Narrativa y teatro, Palabra

Vuelve El Brujo con «El alma de Valle-Inclán»

El Brujo - El alma de Valle-Inclán

El Brujo volvió a los escenarios con un espectáculo escrito en el confinamiento. Foto: Mario Yanes

Confieso que era la primera vez que asistía a un espectáculo de Rafael Álvarez, conocido como El Brujo. Muchas eran sus referencias: mi profesor de Lengua siempre que podía se escapaba a Madrid para ver algunas de sus funciones, de las que extensamente me daba parte, y fue el artífice de que pudiese ver, en el Teatro Alcázar, «El alma de Valle-Inclán», su creación más reciente.

Con una puesta en escena sencilla (apenas seis sillas, unas bombillas de colores y un proyector), acompañado por su amigo y músico Javier Alejano, El Brujo aparece en escena, revolucionado y sintiendo el teatro, completo en su aforo reducido, hace una confesión: padece simonsitis. Aguda, además.

La «simonsitis»

No se preocupen, la simonsitis no es grave. Sus síntomas están relacionados con Fernando Simón, el portavoz del Ministerio de Sanidad para informar de la COVID-19. El Brujo confiesa que los fines de semana, cuando no hay rueda de prensa, sueña con él; el médico le recomienda ver las de días anteriores, repetidas. Pero seguro que más de uno se sentirá identificado con este cuadro, ¿no?

Y con esta ficticia (o no) confesión, aprovecha para explicar el porqué de la obra. Ramón del Valle-Inclán fue su refugio personal durante el confinamiento. Se esmeró a fondo en sus lecturas, conoció la figura y estudió a quien había estudiado al escritor. Como el hispanista Robert Lima, que afirmaba que Valle-Inclán en realidad eran tres: el hombre, el artista y la máscara. «Como para hacerle un ERTE, con los tiempos que corren», apostilló El Brujo. Y así nació «El alma de Valle-Inclán».

Un espectáculo que se gesta de forma pública y compartida

El espectáculo se fue gestando, en realidad, públicamente. En su encierro en su casa, junto a su familia, Rafael Álvarez se dedicó a grabarse vídeos para YouTube, en los que compartía su estudio, sus propias representaciones y las lecturas que hacía de la obra de Valle-Inclán. Ese proceso, abierto y público, en un momento trascendental, dejó claro el papel de la cultura como proceso compartido, que genera comunidad y conocimiento entre todos, artistas y espectadores. Y, por supuesto, fue su mejor campaña de publicidad.

Lo que hace el dramaturgo y actor es trepidante: el eje sobre el que gira la función son las acotaciones de Divinas palabras. Nadie ha sabido llevarlas a escena como las pensó e ideó Valle-Inclán, quizás por la dificultad logística que pudiese entrañar o por no comprender la esencia de lo que quería plasmar el dramaturgo gallego. Pero a partir de ellas, El Brujo recorre la figura de Valle-Inclán, apoyado en una representación atrevida y con una clara impronta personal de trozos de las escenas. La música de Javier Alejano da el toque final.

La impronta personal de El Brujo estuvo presente durante todo el espectáculo

El Brujo está convencido, y así lo dijo en una entrevista previa en El Cultural, de que con las versiones atrevidas se capta mejor la esencia (el alma) de la obra, mucho más que con la representación literal de la misma. Eso fue lo que consiguió transmitir a un público entregado, absorto en las representaciones esperpénticas de Mari-Gaila, la mujer del sacristán; de Lucero o compadre Miau, el don Juan de Valle-Inclán; o del propio sacristán, Pedro Gailo.

La magia del espectáculo residía en la mano de El Brujo, que como un timón dirigía la función hacia mares calmados, concentrados en la representación de las acotaciones; pero también, a la vez, era capaz de flirtear con las olas para dar el toque de humor, la gracia, y su firma personal. Esta suma desplegaba una función única, desde luego esperpéntica, y cuya travesía, de prácticamente una hora y tres cuartos, pasó volando para unos espectadores que nos sentimos más tripulación que invitados.

Los agradecimientos fueron recíprocos, pues Rafael Álvarez quiso agradecer que el teatro estuviese lleno (en lo permitido por las restricciones vigentes y cumpliendo con todas las medidas de seguridad), después de lo que habíamos pasado y seguimos pasando. Nuestros aplausos, en realidad, no eran solo por la obra, que desde luego eran más que merecidos; sino a la valentía de El Brujo por seguir apostando por el teatro y, sobre todo, por atreverse y explorar nuevas formas de generar cultura y reinventarse, de la forma en la que lo hizo durante el confinamiento, para una nueva normalidad.

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