Música, Palabra, Pensamiento

Valiente y rebelde, o sobre la definición del amor

Los sentimientos riegan el alma de los valientes y, justo donde todo parece un desastre, crecen las flores. Ilustración: Cristina Mahelo.

Es agosto y estoy en una ciudad que no es la mía. Es sábado y estoy sola, como todos los sábados desde hace unos meses: así que me invito a una cita. Escojo una cafetería cutre, en un centro comercial cutre, al lado de un cine todavía más cutre. Pido un barraquito que no encaja en el paisaje: de aspecto mimado y elegante, alberga en su vapor los saberes y el amor de los barrios, como este, que no aparecerán nunca en los libros de historia.

Papas fritas para compartir

Miro a mi alrededor. A la derecha, transeúntes, coches y asfalto; a la izquierda, un chico y una chica comparten un plato de papas fritas. Las pupilas de ella siguen con atención todos los movimientos de las manos del chico. Enseguida sonrío y se me ensancha el alma porque noto que ella contiene la respiración cuando él se ríe y se arruga. Él le hace una pregunta, ella coge aire y parpadea muy despacio: creo que es una cuestión compleja. Chulesca, alza la barbilla y, en un gesto de honradez inesperada, sonríe. Creo que en su respuesta habita Lola Flores: «si alguien me pregunta / por lo que amo / les respondo que amo / vivir la vida».

Lo veo mirarla con intención, y también con calma. Todas sus pestañas se yerguen y parecen exclamar decididas «voy a mirarte». El chico tiene los ojos de un color turbio: baila entre el atardecer de un día lluvioso de octubre y el azul de los mares sobre arenas negras. Se ríen en armonía y, aunque no puedo oír el chiste, yo también me río. Ella apoya la barbilla en su mano mientras él gira la cabeza hacia su derecha, abstraído: creo que sus ojos pueden atravesar los barrancos de cemento y miseria que discurren isla abajo, hasta clavarse en el punto exacto del horizonte en el que la vida no solo parece bella, sino que lo es.

En contra de lo establecido

Brigitte Vasallo, mujer referente donde las haya, dijo que el amor y los afectos que genera nos acompañan y nos sanan en la soledad del excesivo individualismo capitalista. Escribió en su libro Pensamiento monógamo, terror poliamoroso que el patriarcado y el capital se sirven del sistema monógamo, y de las violencias que engendra, para perpetuarse: «la fidelidad es un concepto imprescindible para una sociedad que se cree formada por individuos solos y, obviamente, aterrorizados ante esa soledad». En un mundo en el que todo se rige por la lógica del mercado, la competitividad, la mentalidad jerárquica y el «tanto gustas, tanto vales» constituyen rígidos esquemas de pensamiento y creemos que solo podemos enfrentarlos con contratos de perdurabilidad violenta y eterna.

Vasallo señala que, en realidad, la soledad a la que nos creemos abocadas es una ficción: «para pensar que no podemos vivir solas debemos creer que «estar solas» existe, que es posible estar sola más allá de creerse sola». Los vínculos que establecemos se organizan jerárquicamente, siendo la pareja el afecto supremo y todos los demás, sucedáneos sin la suficiente importancia: «hablamos de estar sola al no estar “en pareja”, lo cual remite a la jerarquía monógama según la cual la pareja es el vínculo superior que articula todas las demás relaciones».

Amar la rebeldía de un mundo mejor

Mis ansias de rebeldía, de que todo arda para construir algo mejor, me empujan hacia adelante. Amo a corazón abierto a mis seres únicos y siento la plenitud —ficticia y pretenciosa— de creer que estoy mejorando algo, que soy una heroína. A cada paso que doy, escucho a David Bowie y dejo que me guíe: «we can be heroes / just for one day». Con frecuencia pienso en la niña seria e insegura que habita, todavía, en mi cabeza: siempre quiso que cuando hablaran de ella la definieran como «rebelde y valiente». Espero que quien hoy firma este escrito le esté haciendo justicia.

Tengo muy presente a Aristóteles en su Ética a Nicómaco. Yo también creo que la amistad es un vínculo revolucionario, no concibo la idea de vivir sin amigos: «la amistad es, no solo necesaria, sino también hermosa». Al final del día, me acurruco, pienso en el sabor de la soledad y las palabras de Joe Cocker responden: «I tell ya I don’t get sad no more / gonna get by with my friends (Ah, with a little help from my friends)».

Las respuestas que no encontramos

Vuelvo a mi café y me regodeo de placer en el excesivo dulzor de la leche condensada. Levanto la cabeza y, altanera, ahora soy yo la que mira penetrante como si pudiera, en realidad, ver algo. Me gusta hablar del amor —¿qué es?—, reflexionarlo y debatirlo —¿cómo amamos y por qué?—. Teorizo sobre el amor con la misma lejanía con la que describo el posible tacto del suelo lunar. Soy hija del Metamor de Suso Sudón «basta ya hablar del amor / no hay fórmula / basta ya de teorizar, amor / y vamos a emanarnos el amor / hasta que se nos olviden las maneras».

