Literatura

Sigo sin noticias de Gurb, ¿estará contagiado?

«Sin noticias de Gurb» (Eduardo Mendoza, 1991) es un diario como cualquier otro, solo que su autor es un marciano. Foto: Carla Rivero

01.05 Dejo de leer la entrevista de Mendoza. Qué cosas dice. Si me llamara, algo le contestaría, pero no es el caso. ¿Por qué habla con ese tal Juan y no conmigo? ¿Qué le habré hecho yo? A veces, creo que ni quiere verme. Es de noche, tengo los nervios alterados y hace días que no duermo, así que intentaré no prestarle la más mínima atención. ¿Verdad? Verdad. Es más provechoso acariciarle la tripa al gato que pensar que un viejo escritor está sentado en su casa sin que sea yo una de las ideas que ronden sus pensamientos… Dice que prefiere retrotraerse en la historia, válgame, Dios, ¿yo no lo soy? Ya me calmo, ya. Es tarde, y sigo sin noticias de Gurb. Como de costumbre, pero pensé que esta vez sería diferente. Distinto. Una nueva oportunidad. Pero aquel surfero, cómo no lo vi, fue verlo e irse detrás.

01.30 La luz se agrieta entre las muescas de las persianas. Llevo aquí, ¿cuánto? ¿Dos meses? ¿Más o menos? No lo sé. Dejé de tachar los números en el calendario desde que se acabaron las reservas de café para despertar por la mañana. Ahora mis días son noches y mis noches son días. Bueno, eso me pasa a mí y a la señora de arriba, la buena de Rita, que no deja de mover los muebles ni aún para relajarse con los ejercicios de siembra de tubérculos en las macetas de la ventana.

01.31 La farola titila y, como hacía días que venía avisando, se queda quieta, callada, ¡atrás! Que acaban de saltar chispas…

No tiene por qué saberlo nadie

01.35 ¿Y si…? Nadie nos ve. ¿Por qué no?

01.55 Temperatura, 20 grados centígrados; humedad alta, 77 por ciento; nubosidad tenue con buena visibilidad en la costa; estado de la mar, marejadilla con olas inferiores a un metro. Tiempo perfecto para pasear por Las Canteras. La bahía está dormida. Apenas hay pasos en las sombras y los besos se ocultan entre los matorrales del paseo.

01.57 El impulso y las ganas de venir vinieron de Gurb, prefería oler el mar a quedarse en un estrecho piso donde pudiéramos atarnos las garras, me dijo sin miramientos. Hace tiempo que olvidó que soy su jefe, y ahora somos dos fugitivos de la señal marciana que nos persigue las noches de tormenta. Al final, esta piel resultó ser cómoda, nos vino como anillo al dedo y dejó en nosotros una especie de amargura, hasta he leído más para comprender lo que les viene a las cabezas a estos supuestos congéneres míos, pero no los termino de entender. Esa es la verdad. Son un galimatías con caras desfiguradas por los pensamientos. Bola está impaciente entre mis brazos, intenta arañarme, pero le doy toquecitos en el hocico para que no se eche a correr. Tendré que comprar de esos collares de paseo para gatos.

Unos pavos con moco

02.00 Unos chicos se acercan a mí.

02.01 Hemos hablado, cruzado algunas palabras, pero se ve que no les apetece montar un estruendo y quejándose de mis pocos ahorros y de las pocas ganas que tienen de atracarme pues que lo solucionaremos con unos bocadillos de croquetas.

02.02 Qué recuerdos de ese bocadillo. Sentados en la arena. Así, migaja a migaja, rechupeteándonos los dedos.

02.03 Les doy el suelto que llevo. Bajé casi que en cholas. Del apasionamiento decidí irme y dejé todo atrás. También les ofrezco varios pañuelos que guardo en los bolsillos. Están usados, pero viendo sus velas ni se molestan en comprobarlo.

