Humanidades

A tres voces

voces

"La sangre tensa y uno no piensa más que en morir" ('Oración del remanso'). Foto: Carla Rivero

Lali sacude las alfombras contra la fachada del edificio ceniciento. Usa de excusa el pesado lino para bajar por las calles y contar los coches y cerciorarse mientras se estira el delantal que aún las manecillas se abrazan y detienen el tiempo. Dentro, hay una salita al final del pasillo. Y su mente corre desnuda entre las ráfagas, pulso acelerado, adrenalina, todo recto, segunda puerta a la izquierda. Tiemblan los pasos que se balancean sobre el piso, es un paseo más, un sonido sordo, hueco, como el atroz vacío de un laberinto. Nada ni nadie se pregunta qué hay al otro lado de la puerta, se deduce: una cama prieta, un escritorio, un armario lleno de vestidos de volantes y bragas gastadas de domingo. A través de la ventana se cuelan los hilos de las telas de araña que cosen al atardecer, parece que refresca, murmuran, casi son las seis. Y pronto, muy pronto, llegarán las siete, las ocho, las nueve, hasta las once, donde la cita se toma un café, se retuerce el bigote, qué me dices, ya me lavé los pies.

El café hierve y sus burbujas espantan al sueño mientras los sillones se oscurecen y las esquinas se afilan, cojan el guion y tomen las marcas, hoy es nuestra última función. Claman:

II ACTO: Sangre de melocotón

El tintineo de una cuchara metálica contra una lata de hojalata. Da vueltas helicoidales la cuchara sobre la superficie de mal cartón. Pasan los días. Las sábanas aún guardan entre los pliegues su semen. Pequeñas manchas transparentes, frías, viscosas.

Hay una gota de almíbar que resiste al movimiento. Se desliza, esquiva, hace cabriolas, se burla de la mirada, distingue las tres menos cuarto de un accidente que tuvo lugar hace doce semanas, dos días y tres cuartos de hora. El tintineo es constante. Persiste. Las manos se trocean al cortar pepinos, berenjenas, champiñones, un revuelto con sabor a plasma…

—¿Dónde estabas?

Sigo sentada sobre los pies de la silla del salón. El día bosteza y aún no he completado la vuelta. Del vaho sale una historia que saca su cabeza del capullo. Hubo, tiempo atrás, un oasis en el desierto gélido donde un locuaz contador de historias se mecía risueño sobre la duna para arrancar los ojos a quienes osaran dormir. Allí se escondían bandidos, brujas, sultanes y faquires, diminutas y minúsculas culebras que ascendían por las losas de piedra de las murallas, en las tiendas se colaban riéndose melifluas y cobraban los secretos de las grutas cavernosas escondidas entre los pliegues carnosos para sacrificarlas al alba. La desmemoria como último refugio, el bastión que todos ansiaban por conquistar con las gotas de un escalofrío sembrado de pesadillas de dagas violáceas.

El rumor del viento dentro de una burbuja.

El tintineo del candelabro que no reverbera.

La campanada que llora ante los muertos.

El tintineo cesa.

—Por qué vienes si no hay nada en mí.

III ACTO: De cómo reconstruir una flor

Dos pétalos se unen con una gotita de pegamento. Blanco, traslúcido, forman la corola, se inserta el pistilo, dentro cosquillean los estambres tostados y repletos de amarillos y dorados, lánguidos e inocentes. Pegas una a una las partes, y en un rincón rezas con las palmas llenas de tierra que esto sea un milagro. Que, por favor, aparezcas.

INTERLUDIO (I ACTO: La hinchada lengua)

Una soga asciende torpe y viscosa por el esófago, la garganta da arcadas. Vomita la soga y la cuelga sobre la cabecera.

—Aléjate.

Sus manos limpias se ensartan sobre las caderas como brasas ardientes. Dejan la huella en el hueso, pulida y maloliente, imborrable.

Mírame a los ojos. Los labios bisbisean y no les prestarás atención, solo te dedicarás a medir el diámetro de la pupila que recorre el terrero que ahora despedazamos con nuestros pies. No dudas de mi palabra, crees que no lo harás, pero al final, justo antes de empezar a integrar mi historia entre tus recuerdos, dudarás, me negarás tres veces, o por lo menos comprobarás cada una de las alternativas que hay a esta sucia cantarilla a la que te conduzco. Dejamos de moldear tótems y ensuciamos nuestras creencias en banalidades con la trágica consecuencia de ser insoportables el uno para el otro. Pero óyeme, escúchame, esta es mi voz, ¿qué harás para cambiar estas palabras?

