Música, Palabra, Pensamiento

Consideraciones del amor en general y de ti en particular

¿Habrá alguna fortaleza que resista el envite cuando llega el amor? Foto: Tripticum

Sobre el amor se ha escrito mucho, se ha cantado mucho y se ha recitado mucho. Han pasado siglos desde que se puso por escrito por primera vez, de los primeros tratados y de los primeros versos. Y todavía, a día de hoy, sigue siendo un tema de disputa teórica. Hay nuevos acuerdos, nuevas formas de entenderlo y propuestas de revolucionarlo. Y esto que sigue aquí es un popurrí de versos sueltos pero entrelazados sobre etapas de amor, compartidas y vividas a partes iguales.

Enamorarse nos lleva a la niñez

Suena El Canto del Loco: «Y me siento como un niño / imaginándome contigo». Y es que el amor comienza mucho antes del primer acercamiento, del primer contacto, del primer beso. Empieza cuando todo en nosotros comienza a debilitarse. Hay fracturas y grietas donde pensábamos que había un muro que protegía bien lo que habíamos construido a lo largo de los años.

De repente, hemos perdido veinte años y volvemos al sitio donde podíamos ser más débil pero donde siempre nos notamos fuertes y seguros. Es la niñez, el lugar donde pintamos con colores todos y cada uno de los aspectos de la vida, sin importar los márgenes. Y ahí estamos, creyón en mano, dibujándonos como si los años no hubiesen pasado. «Ahora que apareces / rompes los esquemas», dice Rozalén, e intentamos diseñar de nuevo lo que nos acaban de tirar, ahora con más color e ilusión.

Empieza la función

Quizás es por eso que Zygmunt Bauman decía que «el amor no encuentra su sentido en el ansia de cosas ya hechas, completas y terminadas, sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas». Ese impulso, que nació desde la infancia, nos lleva a parafrasear a Dani Martín: «te espero, / mi teatro es para ti». Y comienza la función.

Ya la paleta de colores es compartida, y ahora queremos que el otro dibuje otras formas y utilice otros colores. Pero pedimos una sola cosa: «Píntame libre y feliz, / pero píntame cerca de tu alma, / en un tren dirección a la calma / que me hiciste sentir», como cantó Andrés Suárez. Y es que lo fundamental es que no use la misma gama, ni afile tanto la punta, ni nos lleve por el mismo camino por el que iríamos nosotros. Porque el amor no es amor si no hay alteridad, esa que Byung-Chul Han afirma, en La agonía del eros, que se está socavando.

Amor a distancia (que no distanciado)

Pero, a veces, sin quererlo, llega un momento en el que el amor se siente en dos lugares distintos. Y supone otro reto para seguir construyendo lo que empezamos a pintar. Nos da una hoja mientras se lleva otra. Nos dice que vamos a seguir diseñando juntos, pero a distancia. El amor no se rompe, pero se tambalea al inundarse de dudas. Solo podemos hacer una cosa. Estampar una frase de Luis Fercán en una esquina de su folio: «si quieres, / te beso desde aquí».

Si Bauman afirmaba que «mientras está vivo, el amor está siempre al borde de la derrota», en esos momentos se acerca más al precipicio, y pensamos, como pensó Luis Eduardo Aute, que por momentos desearíamos presentar nuestra renuncia irrevocable a ser adulto. Así que volvemos, de nuevo, a la infancia y cogemos un lápiz. Y anotamos, a pie de cada dibujo, el sentido del camino. En uno que pintó ella, tú solo lo firmas: «Me gusta cuando bailas / sin saber que alguien te mira», que alguna vez escribió Pablo Alborán.

La expansión centrífuga del amor

Pero regresa, y al juntar las hojas que se pintaron lejos pero en sintonía, recordamos a Ismael Serrano: «Ahora que te encuentro / todo se vuelve verdad». Los cimientos aguantan más que al principio y los colores están más vivos que nunca.

Y es que ya sea en la ciudad por la que Caravaggio dejó sus obras o en un enclave mediterráneo que vio nacer a Paco Rabal, el amor siempre es centrífugo. Bauman afirmaba que el amor «es expanderse fuera, y por eso mismo implica el impulso de proteger, de nutrir y de dar refugio [a la otra persona]». De ahí a que Elvira Sastre escriba: «Yo no quiero / que me digas que mueres por mí, / quiero hacerte vivir de amor».

Porque el amor es cuidar, estar al lado, ofrecer un cobijo cuando no arrecia la tormenta y un cielo cuando no hay blanco en él. «Quiero ser tu camino, / quiero que te pierdas, / que te salgas, / que te rebeles, / que vayas a contracorriente, / que no me elijas. / Pero que siempre regreses a mí / para encontrarte», continúa la poeta segoviana.

«Prefiero amor, amar»

Sea de la forma que sea, el amor es presente teñido de futuro, un libro abierto, una película por rodar. El lugar donde encontrarse, que te permita ser mejor y no estar anclado al suelo, en palabras de Ricardo. Aunque sea algo que no sepamos definir muy bien. Que no entendamos, como dijo Elena, el encaje de «los vínculos que llegan y reinician nuestros latidos».

Aute lo tenía claro: «Que entre la fe y la felonía, / la herencia y la herejía, / la jaula y la jauría, / entre morir o matar, / prefiero amor, amar / prefiero amar, prefiero amar». Y yo, en medio de batiburrillos de anotaciones, dibujos y reflexiones sobre qué es eso del amor, también lo tengo claro. Yo, como cantó Residente, yo te quiero a ti.

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