02.04 Que agradecen la amabilidad, me dicen entre sorbidos. Y me recomiendan que no ande a estas horas, tan solo, a pesar de llevar un gato con malaspulgas, que no todos son como ellos, que se amaguan de los recuerdos.

02.05 Se van callejón arriba. Dormirán sobre la tabla de amianto que los protege del frío. Giran para despedirse. Son majos. Unos chaflamejas, como dicen por aquí, de buen corazón y piquito de oro. Me invitaron a unas litronas, confesando, mientras se daban codazos, que se las habían quitado a un par de policías de paisanos que ya tienen calados. Decidí que mejor otro día, no vaya a ser que vengan a endosarme el entuerto.

El faro de las viejas

02.45 Paseo y paseo. No hay un alma en la calle. Pienso en cuando Gurb me trajo una guía de viajes en nuestro pisito del Raval, y veo que me he quedado sin pañuelos usados. Señaló Canarias con candidez, dijo, este es nuestro próximo destino, aquí nos pondremos morenos, morenos, o grises, quién sabe cómo nos afectará eso de la melanina. Veremos el mar desde la cumbre. Hacen papas arrugadas, la gente es buena. Todo es más barato. Podremos vivir un poco más sin tener que pedir ayuda a la Estación de Enlace AF, que no deja de mandarnos mensajes al contestador.

02.50 No podía prever lo que pasaría. Dos meses, ¡más de dos meses de esta jodida pandemia!

02.55 Del grito el pelotudo naranjo salió despedido. No lo encuentro. Ya volverá, pienso para mí, intentando no preocuparme por la bolsa de pienso sin estrenar.

03.30 Dicen que allá lejos, detrás de la barra, hay un ascensor verde que sube y baja con la marea que atrae con su brillante luz mortecina a las viejas. Así luego van a pescar los mayores, ponen su banqueta y se quedan despiertos hasta el alba. ¿Esa luz podrá guiarme a mí?

03.45 Alguien grita a lo lejos.

03.46 ¡Oiga, oiga!, reclama la voz. Es tarde para dar esos alaridos, ¿no cree?

03.47 ¡Es a usted, oiga, el de las chanclas, el del tupé amarillo!, no es mi culpa que se me destiñera al contraluz del balcón. Bastante, como se dice, penitencia tengo con esto que llaman alopecia y que me recuerda a una rata pelada.

¡Vista las Indias!

03.48 Me giro, por fin, y descubro a una señora de uniforme blanco que se acerca con el gato entre sus brazos. Yo a usted lo conozco, ¿no anda un poco lejos del hostal?, me dice. Es Anastasia. Vive en el edificio de al lado y se encarga de la limpieza de la pensión que nos acoge estos días. Me redujeron a la mitad el alquiler, y el señor Paco decidió incluirme el desayuno por la buena ayuda que era tener ese pequeño ingreso al mes. Un angelito caído del cielo. Piensa que soy un inglés con mucho diners.

03.50 Anastasia me cuenta que me reconoció por la cocorota. Llega a primera hora de la mañana y deja las barandillas relucientes. De vez en cuando, me la encuentro cuando voy a tomarme unos calamares en salsa de lata que dejan un regusto a pimienta roja, y no la he invitado a sentarse conmigo por el mal aliento que provocan, pero vaya que si la hubiera invitado. La oigo cantar para sí cuando estoy sentado en la terraza del edificio. Y, a veces, si me descuido, hasta me llevo un fregonazo o un cepillazo que me quita el hipo.

04.00 Hablamos y me invita a una copita. Un ron miel. Tu secreto está a salvo conmigo, susurra. No seré yo quien le haga un desplante.