Mi cara contra la almohada. Boca abajo. Apenas respiro. Qué pasará después, cuando se haya ido, cuando no recuerde qué sucedió. La tráquea clavada a las costillas famélicas de hierro. Me atraviesa. Qué quedará, dios mío.

—Acaba ya, acaba…

Talla sus dientes. Uno a uno. Los lija con una lima de acero. Dura e hiriente, está machando sus dientes en el mortero, haciéndolos añicos para que nunca vuelvan a sonreír, a morder, a herir, ni succionen triángulos de hielo.

La garganta se abre. Pústulas y granos que revientan en un moho pestilente. La pus llena las uñas de mar bravío, las babas salen de su boca recién abierta. Susurran las horas pasando una a otra su turno mientras las sábanas se balancean y cubren los pasos de ese pasillo dejando atrás un cuerpo desmadejado y roto, quebrado que sufre espasmos intentando recobrar una suerte de vívida dignidad que se convierta en puño y atraviese la carne sanguinolenta y hecha remanso duerma al descanso de las velas sobre un cojín de tela a la vez que las vísceras tiernas y sorprendidas cuelgan del balcón…

Qué dijiste. Has enmudecido mi voz.

No. Son fantasmas que se doblan sobre la Catedral, son los vestigios y las sobras de un ser que acuclillado bajo la mesa se muerde las yemas descarnándose. Son tus pesadillas, incineradas y muertas. No, te repites no, No, no, NonoNoNoNoNoNoNoNoNooooooNO. ¡No fue, no existió! CÁLLATE. Imbécil, insulsa, lastimera, idiota, IDIOTAIDIOTAIDIOTA, no vales nada, NADA, na, da –nada-,

nada.

TÚ, sí, tú, ABRISTELAPUERTA.

Fin del INTERLUDIO

Sin embargo, pende una gota de sangre.

—¿Qué es esto?

Te quebraste.

Qué ocurrió.

Los magos cantan orando en la tierra:

Dime, luna lunera, canta mañanera, qué ocurrió bajo la hierba, sobre los sauces, pendiendo de la lisa lava de los volcanes que mastican los dioses del viento, grito al pozo y el pozo responde que no fue, que la piedra cayó a la de tres, que sin hijos no hay marido y que sin ti no hay misa ni sudario, tan solo un vaso de vino tinto templado. Dime, luna mañanera, a mi vera, acunando en las espigas tu rostro iluminado por el sol, girasol de primavera. Abre el espejo, esconde el sombrero, a tus cejas yo las beso y bajo mis labios a la cuenca de tus ojos, lamo las comisuras de tus labios, dime, luna lunera, piedras de río, arrullo, susurro… Sé mía, tan solo mía, por fin estás recompuesta, la voz sanó, te penetraré, qué miedo hay, no soy él, yo…

—No. No… —su piel raída, sus ojos sin medida.

Huyen despavoridos, acuciados por el espanto. Echen las cortinas. Bajen las escaleras. Cubran los muebles, que las sábanas se desplieguen. Cerró. Dejemos la llave bajo el hueco de la portilla, nos alejaremos de aquí, estaremos pendientes al resguardo de las centinelas.

Cuentan labrando que salió por la ventana al albor, se echó sobre los juncos, tan pronta y menuda, rocío de la mañana, y durmió.

EPÍLOGO

El silencio.

Un gorgoteo que cesa.

Es hora de tomar el café.

Dejen, se fue, ya volverá.

Lali se limpia el sudor frío y deja reposar su cabeza sobre las baldosas gélidas. Se desata el nudo del pañuelo que cubre sus cabellos y los deja sueltos sobre los hombros, esparcidos y desaliñados. Las canas tempranas tiñen la blancura de las manos. La visita se ha ido, como cada noche, a eso de las tres. Ahora que su olor ha desaparecido y no queda rastro de las sombras, podrá descansar. Un día, se ha prometido, y no volverá. Mañana cogerá las maletas y trasladará las sortijas, los manteles y los libros, dejará atrás la colcha y callará. Pone el reloj a las siete, cuando los camiones vengan será tarde y habrá zumo de naranja recién exprimido, tira el delantal a un lado y se aovilla contra las paredes. Un poco más, aguanta apretando los dientes, y alcanza el olvido.

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