Sumido en un profundo pesimismo, quiero, tengo el anhelo —adolezco del deseo, si puede decirse— de lo totalmente otro. De lo intercambiable, del contrario, lo agonístico. Quiero esto, lo otro y esotro. La alteridad misma, lo que no sea ni soy. Quiero de la lluvia el destello dorado, y de la idea la acción. Deseo del lienzo estrellado la ausencia, la nube, la vacuidad de la nube, lo que al tocarlo no se pueda tocar.

Quiero estar hecho de una red chiquitita, casi invisible, y filtrar y que me atraviesen todas las cosas… las cosas que fui cuando aún no éramos… las cosas de dos desconocidos… dos desconocidos que fuimos fruto del azar y la materia… las cosas cuando tú y yo no sabíamos del mundo ni de la promesa de la evolución, solo de amor y orquídeas, de amor y balcones, de amor y galáureas, de amor y… De ti quiero también siempre lo contrario, lo que me quitas, lo que te niegas.

Y quiero, finalmente, hallarme en medio de las cosas, es decir, de la ausencia. Encontrarme a solas en la orilla fulgurante del tiempo, en la otra orilla, y alongarme como se alongaron las tardes de aquel verano del dos-mil-no-sé-qué. Prometo hacer barricada de lo que descubra en mi regreso a la nada.

Conversando con el otro

—De ti solo es real tu querer.

—¿Y eso por qué? —replico, altanero.

—Porque querer es llenar el vacío de un deseo.

—Y yo estoy hueco por dentro.

—Así es.

—De mí es verdad la mentira. Lo que no está. Lo que está por ausencia. Lo que me admito es espejo y lo que omito, reflejo. Soy el otro. Lo otro. El sentido de la vida es la querencia. Pero no por mor de la razón, sino por aféresis, por deformación y desgaste. La habitación se llena de pájaros. Suenan tambores a lo lejos.

—La vida en sí misma es un síntoma patológico de la existencia.

—Quiero habitar el mundo al lado del mundo, Schopenhauer.

—Eso es de Nietzsche, atontao —me responde sin compasión.

Lo otro como extensión de lo propio

Creo que fue Pascal (o Boileau) quien escribió eso de que el corazón tiene razones que la razón no entiende. ¿O sucedía al contrario? Si existiera un arte de amar (más categórica y sosegante que la de Ovidio y la de Fromm), no la entenderíamos a menos que fuera expresada mediante este tipo de aforismos. El fenómeno es extraño, pero sucede más o menos así: los mortales somos capaces de entender lo que se esconde del horizonte, pero se nos resiste todo aquello que resalta a la vista. Esa es, salvando las vicisitudes de los grandes rasgos, la tesis cartesiana.

Platón le reprochaba a los sofistas su afán imitativo. Para él, solo la abstracción podía iluminar el mundo, sacarnos de la caverna. Aristóteles, sin embargo, vio en la mímesis una explicación natural de la vida y del ser humano mismo. Es decir, lo otro somos nosotros. Los otros también soy yo. Los que se ahogan en el mar, los que lo han perdido todo, los que se avienen en la falsa creencia de que el mundo es de uno solo, los machistas y los doctores, los penitentes, los policías, las niñas de ojos azules, el cuerpo hambriento del depredador, la pareja que hace el amor bajo la luz del candelero. Soy Rebeca y Ulises, Antoine Doinel y Rachel Green, soy Pascual Duarte, Aureliano Buendía, Sirius Black, Caperucita, Gregorio Samsa, Anna Karenina. La ilusión abre puertas al abismo.

Como si no nos bastara con nuestras propias miserias, requerimos la verdad de las mentiras para sobrevivirnos. «El instinto vital necesita de la ficción para reafirmarse», escribe Baroja. «La poesía anula el problema de la existencia humana», atestigua Zambrano. Mientras, Sartre (Verdad y existencia, 1948) defiende:

«Amar lo verdadero significa gozar el Ser […]; es querer ser deslizamiento de luz en la superficie de la densidad de ser absoluta; afirmar es, pues, por la anticipación inventada y verificable, así como por el retorno verificador al ser, asumir el mundo como si lo hubiéramos creado, tomar partido por él, tomar el partido del Ser (el partido de las cosas), hacernos responsables del mundo como si fuera nuestra creación. Y, en efecto, lo sacamos de la noche del Ser para darle una nueva dimensión de Ser. Querer la verdad (Quiero que me digas la verdad) es preferir el Ser a todo, incluso bajo una forma catastrófica, simplemente porque es. Pero al mismo tiempo es dejarlo-ser-tal-cual-es, como dice Heidegger».

Giro literario: el relato del otro

El otro es en quien nos convertimos en presencia de los otros, como Borges que creyó escribirse a expensas de otro Borges. O como Saramago, que también se regodeó en la sombra de otro hombre. El amor entre iguales es también amor entre distintos. No se preocupen si no están familiarizados con estos metatextos. Basta con haber leído, alguna vez, a Cortázar. Y si no es así, para empezar hay de sobra con esto:

Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten y, así progresivamente, van volviendo a ser lo que no son.

Amor 77 (J. C.)

Somos todos seres cervantinos por lo quijotesco: vemos enemigos donde solo hay molinos, tomamos por el nombre divino de Dulcinea a un amor enteramente prosaico, desangramos enemigos que saben a nuestro vinagre, nos descubrimos caballeros cuando solo somos descabellados. Y aun así, soñadores, tenemos más derecho sobre el mundo que los que no profesan ningún tipo de fe. Solo nos damos cuenta de ello cuando nos damos cuento a través del otro.

«Je est autre», escribió el poeta Arthur Rimbaud. Yo es otro, yo soy otro, lo otro, el otro. No pensamos, nos piensan. Como un eco. Cabalgo a la espalda de esa incertidumbre. Como un cosquilleo, como un rumor. Continúo viaje, paso pequeño, los relojes dormitan al otro lado de la pared. Mi memoria es ajena a los sentidos. Mi espíritu, una sombra foránea aferrada a mi cuerpo. Soy, en suma, un extranjero de sí mismo.

El yo y la inconstancia del otro

¿A quién le debo lo que soy?

Todo, por propia fuerza del contrario, comienza a estar al ɹǝʌés.

(Como este periodismo, que se me escurre de los dedos; si alguien me lee: por favor, envíame una señal, que quiero ser tú y no estar a este lado soledoso; creo que no encuentro el camino para llegar hasta mí y estoy demasiado cansado para regresarme).

Y esta verborrea para descubrir, insisto, algo tan evidente como que lo otro siempre nos habló acerca de nosotros mismos. Esa revelación es la que, en última instancia, matará a Dios. Necesitamos la ficción para agrandar la vida. El mythos vence a la episteme. Es el triunfo del loco, del artífice, del contador de fábulas, de las criaturas ágrafas, del Ser. El arte como alivio primitivo de la existencia. Qué tesis tan tonta para sostener desde este, mi pequeño rincón.

A Alexis, por nacerme en un mundo donde no me conocía nadie.

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El periodismo me queda de paso. Escribo. Arte, misantropía y revolución. Excelsior.


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