Arquitectura, Literatura

Ciudad fantasma

El concepto de ciudad fantasma ha cambiado mucho desde el siglo pasado y con él su valor connotativo. La mayoría de las zonas que cuentan con espacios urbanos abandonados son ahora núcleos de delincuencia o simplemente desechos. No obstante, lo que caracterizaba a las antiguas ciudades fantasma era el misticismo, el encanto y el silencio. Para entender esto, podemos plantear un sistema dividido en tres ejes: grandes ciudades inhabitadas, zonas rurales despobladas y pueblos o caseríos, bastante comunes hace décadas, que se mantienen.

Boom inmobiliario

El primer caso se basa en lo que pudo ser. Es decir, la construcción masiva de ciudades de edificios de amplias proporciones dirigidos a todos los sectores económicos que han quedado completamente vacíos debido a una mala planificación o a la bancarrota. El ejemplo más representativo es China, un país que ha sido urbanizado en los últimos tiempos a un ritmo muy apresurado. La causa de esto es la burbuja de bienes inmuebles que corre el peligro de estallar de un momento a otro. Si esto llega a producirse, las consecuencias serían fatales para China y el resto del mundo.

Ciudad fantasma
Ordos, ciudad vacía en China. Fuente: Videoblocks

Estas ciudades fantasma parecen fruto de la ciencia ficción. Se pueden visitar, pero lo mejor es acudir acompañada de alguien que conozca el lugar. En el canal Luisito Comunica podemos observar un claro ejemplo de estas construcciones colosales que conforman un panorama desolador. ¿Son estas las urbes fantasma? Se pueden acercar a la idea, pero las que buscamos no son fruto de la mala gestión económica. Se trata más de muertas vivientes que de espectros.

Despoblación rural

El otro tipo de poblaciones abocadas a perecer son las que se encuentran en el medio rural. Este fenómeno es mucho más conocido en España, donde la población joven en edad de trabajar emigra a las grandes ciudades en busca de una nueva y, quizá, mejor vida. Así, muchos municipios repartidos por todo el territorio se caracterizan por contar con muy pocos habitantes, la mayoría de ellos de tercera edad que se niegan a abandonar el lugar en el que crecieron.

Ciudad fantasma
San Vicente de Munilla, La Rioja. Foto: sensacionrural.es

Al verlas puede parecer que estamos ante la verdaderas ciudades fantasma, pero se han convertido en algo parecido por causas intencionadas y ajenas, como el aumento del sector terciario e industrial en detrimento del primario o la búsqueda de entornos apropiados para trabajadoras cualificadas, como son las capitales. De nuevo, el fantasma es una consecuencia de las actividades económicas, por lo que se aleja del concepto que barajamos. Estas son ciudades huérfanas.

El fantasma

Por fin. Llega el momento de conocer al fantasma. Como todo ser pululante que se precie, estos pueblos parecen recorrer el paso del tiempo sin apenas experimentar cambios. No son fruto del éxodo rural ni de la burbuja inmobiliaria. Son producto de la supervivencia a través de las épocas. Hablamos de municipios, incluso barrios, que se encuentran en el mismo estado en que se formaron y que resisten a pesar de todos los condicionantes que hemos comentado. La literatura se sirve de ellos; son una prolífica fuente de inspiración.

El mejor ejemplo lo encontramos en la mayor obra de la literatura canaria, Mararía, escrita por Rafael Arozarena. La novela se sitúa en el pueblo de Femés, en Lanzarote. Se trata de un municipio de unos doscientos habitantes situado en un macizo que sirve como ejemplo del concepto fantasmagórico al que hemos tratado de hacer referencia. Un espectro nostálgico atezado por el sol, de casas blancas y tierras rojizas, sobre el que brotan creencias añejas -como aquelarres- y que se han adaptado a los cambios sin perder encanto. Los ejemplos se reparten por todos los continentes, aunque cada vez escasean más. Con ellos también parece perdurar el aspecto de sus gentes, así como sus respectivas culturas.

fantasma
Femés, Lanzarote. Foto: iStocks

El paso del tiempo solo acompaña a estas poblaciones. No importa el transcurso de generaciones. La magia que les rodea sigue vigente para quién tiene ojos para verla, a pesar de la adaptación a los cambios. Ahora, estos versos de Neruda en su Oda al tiempo nos invitan a apreciar estas tierras como si de un ser querido se tratase:

Amor, qué importa 
que el tiempo, 
el mismo que elevó como dos llamas 
o espigas paralelas 
mi cuerpo y tu dulzura, 
mañana los mantenga 
o los desgrane 
y con sus mismos dedos invisibles 
borre la identidad que nos separa 
dándonos la victoria 
de un solo ser final bajo la tierra.

Pablo neruda

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