04.45 Anastasia me enseña a bailar merengue con la radio bajita bajita para que no salga el murmullo de la parte baja de la tienda de lavadoras que limpia de madrugada. A la vez que estas ruedan y ruedan sobre sí mismas siento que la cabeza les lleva el ritmo y las adelanta. Tunantes. Sigo los pasos de Anastasia con tiento. Es bella. Su pelo grisáceo encandila bajo las bombillas LED, mueve sus caderas con lentitud y acierto y esos zuecos ortopédicos que me lleva son tan mullidos que frunce los labios y cierra los ojos del gusto que le da que no le duela aún la espalda. Dice que prefiere que esta noche no hablemos, ya nos comerán las penas mañana, me guiña.

05.15 Ayudo a Anastasia a terminar de limpiar los cuartos de la tienda. Lejía, guantes, mascarilla. Qué insoportable esta cosa que te agarra del cuello. El ron miel parece que rebaja su intensidad y nos sentamos a descansar un poquito fuera en la avenida contra la pared del negocio. Qué nos pasará, eh, esta vida puñetera… Asiento lo que dice. A pesar de haber vivido tanto tiempo entre los humanos, aún me cuesta no sonrojarme cuando me expresan sus sentimientos.

El remanso de la isa

05.20 Tira de mí y busca al gato que está durmiendo en un rincón oscuro. Ya es hora de irse a casa, me manda. Le pido que me acompañe, como si estuviera de nuevo en la nave de mis padres y el sonido de los meteoritos al pasar contra nuestra flota me perturbara el sueño. Claro, hombre, si ahí me toca trabajar ahora. Qué estúpido soy.

05.25 La marea está llena y deja sus dedos húmedos sobre la senda de cemento. El viento nos remueve las orejas, está juguetón y Anastasia y yo nos mantenemos en silencio, contemplamos el agua marina y el ocre de la arena que bosteza lánguida. Dentro de poco amanecerá y yo no estoy preparado. Le pregunto por Gurb, ¿ha tenido noticias de esa chica rubia y con falda de tubo prieta?

05.35 Me coge de la mano. Entiende que una noticia de tal calibre sea tortuosa. No puedo ir a verlo porque está en la zona de control. Dentro de unos días saldrá, intenta calmarme, y en el edificio prefirieron no decirme nada para no angustiarme. Me miro en una cristalera al pasar por delante de una tienda de cosmética. Parece que los humanos entienden que soy mayor, por eso me cuidan, asiente Anastasia, y porque no ha visto nunca a nadie con una cara tan larga.

Las noticias en su justa medida

05.59 Llegamos. El sol queda a nuestra espalda para darnos los buenos días, prefiere no entrometerse. Somos de esos enamorados que tientan al hechizo de una noche. Invito a Anastasia a un café, que dicen que ahora las terrazas abren, y con mucha delicadeza me recuerda que tiene que seguir con la faena. En su casa hay bocas que mantener. Me inclino y recojo al gato bonachón de sus brazos. Son anchos y cálidos. Piel suave. Está manchada de motas oscuras. Me guardo el detalle de una peca con forma de limón. Detrás queda el runrún de un bolero de amor.

06.01 Iré en unas horas a ver a Gurb. Está en el Hospital Doctor Negrín. Le llevaré flores, caramelos de menta, una revista de las que vienen con el periódico para quedarnos colgados de una mano entretanto que nuestros ojos se mantienen haciendo equilibrismo entre las letras. Su corazón estará roto por ese surfero, surfista, no sé, me lo veo venir. Parece que los años, de repente, me pesan.

06.03 Le pido a Paco que me escriba una carta. Ojiplático, que le asusté, después de haberse despertado dando tres traspiés y echado abajo dos jarras de agua que va colgando por las esquinas de la casa para cuando le entran ganas de beber. El timbre es contraproducente para la salud. Por favor, dígale a Eduardo que Gurb pronto estará bien. Sin remitente. Mi casero promete que desde que abra correos irá corriendo a llevar la misiva, que me despreocupe. Confío, por supuesto.

06.10 Fue Gurb quien dijo que no me alertaran. Tengo tantas ganas de verlo que ya se hizo de día.

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