Filosofía, Narrativa y teatro, Palabra, Pensamiento

El deseo, elevado y hundida

Obra del artista canario Néstor Martín Fernández de la Torre. Foto: Museo Néstor

El deseo es una constante del sufrimiento. Es un motivo exógeno e intrínseco, una atmósfera templada entre las ascuas de una explosión, la tibieza de la carne que arde entre las hendiduras de (y hechas por) las uñas. La separación de dos moléculas de agua. Una expresión de la supervivencia pendiente de una mirada de esperanza. Es el hálito por el que nos seguimos reproduciendo. Las células siguen dividiéndose cíclicamente sobre una pastosa masa acuosa para que nosotros, presas del miedo, nos arrojemos.

Dedos corazones

Hablemos en plata, el deseo es el cosquilleo que siente Biden al ver la cabellera humeante de Trump. El debate presidencial ha sido a (estas) horas de la noche uno de los encuentros más encarnizados entre las dos facciones del sistema democrático estadounidense. Republicanos y demócratas. Capitalismo y neocapitalismo. La trama y el sabotaje de las fake news contra el reordenamiento de los sentidos comunes. El deseo ciega al poder.

Las grandes de comunicación no están orquestadas para una mejora de la información entre facciones de la sociedad, sino para atraer y dejar que las abuelas quieran manosear los cachetes de los candidatos.

Falta público. Sobra bilis.

Imagen
El presidente Donald Trump durante un mitin. Foto: Tom Brenner / Reuters

Recuerdan tiernamente a las grandes tragedias griegas, llenas de amor falto de escrúpulos. En ellas, mienten, sobornan, traicionan y secuestran a las amantes y matan a los pretendientes en nombre de Afrodita y por la cabellera de una tal Helena. La red invisible que echa Hefesto sobre su esposa y Ares responde a la irracionalidad de la sangre que busca una venganza cuando el sentimiento es ofendido.

Una mariposa tragada

Primero, el sentimiento, puede que articulado en pensamiento y, luego, el deseo. El término proviene del latín vulgar desidium que expresa la ociosidad, el quehacer, esa acción que demuestra el continuo arrebato en el que deriva. Y deja atrás cualquier culpa. En Freud el deseo es utilizado en el marco del inconsciente para expresar tanto la tendencia como la realización de la tendencia. Para él, la satisfacción del deseo inconsciente es el cumplimiento de la pulsión.

La leyenda recuerda a Etain, la diosa celta que fue transformada en mariposa por una rival. Fue comida por ella y nació de su vientre hasta crecer y reencontrarse con su primer amor. El deseo que ciega a generaciones y se reproduce en el tiempo para impedir la lógica consecución. Romeo y Julieta, Cumbres borrascosas, La casa de los espíritus, El amor en los tiempos del cólera, hasta un escurridizo adolescente en El embrujo de Shanghai… La tragedia que se transforma en vida.

Hoy vi la cuarta mariposa del día. El aleteo evapora las pestañas.

Morbosos pensamientos

De igual manera, ese hachazo de melancolía es la risueña mirada que se le queda a Monasterio cuando interpreta la Ley de Memoria Histórica a su capricho. El zumbido de las avispas, o el trote de caballos, que invade su estómago combate contra los jinetes del Apocalipsis, donde Largo Caballero e Indalecio Prieto le resultan en sueños húmedos.

Francisco, el obrero consciente, miembro del gobierno de la II República, soñó con un lugar mejor. La utopía que pronto caería por un velo tupido y grasiento. Mientras, Prieto escribía desde su exilio en México sobre la imposible asunción de que Alfonso XIII volviera a reinar. Pocas opciones les fueron dadas. Ahora, como esa semilla que persiste como granito en el estómago al paso de los años, en esa oscura hambruna que alumbraba la mariposa, vuelve el presente para intentar tragarse sin resuello al recuerdo.

Son espejismos que van cogiéndose de la mano.

La productora de Almodóvar

¿Ese deseo consume? Es una enfermedad que aparenta al odio, a los celos, a la envidia y la egolatría. La guerra es acaso la muestra del recrudecido anhelo de control, al cual Sun Tzu intentó dirigir, explicar y detallar en su célebre texto para que no excediera la carnicería para que los pueblos volvieran a la armonía. A qué límites llevarían las letras sedientas si no hubiera una atadura moral, ética o social.

Un planteamiento que Félix Guattari y Gilles Deleuze cuestionaron en la década de los 70 con El Antiedipo, una respuesta al psicoanálisis predominante de la época. En la obra juegan con la idea de que lo social y el deseo son la expresión única del inconsciente y, finalmente, es el sistema capitalista a través de la producción del dinero la vertiente en la que se ha asumido su satisfacción. Ha de liberarse, de ser por sí mismo. Deseo poroso y sin horizontes. No obstante, que sigue adquiriendo rostros palpables.

You got a fast car

El escarnio público motiva que el deseo sea embustero. El deseo de vivir, cambiar, explorar los límites y arriesgar el cuerpo y el alma a los improperios del destino. A los 15 años en un país empobrecido donde las oportunidades no llegan a empacar los zapatos en papel burbuja, un burdel parece el método fácil para existir.

Un día aprovechamos que él se fue y le llevamos comida. Ella dijo que no quería nada. Le habían golpeado mucho. Le dije que yo era la Vanesa, yo no te voy a golpear, y le pedía perdón, y me decía que yo le había introducido un palo por el ano, yo le decía que no había sido, lo juraba por mi hijo, y ella decía que no se podía sentar, que también tenía hijos…

Historias silenciadas (Matti Paalanen, 2015)

El relato de Vanessa, Elizabeth y Zulma es una estampa, estampido insonoro, del rugido sordo que hay de madrugada en las calles. Hace apenas unos días se reivindicaba el Día Internacional por el acceso al Aborto Legal, donde las identidades de millones de mujeres quedan expuestas mientras sus vientres se hinchan.

Un presidente, una polémica histórica, una piscina, tres mujeres, dos mitos y tres autores, son supuestos tan ajenos entre sí sin una correlación aparente que solo los motiva el deseo común de suceder.

A qué estamos sujetos. Al inconsciente, a las ataduras impuestas, a la servidumbre…

Al

         crujido

                                 del

                                                  labio

                      amoratado…

A un adagio

A un adiós que volverá a resonar para repetir siempre adiós.

Dejar una respuesta