Palabra

La tierra mía

La playa de Almáciga y su magia en un día de panza de burro. Foto: Elena Torrent Paz.

—¿A dónde vuela?

—A La Palma, a las 8. Hice el check-in online, es solo añadir la maleta.

—Vale, ¿viaja sola?

—Sí.

Me dirijo a la puerta donde un cartel altísimo parece gritar en amarillo sobre fondo negro: LA PALMA. Avanzo por este frío aeropuerto a ratos cabizbaja, a ratos entretenida observando a las gentes que posiblemente vuelen conmigo. Me invade una extraña sensación de soledad que me acompaña todo el verano: no es una soledad triste, ni tampoco deseada, es solo soledad. Cruzo dos palabras con una chica y me incorporo a la cola para embarcar. Cuando se acerca mi turno, dice la megafonía: «Señoras y señores pasajeros en breves momentos comenzará el embarque del vuelo 134 con destino a Gran Canaria». Ahora la soledad se hizo más amplia, para que quepan todos los kilómetros de mar que me separan siempre de mi tierra.

Esté donde esté, siempre me falta un cachito de patria porque, aunque suene a villancico cutre, mi tierra canaria está rota en siete. Seamos sinceras, es real la unidad sentimental de esta tierra, pero parece que la tenemos que construir con todo en contra: y con «todo» me refiero al terreno en sí, pero, sobre todo, al expolio al que se ha sometido a estas Islas y que ha derivado en que sea más barato llegar a La Palma desde Alemania que desde Tenerife. Es difícil ahuyentar la soledad cuando visitar a los de casa se vuelve casi una cuestión de clase.

Fragmentos de la vida en el norte de la isla de La Palma. Foto: Elena Torrent Paz

Volar conecta

Me subo al avión, busco mi asiento e, hidrogel mediante, me acomodo. Que los seres humanos hayamos encontrado la manera de poder volar es realmente impresionante. Los aviones están muy normalizados en nuestro moderno y pandémico 2020, pero son bichos aéreos capaces de unir lo que la naturaleza separó. Me gusta decir que soy isleña. También me gusta serlo. Nací y crecí en una isla. En realidad, en varias —ya lo dije—, una abuela a cada lado del mar, en cada muelle, un hogar y por los riscos de cuatro de las Islas desfilan a pique todos mis miedos, mis anhelos y mi incertidumbre.  Donde rompen las olas, se destrozan las tristezas para recomponer las miradas de quienes contemplamos el horizonte en busca de redención.

Las Islas son un espacio recóndito, macaronésico y cerquita de África, en el que la vida transcurre con la densidad de la panza de burro y la sangre de nuestros ancestros corriendo por las profundidades de esta tierra volcánica. No me gustaría caer en el viejo cuento colonial de lo paradisiaco: Canarias es una tierra rica y empobrecida, con unas gentes que albergamos en nuestra idiosincrasia pasado borrado y, también, el precario presente.

En Los Gigantes, el mar y la roca chocan, y violentamente crean un paisaje único. Foto: Elena Torrent Paz
Las ventanas de las casas canarias nos permiten asomarnos e imaginar la diversidad de las vidas con las que coexistimos. Foto: Elena Torrent Paz

Confluencia de ADN

El avión arranca y yo me reclino en el asiento. Canarias es un espacio en el planeta —uno de tantos— con su historia silenciada. Somos porque fueron quienes dieron su vida antes que entregar la tierra a quienes con violencia la saquearon. La vida, tal y como está planteada aquí, no se sostiene y pasa a convertirse en supervivencia. Se empeñan en construirnos una identidad en base al timple, las papas arrugadas y el mojo, cuando lo que realmente vertebra nuestro ADN como pueblo es precariedad, lucha y solidaridad. Mi padre ayer me definió la identidad de nuestro pueblo con unos versos, ni siquiera suyos, que me desarmaron por su verdad:

—Papi, ¿cuál es nuestra tierra?

—«Soy América y Europa, mi raíz es bereber […]»

Las esquinas, en Garachico y en La Laguna, nos recuerdan que en las intersecciones ocurre la vida.
Foto: Elena Torrent Paz

Siento que no tenemos voz, ni oportunidades y que vivimos relegados a ser el paraíso de otros. Me empieza a entrar un sopor agradable y blanquecino como nuestro cielo de verano. Me dejo llevar y aprieto un libro que saqué de la maleta creyendo ilusa vencer al sueño. Panza de burro de Andrea Abreu es un rayito de sol que atraviesa con un crujido el espeso manto de nubes. Tal vez, la voz —y el grito y el llanto— de una generación —la mía, la nuestra, Andrea— ha empezado a ver la luz y a ser consciente de la fuerza de su habla y su identidad en las páginas de esta pancita. Me dejo dormir y sueño con construir un mundo nuevo que, aunque suene inabarcable, ya se por dónde empezar: por mi tierra canaria.

«Señoras y señores pasajeros, bienvenidos al aeropuerto de La Palma. A partir de este momento pueden hacer uso de sus teléfonos móviles».

En Tenerife, no solo son bonitos el Teide y la Montaña Roja, sino también es precioso todo lo que sucede alrededor de ellas. Foto: Elena Torrent Paz

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