduras de mamá a las 5 de la mañana después de venir de fiesta me da la vida y el barraquito de la sobremesa nunca puede faltar. Pero también me acuerdo de Machuca (2004) y sus amigos chupando todos del mismo bote de leche condensada como una premonición del despertar sexual. Y es entonces cuando el Chile de la dictadura militar no se me antoja tan distinto al paisaje canario de principios de los 2000. 

Mi agüita de azahar 

Así que sí. Lo reconozco. Todavía me siento en un mercado persa y un cosquilleo me trepa por la pierna cuando escucho la sinfonía de Albert W. Ketèlbey, como aquella vez que casi nos pilla tu madre besándonos en el ático con la boca llena de restos de pan y chocolate Nestlé. ¿Te acuerdas tú de mi flor de enredadera que olía a jazmín y a naranjo y te negaste a tirar hasta que el pistilo se desnudó del último pétalo? Yo tan de baguette y brioche, tú tan de Bimbo y Los Compadres. Del amor como trinchera irreductible para la lucha de clases, tema de disertación para más adelante.

Sea como fuere, si algo aprendimos de Tomates verdes fritos (1991) y la mexicana Como agua para chocolate (1992) es que la distancia entre clímax y cocina se achica cuando se hornea (y marina y amasa y hierve y macera y tamiza y etcétera) con amor. Porque es imposible hacer de comer para alguien a quien no queremos. Esa es, quizás, la única regla que he sido capaz de aprender tras todos estos años viendo a mamá desde la retaguardia del poyo sintiéndome la hija de Juliette Binoche en Chocolat (Hällstrom, 2000). Aunque, por tirar del hilo de Johnny Depp, tal vez ahora me encuentre en algún punto entre el desquiciado chocolatero Willy Wonka y los pastelitos de carne de Sweeny Todd.

No hay receta infalible

Como a Amy Adams en la fantástica Julie & Julia (Nora Ephron, 2009) a veces se me quema el boeuf bourguignon y la crema pastelera de las tartaletas de frutos rojos se empecina en agarrarse al fondo del caldero; se me resiste aún la holandesa y no siempre atino con el punto de sal de la quiche; no me salen los guisos como los hacía abuela; no aprieto el gofio amasado con la maña de abuelo y sus dedos llenos de callos; me gusta cenar sándwich de queso fundido y me da pereza hacer el caldo de la sopa. Pero cuando la salsa da sus últimos borbotones y algún comensal pregunta cuánto falta para almorzar, algo dentro se enciende y lo ilumina todo de Navidad, como cuando hacemos juntos truchas y rosquetes y bebemos anís del pico de la botella por tradición familiar.

¡A la mesa!

En la cinta israelí El repostero de Berlín (2017), el protagonista se muda a Jerusalén para trabajar en la tienda de la mujer de su amante. Él acaba de fallecer. Poco a poco, el alemán va sacando de la miseria la cafetería kosher de la viuda sin revelar su identidad. Hace galletas, hornea tartas, prepara pan… y de ese modo se va infiltrando en la vida de su antiguo amor. Mientras se exploran temas como el adulterio, la homosexualidad, la religión o la relación entre alemanes y judíos en la actualidad, se cuece un drama contenido sazonado con una sensibilidad arrebatadora. 

Yo no soy tan complejo. Tiendo, más bien, a una versión cutre del crítico de Ratatouille (2007). Por ejemplo, yo echo de menos ir al mexicano con los amigos para hincharnos a margaritas de fresa con la excusa del burrito vegano y los totopos con aguacate y queso. Me pasa igual con la cerveza y el tinto de verano en las terrazas, extraño sentirme un hijo de la luna arrullado por el reflejo oscuro del mar. Empiezo a olvidar el sabor de la raclette alpina, como Frodo las fresas de la Comarca, y aquí la fondue sabe a pies. Pero no me preocupa porque sé que ningún año acaba sin reunirnos a la mesa para comer bizcochón de calabaza y otras mocedades (cotufas saladas, guacamole Hacendado, malibú con Clipper de fresa…). 

La cocina, ese reducto de levedad

Baño los bizcochos de soletillas en café y pienso en Pasión Vega y su María se bebe las calles («su patria es su casa / su mundo, la cocina / y se le viene encima»), en todas esas mujeres reducidas a sirvientas, en la cocina como único espacio seguro, en  freír unos sanjacobos como acto de resistencia ante la opresión patriarcal. Pienso en mi abuela y, como ella, tantas otras que creyeron que aquello era normal. Pero también en su tortilla con cebolla y papas viejas, en su arroz a la cubana, sus garbanzas y sus lentejas. Ahora que apenas pruebo sus platos, entiendo por qué canturreaba —se me encapricha algo de Raphael o Luz Casal o quizás Alfonsina y el mar— al cocinar para sus nietos. 

Se cocina a quien se quiere

Mientras espolvoreo cacao en la superficie del tiramisú, observo mi cuadernito negro, tan maltrecho, tan apagado. Pero al abrirlo la sensación es diferente. A medida que paso las páginas, los distintos aromas se suceden y las manchitas de color lo salpican todo aquí y allá. Naranja de aquella crema de zanahoria con curry y leche de coco. Unas motitas de la sopa de fresa con la que acompañé los micuits au chocolat. Un charco de ron miel que posiblemente escurrió de la masa de crêpes o del pan de plátano. Polvos de pimentón del wok de tofu, nuez moscada del seitán con salsa de almendra y dátiles, estallidos de orégano y azafrán… 

En el fondo, hay algo en el arcoíris guarrindonguero que me tranquiliza. Es esa sensación de saber que allá donde vaya, mi hogar, mis raíces —que tan bien encarnan la cocina de mi madre y de mi abuela— seguirán conmigo. Y una confesión culinaria: sé quiénes son mi familia y mis amigos de verdad porque alguna vez, en mayor o menor medida, me han dado de comer. No se me ocurre mayor gesto de amor por la vida. 

1 Comentario

  1. Sabina

    Caminando entre platos de palabras, cocinadas con amor, nos trasladas a un pasado presente en los recuerdos de cualquier generación chicharrera ( entiéndase que me refiero a todos los tinerfeños y no a los nacidos en Santa Cruz que pretenden acaparar un término que no solo les pertenece a ellos).
    La frescura de tu lenguaje y la referencia a todas esas películas relacionadas con el bello arte culinario hacen de tu artículo un fantástico resumen de la estrecha relación entre el “llantar” que diría el eminente Cela y el amar.
    Gracias por este sabroso texto que me ha abierto el apetito y me tralada a la infancia y a la familia canaria ya casi en vía de extensión.
    Sigue inventando estos “manjares exquisitos” envueltos en cortezas de piel de “dinosaurio”. Te estaremos esperando.

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