Ciencias políticas, Pensamiento

Las condiciones estructurales del auge de la extrema derecha

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No todos los partidos de extrema derecha han tenido el mismo protagonismo en los diferentes países europeos. Foto: Atlántico XXI

La extrema derecha lleva ya varios años en el panorama político europeo, con diferentes niveles de apoyo y diversos componentes. En Francia, el Frente Nacional; en Alemania, AfD, en España, Vox. Durante su ascenso y consolidación en algunos territorios, se ha abierto el debate de las causas. ¿Por qué han tenido más o menos éxito? ¿Cómo han ampliado su base electoral a capas a las que antes nunca llegaban? ¿Cómo han salido de la élite de grandes fortunas temerosas de una redistribución de la riqueza? Preguntas que no solo han abarcado el campo académico, sino que también es recurrente en otros terrenos.

Muchos de los análisis se centran en lo individual, en lo concreto, y en muchas ocasiones los debates se zanjan acusando al votante de «ignorante». Pero la cuestión no está ahí. Nuestros votos están condicionados no solo por nuestros pensamientos e ideas, sino por cuestiones sistémicas que activan o propician determinados «huecos» por los que se cuelan las ideas xenófobas, racistas y antidemocráticas.

La excesiva burocratización del entramado político

No por ello, en este análisis, se quiere «exculpar» a quién apoya a partidos de extrema derecha, sino intentar comprender las múltiples causas (también sistémicas) que pueden aupar estas formaciones e ideas, pues solo desde la comprensión analítica también se pueden ofrecer las alternativas que reviertan las condiciones actuales.

Desde hace varios años, los entramados políticos son cada vez más complejos y las redes de gobernanza más amplias. Antes de todo esto, cada país tenía exclusivamente toda la soberanía sobre su territorio, salvando acuerdos puntuales con otros países. Ahora, organismos supranacionales, como la UE, la OTAN o la ONU, han recogido parte de esa soberanía que está cada vez más fragmentada. Es decir, para tomar una decisión sobre cualquier ámbito, hay que tener en cuenta las directivas europeas, su jurisprudencia, las competencias de cada país y las de sus territorios autonómicos, etc.; además de que los actores implicados son numerosos.

Esto tiene sus ventajas, por supuesto, como puede ser respuestas comunes a problemas comunes, cierta homogenización de actuación en países cercanos, libre circulación de personas… Pero también sus desventajas.  Una de ellas es que la excesiva burocratización y el entramado que supone, aquel que quería evitar el sociólogo alemán Max Weber, dificulta la comprensión por parte de una ciudadanía poco politizada o, al menos, acostumbrada a este tipo de procesos.

La precariedad laboral como signo de desigualdad

Los retos a los que se enfrentan los países son bien amplios (cambio climático, recesiones económicas, pandemias como la actual) y de compleja resolución. Por eso, en periodos en los que la precariedad laboral sigue aupando, es normal que se cree un sentimiento frente a las élites que se sitúan en esos entramados burocráticos, muchas veces opacos y complejos de entender. De ahí a que uno de los éxitos del auge de la extrema derecha sea captar los votos de aquellos que han salido perdiendo en estos procesos (como el de la UE) y que reclaman una simplificación. Esto se traduce en los sentimientos eurófobos, pero también en las peticiones de acabar con las comunidades autónomas en España, por ejemplo.

Por otra parte, como hemos venido nombrando, la situación económica ha sido muy dura en los últimos años. En la crisis de 2008, cuando estalló la burbuja, las diferencias entre clases se fueron acrecentando y, hasta el momento, la recuperación económica no ha venido aparejada de una desaparición de la precariedad laboral. Los índices de paro juvenil elevados, la emancipación de los jóvenes muy tardía, trabajos temporales, otros de economía sumergida y una concatenación de contratos basura que duran semanas. Por tanto, el panorama es difícil para una gran parte de la sociedad española: llegar a fin de mes no siempre es fácil y no existe la estabilidad. Esto nos retrotrae a Marx, en dos sentidos conectados entre sí: uno, el fundamental, en el que la economía (infraestructura) condiciona el resto de los aspectos sociales (superestructura); y otro, en el que la alienación está presente.

