Llevamos dos años moviditos. Mi padre dice que nos ha tocado una juventud «un poco turbulenta» y tiene razón. El mundo que habitamos —o intentamos habitar– hacía aguas desde hace muchos años pero parecía seguir girando: entre 2020 y 2021, esas grietas del sistema se fueron haciendo más largas y profundas, tanto que todo parece amenazar constantemente con resquebrajarse. Las noticias de este año, que ahora dejamos atrás, sonaban apocalípticas día sí día también: desgracia tras desgracia, y muchas de ellas evitables. Ahora se acerca el final del año, aunque para muchos sea un día más porque el tiempo —efectivamente— es una construcción nuestra, y es el momento de hacer borrón y de plantearnos el año nuevo como otra oportunidad. Supongo que plantearnos la existencia humana en períodos de 365 vueltas del planeta sobre sí mismo es más llevadero que pensar en los días como una serie sin principio ni final a la vista.

Una estructura social soportable

El día de la Lotería de Navidad me parece un timo. Un triste e improbable consuelo para las pobres. Cada 22 de diciembre el Estado parece decirnos «tranquilos, si nos dan el suficiente dinero y la suficiente legitimidad —disfrazada de ilusión— aumentan las probabilidades de que tú también puedas ser un vulgar y privilegiado burgués». Pero eso no pasa. O al menos no siempre. El sorteo de la Lotería de Navidad funciona también como un pegamento social: el día en el que se adormecen las pasiones políticas y los clamores por una vida mejor quedan sepultados bajo el retintín de los niños de San Ildefonso y sus mil euros. Desde Canarias, sentimos que de repente algo nos une a esa península: «los españolitos, enormes, bajitos, hacemos por una vez, algo a la vez» que decía Ana Torroja. Este año el premio gordo cayó en Gran Canaria, en Jinámar para ser exactos. 

Puestas a ser tradicionales y a tener ilusión, ilusionémonos con cosas grandes e importantes. En lo que llevamos de pandemia hemos visto muchas cosas que antes solo señalaban las más radicales. Una de estas cuestiones es el trabajo. No puede ser que dediquemos más horas a trabajar que a vivir y que encima el sueldo no permita pagar el alquiler. Escucho a mis amigos fantasear con lo «no tan feo» del confinamiento: de repente tuvimos tiempo para nosotras, para nuestros hobbies, para leer y para aprender a cocinar. La vida debe ser, y es, disfrutable y amable, no una lucha interminable contra nuestras ganas de descansar. Vivir no es ir 8 horas, como mínimo, a un trabajo que odiamos, que nos aliena y nos convierte en máquinas de producción. Vivir no es un acto supeditado a la cantidad de dinero que nos pagan. La vida no se gana, ni se dignifica con un trabajo de mierda. 

Más recursos para la sanidad pública

En un mundo de trabajos precarios, si es que hay trabajo, los bienes y los recursos que la propia sociedad genera deberían estar al alcance y al servicio de todas. Si el dinero no da para pagar alquileres, tampoco da para pagar la luz, el agua, el transporte o la cultura. El trabajo escasea, y cuando hay, no suele estar bien pagado. La cantidad de ceros que tienes en la cuenta del banco no puede determinar lo soportable que sea tu existencia. El ocio es fundamental —como también lo es el agua y la luz— y no tiene sentido que todas las propuestas de ocio requieran pagar por ellas. Si no tienes coche, salir a simplemente pasear se dificulta por empresas de transporte público caras e ineficaces. En las ciudades, y más aún en los pueblos, si llueve o hace frío el ocio es o consumir o consumir. No hay espacios al aire libre y techados en los que simplemente sentarnos. Para 2022, que el ocio no sea solo para quien tengan billetes en la cartera. 

Reivindicar nuestras existencias y nuestros derechos es fundamental en el camino de la emancipación. Si solo el trabajo nos garantiza la supervivencia, o eso nos han hecho creer, y este trabajo no nos reporta suficiente dinero para hacer más cosas que pagar el alquiler: no hay lugar, ni físico ni mental, para plantearnos y organizar nuestra politización. La precarización es una herramienta para mantenernos adormecidas. 

Salud, física y mental

La salud, la gran cuestión de estos dos años. Un virus nuevo nos puso contra las cuerdas de nuestra vulnerabilidad: recordamos que somos mortales, frágiles y que estar vivas es algo excepcional. La gente muere a puñados a diario y no estamos haciendo nada para evitarlo. Hay muertes y enfermedades que no podemos evitar, pero los recursos con los que las sanitarias nos atienden si que los podemos prevenir. Hay personas con formación en el paro y personas que necesitan asistencia sanitaria apuntadas en listas de espera infernales. A lo largo de lo que llevamos de pandemia, más allá del coronavirus, mantener la salud a flote y en buen equilibrio se ha convertido en una carrera de obstáculos.

El toque de queda, el miedo, la imposibilidad de tocar o visitar a las personas que quieres. El terror a ser quien mande al hospital a tus abuelos. Todos esos han sido nuestros compañeros de batalla y de pesadillas durante estos años. A veces no me deja dormir el miedo a contagiar a alguno de los míos. La soledad es terrible si se junta con el miedo al contagio o a contagiar. Ahora vuelven restricciones, y a muchas nos dan ganas de llorar de pensar en el toque de queda. Mueren más personas a diario por suicidio que por Covid-19. Si no tenemos dinero, ni tiempo libre, ni los precios de los alquileres y la luz regulados, ¿cómo vamos a tener salud mental?

El sistema nos amarra y nos da oportunidades según el barrio en el que hayamos nacido. Rebelarnos contra esto no solo es urgente, sino que es una obligación moral. Ojalá que para 2022 logremos encontrar las herramientas para ser cada día más subversivas: ojalá lo quememos todo y construyamos un nuevo mundo, mejor, más habitable y en el que podamos ser felices todas. Tener luz y agua corriente todas. Tener casa, sanidad y ocio todas.

P.D.: Una recomendación de fin de año: La Asistenta (2021).

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Nunca pude elegir entre ciencias y letras: por eso hice las dos. Hubo un tiempo en el que creí cambiar Periodismo por Medicina. Ahora creo que sin las palabras no se cura. Me gusta caminar, leer en la calle y hablar de política. Danzad, danzad o estaréis perdidos.


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