Ciencias políticas, Pensamiento

Quiero mi estado de alarma autonómico, creo

Sánchez, en la última reunión telemática con los presidentes autonómicos en abril de 2020. Foto: EFE

Si hay algo de lo que nunca nos arrepentiremos, será de discutir. La palabra acalorada pone en la boca la posibilidad de soltar insultos, pero el control y la honradez en la lucha dialéctica imprime en los atacantes la búsqueda de un ser superior: un argumento. Volviendo a lo de siempre, a una senda conocida que se ha de volver a pisar, ¿qué **** le pasa a nuestra clase política? El debate que crispa ya no es solo la denominación socialcomunista y tampoco que la extrema derecha hieda en los escaños, sino la insultante escapatoria a la responsabilidad. La autonomía, sea dicho, se ha convertido en una maldición, y el estado de alarma pende amenazador.

El tipo de Estado escogido en España ha provocado desde la implantación de la del 78 un trazado democrático irregular, un tanto impertinente, que ha dejado claro dos principios: la labor jurídica del Tribunal Constitucional en la resolución de conflictos entre Estado y comunidades autónomas (CC.AA.), y la asunción de un control territorial equitativo y compensado. Actualmente, con la gestión de la covid-19 se establece una guerra fría singular ante los micrófonos.

Es como cuando esperas a que el chico que te gusta responda el mensaje enviado hace diez horas porque iban a quedar hoy mismo. Quieres que asuma su compromiso, pero no está pasando… ¿Pasará?

A mí nadie me viene a mandar

El 21 de junio acabó el estado de alarma que había confinado (quitando a algunos pijos sin mascarilla) a la población. Días antes se celebraba desde las autonomías la vuelta de la normalidad sin esa tutela que se miraba con recelo, donde Galicia fue la primera en culminar la desescalada. De repente, las palabras cautela y prudencia pasaron a ser oficiosas trabajadoras del léxico. Mientras, la rocambolesca gestión de Díaz Ayuso la silenció después de haber repartido pizza, posar al más puro estilo la Piedad y hacer volar aviones como cometas.  

Miguel Bosé todavía no se había subido a la moto del descoloque tuiteriano y creíamos que una nueva normalidad era posible con los valores sacados de los diez mandamientos de Moisés. No estábamos preparados para esto, ni para reactivar una economía dependiente del turismo que solo en Canarias es un 35% de su PIB.

La huida

Ahora, ante un repunte que da unos 470.973 diagnosticados confirmados por PCR (son cifras acumuladas e incluyen a personas curadas), la oposición exige una vuelta al control con un Pablo Casado desfogado. Cayetana poco tenía que hacer y Almeida, que parece el más beato de la congregación, sale intentando no tintinear a la palestra. ¿Qué imagen puede traducir la ciudadanía de una continua confrontación y una búsqueda del voto que no hace más que repetirse desde las fases del desconfinamiento? Muchos miran al oeste.

Por su parte, el gobierno de Pedro Sánchez sale del atolladero con la estrategia de brindar a las CC.AA. las competencias sanitarias y educativas, e insiste en que sean ellas quienes soliciten el estado de alarma si lo vieran necesario. Un gesto que acompaña al de la proposición de reforma judicial para trazar un plan de actuación casi que unilateral en cada una de ellas. ¿Una huida hacia adelante?

Es una factura política que muy pocos están dispuestos a asumir.

El escrutinio histórico

Los padres de la Ponencia constitucional fueron: José Pedro Pérez Llorca, Miguel Herrero de Miñón y Gabriel Cisneros de la UCD, Gregorio Peces-Barba del PSOE, Jordi Solé i Tura representando al PCE, Manuel Fraga Iribarne de AP y Miquel Roca Junyent de Pact. Catalán. El primer borrador de la Constitución tenía un cariz marcadamente federalista y la figura del Rey era testigo del proceso, no parte activa como establece la presentación del candidato.

Las heridas sin cerrar de la dictadura y las inquinas provocadas por la petición de mayores logros a territorios como Cataluña, País Vasco o Galicia harían que se reformulara su estructuración. Era muy pronto para lograr un sistema federal similar al esbozado por la II República.

Por ello, y dispuestos y obligados a entenderse, optaron por la organización del Estado autonómico. La descentralización de la nación era un hecho consumado, ya no habría despóticos ni Fernandos que antepusieran su voluntad a la del pueblo, ni señores bajos que envolvieran con una bandera el revólver mientras se colocaban las gafas en un tiro a ciegas.

Ataduras ligeras

Dentro del Título VIII de la Constitución se plasmaron los elementos generales que irían concretando el futuro: los Estatutos de Autonomía, las leyes generales del Estado y las resoluciones del TC como los péndulos del reloj. Recuerden si no el cabreo monumental de los catalanes cuando se les rechazó el Estatut de 2006.

Eliseo Aja arroja en su libro El Estado autonómico (1999) las múltiples dudas que asolan la ejecución de un posible ente federal, donde la relación entre la línea principal y los distintos componentes. Alemania, Estados Unidos o Canadá son ejemplos de sistemas donde cada componente posee una fuerte carga diferencial. Como bien explica, el artículo de la CE reconoce como sujetos de la autonomía a las «nacionalidades y regiones» que integran en España, pero no concreta cuáles son y hace referencia a ellas de manera institucional como CC.AA.

Esta juventud democrática aún no ha superado la idiosincrasia de quien se siente canario, catalán, andaluz, extremeño o vasco. Por lo que es difícil concretar lo abstracto en materia de derecho constitucional sin producir sarpullidos.

El galimatías de la reconstrucción

Nadie quiere ser el amante bandido del Gobierno. Y si ya con las mascarillas y las PCR hubo una batalla campal por quién recogería los últimos suministros, ¿no se ha de esperar lo mismo con la llegada de la vacuna? ¿Quién asumirá la compra, volverá a haber altercados entre los presidentes autonómicos y los ministerios?

La Constitución es la ley de leyes, la idea suprema de la norma española que se ha implantado en el imaginario colectivo como una especie de salvaguarda común. Así, con su estructura y escritura abierta, se ha ideado un Estado autonómico como un modelo indefinido y abierto, donde excepciones como la aplicación del 155 daban juego a la interpretación. Sin embargo, y aunque la agenda informativa apunte a dites y diretes, este sí es el momento para discutir qué responsabilidades pertenecen a cada organismo.

Cantabria acaba de aplicar una fase 2 en la localidad de Santoña, y el chico que me gusta me acaba de responder que en unas horas nos vemos. Siempre hay conflictos de intereses.

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