Narrativa y teatro

La invención de Pedro

Un francés cualquiera mira una manzana cualquiera. Foto: Alexis Rodríguez

Los estrafalarios rizos de Pedro aplastados contra la ardiente y empañada ventanilla del coche  presagiaban el cansancio y los últimos instantes de la vigilia. El joven contemplaba distraído y entre bostezos un confuso y huidizo reflejo de ojos castaños, diminuta nariz porcina y labios húmedos color rosa. Fríos destellos blancos, amarillo pálido o rojo alarma chocaban contra el difuso rostro de la ventanilla. Las luces que alumbraban la noche atravesaban al tímido Pedro que jugaba al escondite dentro del cristal de un viejo Ford Fiesta. Todo ocurría deprisa, un acontecer breve, en el largo trayecto de vuelta a casa, de vuelta a la cama.

Aparecía un muchacho medio encorvado cargando bolsas repletas de botellas y, en menos de lo que duraba un bostezo de Pedro, desaparecía en la espesura gris de la noche. Luego una mujer rubia y boquiabierta inclinada triste contra la ventanilla de un coche negro cruzó, sin enviar ningún saludo y ninguna mirada, el confuso reflejo de Pedro que comenzaba a disiparse tras el vaho. Los árboles altos y negros, las farolas anaranjadas, los focos blancos de una guagua, los carteles publicitarios desgastados por la lluvia, las ventanas aún despiertas, las sombras de las fachadas, los tacones rojos de una mujer que sonrió a Pedro tras una mascarilla…; el mundo huía y se abandonaba indiferente tras el vaho que cubría, que crecía como madreselvas, por la ventanilla y los ojos transparentes de Pedro.

La quietud de la luna

El padre abrió las ventanillas y reapareció el confuso rostro y Pedro vio que quedaba la luna, quietecita y calma allá arriba.  «Los ojos…, una nariz. Una boca seria. La Luna seria. Me mira», musitaba Pedro hacia dentro, sin alzar la voz, inexpresivo. Ella le perseguía de vuelta a casa, duraba sin perder o atenuar su brillo, no se despedía. «La luna se enciende. El sol oculto en la luna. El mundo es sombra y murmullo lejano de tacones rojos y bisutería zarandeándose en las muñecas de Marina», escribió Pedro en la última página de un librito que estaba leyendo, titulado La Muerte en Venecia.

Los padres soñolientos, conteniendo la súbita e impredecible aparición de sonoros bostezos, yacían despatarrados a lo largo del sillón mientras oían el nuevo recuento de muertos anunciado por televisión y las lecciones morales y profecías de periodistas. La madre negaba, entornaba los ojos hacia el techo al suspirar y después regresaba a la luz tenue del móvil. El padre aprovechó la distracción de la mujer y dejó escapar, con disimulo, el bostezo contra la funda lisa de un cojín y después ensució la mano izquierda en el paquete verde de Lays. Al rato apagaron la televisión y fueron a dormir, arrastrando los pies descalzos y pisoteando las sombras del pasillo, sin hablarse hasta caer en la cama. Después un leve murmullo de buenas noches con ojos deslizándose sobre la negrura del techo.

Confesión de un invento

El escritor inventa el romanticismo de Pedro, el hastío de unos padres que fingen amarse, la creencia en las vidas breves como dice Onetti, el repicar de los tacones rojos, las sonrisas dentadas tras unas mascarillas, el olor a humedad de la lluvia y la perdurabilidad blanca de la luna. Ficciones originadas por el pudor, la piedad y el respeto a narrar con nombre y apellidos lo que se ve y se siente al ver. Altera los nombres, ensombrece los rostros, les arranca sin permiso sus penas y miedos,  desvela los aborrecidos y punzantes odios, les otorga algo de amor y de fe en algún Dios o en algún género caro o barato de inmortalidad. Porque así viven las gentes y rara vez querrán contar a un periodista o a un psicólogo su verdadera desgracia.

En ocasiones el escritor, a través del aislamiento y la expresión de su subjetividad, retrata el inconsciente o la experiencia colectiva, a la que él pertenece. Se desvela a sí mismo y vive los símbolos trágicos e intempestivos de cualquier existencia humana: la presencia de la crucifixión de Cristo, los chillidos agónicos proferidos por las mandíbulas desencajadas y desangradas del infierno o las tormentas de arena y la soledad del desierto.

La limosna del poeta

Las palabras del poeta nos dejan o nos advierten  (arrojadas como limosna entre las páginas impresas de los libros) la eternidad y los versos hirientes de Jesucristo, la fingida locura de Alfonso Quijano, las verdades de amor de Molly y Leopold Bloom, las profecías y los bailes de Zaratustra, el pacto de Fausto, la culpa de Pedro Páramo, la sangre derramada por el poderoso Macbeth, la duda de Hamlet o el amor suicida de Julieta.

Y aquí algunas fotografías que recuerdan a las ficciones de algún poeta. Rostros que suenan a las palabras del títere imaginado en la soledad ensimismada de un soñador. Para que vean que no hablan en el vacío y que no mienten tanto como parece. Que describen el silencio del hombre corriente. Para que recuerden que Ricardo habla de lo que habita en nosotros, aunque no lo sepamos.

Quizás Pedro les escribe este texto y quizás Julieta, ahora mismo, está volviendo a morir de amor.

Hamlet explora la superficie de una manzana. Foto: Alexis Rodríguez
Las dotes de telequinesia de Don Quijote y la pelota flotante. Foto: Alexis Rodríguez
El Principito vuela sobre los bancos. Foto: Alexis Rodríguez
Sísifo escala para alcanzar la cima del tobogán para después volver a caer. Foto: Alexis Rodríguez
El baile de Zaratustra. Foto: Alexis Rodríguez
El poeta Alberto Caeiro mira a la cámara. Foto: Alexis Rodríguez

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