Hace un año estaba en los carnavales de Venecia. Era imposible hacerse una idea de todo lo que pasaría en apenas dos semanas. Un mes y medio después, ya en una España en la que la gente salía a aplaudir a los balcones a las ocho de la tarde como único aliciente, leí Muerte en Venecia, de Thomas Mann. Tenía la esperanza de poder desconectar de la triste realidad. Sin embargo, no fue posible. Más bien, ocurrió todo lo contrario.

La Venecia que describía Mann estaba a años luz de ser la ciudad idílica a la que todo ser humano ha soñado con ir; se había convertido en una ciudad enferma y moribunda, desolada por una epidemia. Además, esa pandemia se hacía eco del proceso enfermizo que estaba atravesando el protagonista. Aschenbach iba muriéndose lentamente, al mismo tiempo que la ciudad de los canales quedaba desolada. El parelelismo entre La muerte en Venecia y la situación por la que estaba atravesando el mundo era evidente.

La visión del arte de Thomas Mann

El alemán Thomas Mann (1875-1955) es uno de los grandes maestros de la novela intelectual europea del siglo XX. En sus obras profundiza sobre diversos problemas filosóficos, además de analizar la situación política, social y cultural de la época. Uno de los temas comunes a toda su producción literaria es: «La salvación del hombre como artista entraña la condenación del artista como hombre».

Los Diarios de Thomas Mann ponen en evidencia que el escritor sacrificó su vida por su concepción del arte; antepuso su «voluntad artística» a la «voluntad de la vida». Mann sentía atracción por un arte que era el camino hacia la decadencia, hacia el final de la burguesía. Sin embargo, su visión acerca del problema del artista frente a la vida varía a lo largo de su experiencia vital y de su producción literaria. Es necesario resaltar algunos aspectos biográficos: su cosmopolitismo; su antifascismo, una vez acabada la guerra; y el mestizaje cultural —su madre era brasileña y su mujer, judía—.

Aunque inicialmente perseguía «el arte por el arte», terminó apostando por un «arte por el conocimiento». En Los Buddenbrrok (1901), defendía que el arte debía salvarse de la vida para escapar de la decadencia. El protagonista de Tonio Kröger (1902) intenta que su voluntad a la vida y el amor por esta se impongan frente a la deshumanización del arte. A raíz de su exilio, su concepción del arte y su compromiso político se entrelazan; reflejo de ello son sus obras La montaña mágica y Doctor Fausto, donde el protagonista renuncia a su vida a cambio de la creatividad.

La psicología en Muerte en Venecia

Muerte en Venecia (1912) es considerada tanto una novela psicológica decimonónica como una novela-ensayo, influenciada por el decadentismo finisecular. Escrita dos años antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, plasma la crisis de Europa y de la burguesía después de la Belle Époque. La novela parte de una base autobiográfica: Thomas Mann y su mujer viajaron a Venecia. Allí conocieron a una familia de polacos y el autor quedó fascinado por el adolescente.

La novela trata sobre sobre el proceso psicológico de Gustav von Aschenbach, un escritor maduro que decide irse de vacaciones a Venecia. En el hotel en el que se hospeda, conoce a un joven polaco llamado Tadzio, de apenas 13 o 14 años. El protagonista queda impresionado por la belleza del adolescente—al que llega a comparar con una escultura griega— hasta tal punto de obsesionarse con él.  La obra se convierte en una reflexión abstracta, entrelazada de pensamiento estético y continuas referencias simbólicas y mitológicas sobre la incompatibilidad del arte con la vida.

Aschenach toma el camino contrario de Kröger. Esta vez, el protagonista es consciente de lo que supone la voluntad artística. Las continuas reticencias a las ideas platónicas sobre la belleza y el arte, sobre si estos son productos naturales o del trabajo y la razón, aparecen reflejadas en las citas explícitas del diálogo Fedro de Platón.

La importancia del elemento pasional

Según el propio Thomas Mann, el tema de La muerte en Venecia es la pasión como desequilibrio y degradación, una relación entre el culmen de la belleza y la inevitable presencia de la muerte, con la correlación entre el deseo y la virtud platónica. Reflexiona sobre lo racional y lo ordenado frente al placer, frente a los instintos; es el desenfreno de estos lo que lo precipita a la decadencia y, por tanto, a la muerte.