La alienación como eje fundamental de los individuos

Marx concebía la alienación del trabajador de su ser genérico en cómo el modelo de producción capitalista despojaba al individuo de su capacidad racional de pensar, de desarrollarse a sí mismo. Por tanto, en un contexto en el que muchos trabajos son de más horas de las pactadas (jornadas laborales de 12 horas, sin cotizar todas, lo que es aún peor para el trabajador), pocos días de descanso, inseguridad sobre si se llega a fin de mes o se renueva el contrato (o se hace otro, lo que conlleva perder antigüedad y servicios); es esperable que el individuo se encuentre exhausto y agotado, sin poder cambiar su situación y, sobre todo, sin poder centrarse en otros aspectos de su vida (salud, alimentación, política, etc.).

Por tanto, nos encontramos ante una alienación que despoja de toda su esencia a un trabajador que está agotado y con poco tiempo y ánimo para reflexionar profundamente sobre su situación, por lo que las condiciones estructurales son las que facilitan la penetración de ciertos discursos de extrema derecha en capas de la sociedad tradicionalmente de izquierdas.

El altruismo de Comte como alternativa

Hemos hablado, hasta el momento, de cómo las condiciones estructurales han favorecido, en sí mismas, la aparición y auge de partidos de extrema derecha y han llegado a clases y grupos a los que nunca había llegado. No obstante, siempre se ha mencionado el capitalismo y a sus condiciones, pero para poder analizar la situación actual, hace falta, también, entender el neoliberalismo.

El sociólogo francés Auguste Comte arremetió contra la concepción de la economía tradicional, por parecerle que fomentaba valores insolidarios y egoístas. Frente a eso, Comte creía en que la educación ayudaría a eliminar lo que llevaba a la explotación y la riqueza sería redistribuida equitativamente. Por eso, presentó su «altruismo», que para él era una actitud que no solo redundaba de forma beneficiosa para el resto, sino también para uno mismo. Lo que marcaría una sociedad conjunta, que teje lazos beneficiosos para todos sus miembros, y en el que todos ellos son capaces de gozar de bienestar sin perjudicar al de los demás.

No obstante, se puede afirmar que el neoliberalismo es quien estructura el conjunto de valores en el que se apoya la sociedad capitalista, aunque teniendo como paradoja que esos valores no son compartidos. No son compartidos, en tanto en cuanto que priorizan el individualismo y el bienestar propio, aunque eso signifique perjudicar al de los demás. Es decir, mientras el individuo tenga sus necesidades cubiertas (o muchas veces, casi cubiertas, lo que agrava la situación), puede no tener conciencia de clase y obviar a muchos vecinos, compañeros y compatriotas (o no) que están en su misma situación o peor.

Trump y el voto de las personas inmigrantes

A pesar de que, hasta el momento, hemos hablado de la extrema derecha en Europa, no es el único sitio donde tienen éxito todas o parte de sus ideas. Por ejemplo, al otro lado del Atlántico.

La falta de valores altruistas que mencionamos de Comte provocó lo que se ha popularizado políticamente como «la lucha del penúltimo contra el último». Muchas personas se llevaron las manos a la cabeza al ver el triunfo de Trump en Estados Unidos, y más todavía al ver el porcentaje de inmigrantes que lo votaron. ¿Cómo se explica eso?

Se explica en que el espíritu egoísta e individualista hace que miremos únicamente a nuestro bienestar. ¿Cómo se explica que un mejicano con derecho a voto en Estados Unidos votase a favor de un candidato que quiere levantar un muro para evitar que gente como él atraviese la frontera en búsqueda de una vida mejor? Se explica, por ejemplo, en que esa persona inmigrante, si logra entrar al país, competirá por abajo en los empleos y en las viviendas. Entonces, ese mejicano que votó a Trump quiere evitar, con su voto, que alguien le quite su trabajo o su vivienda precarios. Por tanto, Trump se erige como una respuesta fácil a unas condiciones estructurales deleznables para los trabajadores estadounidenses. Todo esto, alejado totalmente de ese altruismo que propuso Comte, en el que los beneficios redundaban de la misma forma en la vida del propio y en la ajena.

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