Humanidades, Literatura

La isla

isla

Atardecer desde la costa norte de Tenerife. Foto: Leo Desinquieto

(Descripciones basadas en la isla de Tenerife)

El hilo de agua, rizado,
sube y se abre en lo alto;
luego se pierde en el agua
temblorosa con su fondo
de sol, tembloroso y blanco.
El pecho se alza. Un suspiro
todo luz se va en el aire.
Vivo, el ciprés se ilumina
entre los rosales blancos.

‘Versos y estampas’ (Josefina de la Torre, 1927)

Josefina de la Torre nació frente al mar. Y, como tantos otros artistas, reflejó en su obra el lugar en el que creció.

Nacer y vivir en una isla significa estar rodeado por la inmensidad del azul del agua. Ver en cada momento el límite de lo terrestre. Algunos pensarán que se vive como un encierro permanente, un lugar sin rápida escapatoria. Otros, como yo, prefieren verlo como una oportunidad única de que te mezan las olas en la tranquilidad de la arena, a la misma vez que se es consciente que el monte está a relativa poca distancia de ti y que justo detrás de él, nos volvemos a encontrar el mar.

El sonido propio de la marea relaja a quien lo escucha. Pero, además, cuando conversas con algún vecino de los barrios más costeros, te cuentan que son capaces de saber el estado del mar y si es un buen día para salir a pescar tan solo oyendo el vaivén de las olas desde su cama.

Entender que el mar te cerca o te cohíbe, es no comprender que la vida no termina en la tierra, sino que nace en el agua, ahí donde el hilo de agua rizado se pierde con el sol.

La inmensa altitud

El viento trae todo el rumor
por el camino arriba.
Tú subes con el viento
dentro de mí,
en mi ensueño,
lejos y cerca,
distinto y el mismo.
Yo te espero
esta tarde
-claridad dormida-,
y el viejito trae
todo el rumor,
el mismo y distinto.

‘Versos y estampas’ (Josefina de la Torre, 1927).

Cuando el viento sube hacia arriba, se encuentra con el pinar, el bosque que absorbe hasta la última partícula de aire. Y por más alto que subas, bajo las hojas de los árboles vislumbras el mar. La libertad no se halla necesariamente con mucho terreno a tu alrededor del que no ves el final; puede encontrarse en el silencio agitado marcado por las pisadas en la tierra o en la mirada panorámica mientras descansas en un tronco. La libertad que te obsequia el viento cuando lleva el rumor camino arriba.

Un mirador desde lo alto, incluso más arriba del pinar. En el paraje desértico hablar de encierro carece totalmente de sentido. Incluso menos aún, por paradójico que parezca, cuando cae el sol y quien ilumina es la Luna y las estrellas. Cuando la ausencia de ruido toma la palabra lo hace más que nunca, no hay lugar más grande que en el que estás.

Sobre el mar, bajo el cielo, blancas, densas,
vienen todas las velas desplegadas
en el aire, dorado y transparente.
Y en la proa, delgada como la brisa,
la corona de espuma alborotada
es adorno rizado de su frente.
En la playa, de oros soleada,
las mujeres esperan a las barcas
con los ojos al mar, intensamente.
Y en el ramo de velas olorosas
-brisa de mar, aroma de mariscos-
hay un anhelo cálido y creciente.
¡Cuánto diera por ver llegar un día
la barca con la blanca vela al viento
con rumbo hacia otra orilla, desrizada;
y en pie en la proa -tijera de los mares-
a ti, todos mis sueños, presentido
con el azul del mar en la mirada!

‘Versos y estampas’ (Josefina de la Torre, 1927).

Estar encerrado no implica la presencia de paredes. Al contrario, para alguien de una isla es normal sentirse agobiado frente a la falta de mar en territorios continentales.

En realidad, somos nosotros quienes ponemos límites a la realidad en la que vivimos. Moldeamos el mundo que habitamos, adoptamos el mar como fuente de vida, de tranquilidad y de paz. Nos acercamos al paisaje terrenal para escabullirnos en la naturaleza, abrumados, de repente, por lo que se nos abre a nuestro alrededor.

Llevamos la isla en el azul del mar de nuestra mirada.

1 Comentario

  1. José M. Amador

    Desde la cumbre, con los párpados ardidos, contemplamos estelas de corcho por las que se deslizan los deseos hacia el lugar del líquido horizonte, allí donde se libra la batalla entre el atardecer salobre y la sombra cónica de la isla al abrigo de un volcánico silencio.

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