Las ideas principales están relacionadas con el proceso y la lucha interna del protagonista, que vive a lo largo de la novela un proceso psicológico, una crisis personal y de creatividad. Antes del viaje a Venecia, Aschenbach es la expresión del autodominio contra la anarquía del sentimiento. Es un cuerpo sereno atravesado de espadas y lanzas, es la figura de San Sebastián; siente las debilidades de la carne, pero su fidelidad al arte y su profesión priman sobre el resto. El protagonista ha tratado de conseguir una conciliación presidida por el arte y la conciencia moral, negando la relación mutua entre arte y vida.

Este equilibrio entre la conciencia moral y la disciplina vital se rompe cuando conoce a Tadzio. San Sebastián ya no puede mantener la calma. El protagonista vive una lucha de la pasión frente al autocontrol, está atrapado entre su estricta educación y los instintos reprimidos que asolan su imaginación. La fijación por la belleza se convierte en atracción, la atracción en deseo, el deseo en sublimación, y finalmente termina con la transformación y muerte del protagonista, como afirma el académico Rebolledo (2010).

Lo apolíneo y lo dionisiaco

El protagonista vive una lucha constante entre lo apolíneo —aunque Aschenbach ha razonado y ha contenido las pasiones, todo se tambalea cuando llega a Venecia y lo dionisiaco —la fuerza destructora que lo atrapa y que Nietzsche realza en El origen de la tragedia—. La vida del artista debe ser ascética y condenada a la propia infelicidad; si se deja llevar por lo dionisiaco, morirá. En palabras de Argullol: «Aschenbach se autodestruye, muere como conciencia y llega a vivir, in extremis, como instinto para que su autor, Thomas Mann pueda buscar refugio, de nuevo, en el orden».

Venecia se convierte en cómplice de la degradación del artista. Una epidemia acecha a la ciudad y esta va despoblándose, a la vez que el propio autor muere solo en la playa. Ambos se quitan las máscaras y muestran sus debilidades. La época feliz, la belle époque llega a su fin. Por un lado, Occidente va decayendo a principios del siglo XX, dejando entrever los valores de una Europa que comienza a desintegrarse ante la llegada de una guerra; por otro, la sociedad culta se va hundiendo, dejando atrás la herencia del mundo clásico.

La belleza de Tadzio es perfecta y divina, como si fuese de otro mundo; bajo la mirada de su admirador es un dios efebo griego. El joven es Belleza, en mayúsculas. Aschenbach queda abstraído por esa belleza ideal, una belleza griega de ribetes mitológicos, pues el joven también es Narciso. Es esa contemplación de lo bello lo que aniquila al protagonista, quien no puede controlar el deseo que lo conduce a la muerte. El arte y la destrucción se han aliado para destruir al que ha vivido toda su vida llevando por bandera la disciplina y la autocontención, el que se ha desviado de su camino buscando la belleza y la perfección. El daimon lo acaba poseyendo y Thomas Mann concluye su novela con el lema platónico de la necesidad del desequilibrio y la enfermedad del artista.

Vivir la vida: la mayor dificultad de todas

La muerte en Venecia, de Thomas Mann, es la historia de un hombre que llega a su destino fatal. Cuando muere, se enfrenta a la verdad, a su verdad. Ha vivido alejado de la sinceridad moral y, conforme se va a acercando a la muerte, su existencia se va desmoronando. A Thomas Mann le ocurría lo mismo que a sus personajes: estaba atrapado en la mayor dificultad de todas, en la de vivir la vida. El personaje que siempre ha encarnado el orden y la razón siente la tentación del abismo. Atender a los instintos es lo que nos hace humanos y cuando aparece lo dionisiaco, atrás queda la luz. Lo que Nietzsche afirmaba, también encuentra cabida en Mann: «Hay que morir para la vida para vivir para el arte».

A raíz de un hecho inesperado, el protagonista vive un proceso existencial profundo que crea en él nuevas sensaciones, hasta entonces, desconocidas. La lucha entre el sentido artístico y de la belleza de un artista guiado por lo apolíneo viene a resignificar el sentido que siempre había cobrado su vida.

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Creo que no es casualidad que haya nacido y crecido en una ciudad que se llama igual que uno de los grandes poetas de la historia: Lorca. Lorqui(a)na de corazón y estudiando Periodismo y Humanidades en Madrid, siempre me ha interesado todo lo relacionado con el mundo de las letras, en especial, el arte y la literatura.


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