Muchos manuales, miles de ensayos, millones de curas para el desamor, pero nadie me dice dónde encajar los vínculos que, sin saber cómo concretarlos, llegan y reinician nuestros latidos. ¿Llegará ese momento en el que sepamos contestar qué diferencia los amores de los amigos?

Regreso de mi reflexión y miro tímida a las dos que, sin desearlo ni conocerlo, están consolando mi soledad y edulcorando, aún más, mi café. La chica se muestra distante y altiva por momentos; cuando baja la guardia sus hombros se relajan, sus mejillas se encienden y sus pupilas se dilatan, dándole a su iris el brillo amarillento de las playas de otra tierra. Sus cejas, despeinadas, se arquean de forma casi imperceptible para su interlocutor, ampliando el hueco entre estas y la línea de sus pestañas. Cree que así, sobre sus párpados, cabría toda la admiración que denota profesarle.

Bellezas reversibles

Cierro momentáneamente los ojos y, en la oscuridad bajo mi piel, se materializa el recuerdo de tu perfil bajo la luz de una madrugada al abrigo de la tierra que te dio a luz. Resuena contra mi esternón La Belleza de Luis Eduardo Aute: «reivindico el espejismo / de intentar ser uno mismo / ese viaje hacia la nada / que consiste en la certeza / de encontrar en tu mirada / la belleza».

Visualizo tus facciones: la desenvoltura de tu pelo ondeando en orden sobre ti, tus mejillas que se tensan cuando coges aire para enunciar lo que acelera tu pulso. El vigor de tus manos, minúsculas, que parecen soportar el peso de una humanidad herida de muerte por una extracción, a corazón abierto, de toda su sensibilidad. Thomas Mann dijo: «¿No estaba escrito que el Sol desvía nuestra atención de las cosas del intelecto para dirigirla hacia las de los sentidos?».

En tu presencia, real o virtual, me siento «presa de admirativo asombro». De una bofetada, la esencia común de lo que somos me recuerda que la belleza —reversible— reside también en la azarosa combinación de moléculas que componen la fisiología de un parpadeo que, con la observadora precisa, se vuelve el más descarnado relato de la vida. Silvio Rodríguez plasmó la reacción a la belleza, a veces igual de indescriptible que esta: «las galaxias revelan su comarca escondida / y en la Tierra parece que comienza la vida».

Dejarse la piel

Tengo la certeza de compartir cafés con alguien, tú, de quien aprendo en cada silencio y que, como con esa literatura que te deja el espíritu crepitando al son de las brasas de una hoguera de invierno, vuelvo a mi rutina siendo un poco más yo. Borges resumió la intersección entre literatura, belleza y amor: «lo importante es revelar belleza y solo se puede revelar belleza que uno ha sentido».

De un sorbo termino el café y tarareo mentalmente el legado de dos de las mujeres más grandes de la historia reciente. Rocío Jurado y Lola Flores cantaron lo que veo cuando, frente al espejo, me miro con ternura: «hemos amado / dejándonos el alma en un suspiro / hemos luchado / dejándonos la piel en el camino». Tal vez, la única respuesta realmente próxima a la verdad más pura reside en ese «dejarse la piel» amando y, por tanto, viviendo.

Sigo sin saber cómo amar en rebeldía, cuál es la línea que separa la amistad del amor (si es que acaso existe, tal vez sea de la misma naturaleza que la frontera que divide la literatura del periodismo). Lo único que hoy podría decirte, y decirme, desde la sinceridad más honda que yace en algún recodo de mi diafragma, es que cuando me visitas nunca quiero que te vayas. No se me ocurrió a mí, M-Clan lo cantó en 1999: «Quédate a dormir / que pasen 30 años / antes de mañana».

Sentir las incógnitas

Antes de irme, echo un vistazo a mis involuntarios acompañantes. Ella saca un libro de su bolso y se lo da abierto por una página concreta. Lo observa leer «en fin, escoger y recoger». La veo entrelazar sus manos, tensa, su mirada -antes deleitada- es ahora una profunda incógnita. Saca el móvil y le hace una foto leyendo: la vi sonreír fugazmente a la pantalla y también, airada, quitar rápidamente la mueca. Me gustaría levantarme y decirle que esté tranquila, que yo tampoco he encontrado respuestas, todavía. El espacio dentro de la frontera que separa los afectos es donde nacen esas flores, regias y firmes, que rompen el asfalto. Ese limbo, a veces, es precioso. Frunce el ceño y noto como su mente va encajando los engranajes que vertebran su sentir.

Suelta las manos e inclina la cabeza a la derecha: ahora sonríe con esa valentía única y característica de las que advertimos que el tesoro nos desenterró el coraje para dejarnos sentir. Hacen una broma y se levantan para irse. Tal vez al cine, tal vez a sus casas, tal vez a los brazos de otros amantes. Cruzo la mirada con ella y, en un afán de mostrarle complicidad, decido que el próximo texto que escriba contará la historia de los amores que, sin darse cuenta, fueron cambiando y salvando la historia de la humanidad.

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