Música

Apuntes de un confinamiento a ritmo de ‘René’

Confinamiento

Acechados por la incertidumbre, el confinamiento y la precariedad, el coronavirus nos ha obligado a una reflexión. Foto: YouTube

«René, ven, vamo’ a estudiar / ¿Sí? Te voy a hacer una pregunta, tú me la contesta’». Así suenan los primeros compases de la última canción de Residente, unos versos autobiográficos que anunció por sorpresa hace un mes y cuyos siete minutos son desgarradores. Una voz femenina que representa a la madre del portorriqueño cuando este era pequeño y había que estudiar. Una frase que se ha repetido muchísimas veces en muchas familias, pero que ahora con el confinamiento obligado por la pandemia del coronavirus resuena aún más: hijos en casa, sin ir al colegio; padres y madres también, ya sea porque pueden teletrabajar o porque no tienen trabajo.

La figura maternal, como siempre, es la más afectada por la precarización y las dinámicas actuales: la que renuncia a su carrera laboral («Dejó de actuar pa’ cuidarnos a los cuatro») y tiene que aceptar contratos basura para sacar adelante a la familia («La cuenta de ahorro vacía / pero mami bailando flamenco nos arreglaba el día»). Ahora, con la cuarentena decretada por el Gobierno, se intensifican las situaciones que afectan a las unidades familiares: los padres y madres ejercen como tales, pero también como profesores o entrenadores. Todo ello, sumado a, los que lo tienen, los quehaceres cotidianos de sus trabajos (muchos, con más de lo normal).

Acecha la incertidumbre

A esta circunstancia, se le suma (al menos) otra más: la incertidumbre. No tenemos certezas de nada, ni de cuándo va a acabar esta situación; qué será de mi trabajo, de mi ERTE; de las facturas que tendré que seguir pagando; de las carencias que sufrirá mi hija por no poder ir al colegio; del estrés de mi hijo por no saber qué pasa con la selectividad; de si voy a poder pagar la universidad…

Miles de incógnitas que se presentan y que atacan transversalmente a la mayoría de las personas de este país, jóvenes y mayores. Una incógnita que siempre se ha resuelto a favor de los mismos, de las grandes fortunas; en definitiva, del dinero (¿o no se acuerdan del rescate de la anterior crisis económica?). Esta vez, se tiene que resolver a favor de la sociedad, de quienes sufrimos en propias carnes la incertidumbre y la precariedad, no de quien provoca esta última («Nunca fuimos dueños / el préstamo del banco / se robaba nuestros sueños»).

Momento de reflexión profunda

Teletrabajo, ERTE, no hay colegio, incertidumbre, estrés, preocupación. Los ingredientes están y el confinamiento empuja a la reflexión, ahora que no podemos salir de casa. A plantearnos infinitas incógnitas, hechos y modos de vida. A lo volátil de la vida, zarandeada por un minúsculo elemento que, al ser invisible, nos vuelve más inseguros (no hay nada mejor que identificar y conocer a quien situamos como causante) y hace parar la economía. Un virus intangible que nos encierra en casa y amenaza nuestros ingresos. Una situación que nos lleva a una reflexión personal profunda, como la que plasma Residente en su canción.

Algunos que durante la gran mayoría del año viven fuera (estudios, trabajos), han vuelto a sus casas para el confinamiento, un lugar al que solo suelen volver por periodos cortos (vacaciones, puentes). Otros se han quedado lejos de su familia. Pero todos, con más o menos intensidad, van a la búsqueda de seguridad, de sentimiento hogareño, de lazos («No sé pa’ dónde voy / pero sé de dónde vengo (…) «Y si me contestan / quiero decirles que quiero volver»).

De volver, en la mayoría de las ocasiones, a la única época donde se tienen certezas: la infancia. No teníamos preocupaciones, lo que sucedía a nuestro alrededor nos quedaba lejos y nos sentíamos seguros y felices. El mejor ejemplo, Residente, que afirma sin titubeos que quiere volver a aquella época, con Christopher, «su pana», a mirar al cielo con su madre, de despertarse con el calor del sol e ir a jugar.

La paradoja del tiempo

Y ahora, de repente, nos hallamos encerrados en casa (un golpe duro de realidad, ¿quién se imaginaba estas circunstancias incluso días antes de declararse el estado de alarma?), con más tiempo para dedicar a uno mismo, a los cercanos (quien conviva, claro) y a hacer todos los elementos de esa larga lista donde nos apuntamos las series que ver, los libros que leer y la música que escuchar. Pero, paradójicamente, parece que nos encontramos exhaustos o bloqueados, sin esa iniciativa para poner ‘tics’ en esa lista, como reflejó humorísticamente la artista Rocío Quillahuman en esta animación para la revista Yorokubu. Ese tiempo que ansiábamos, que la precariedad neoliberal nos arrebata, queda en standby, por más que lo deseáramos («Quiero volver / ir al cine en la semana»). Y no pasa nada por sentirse así.

Otro de los ingredientes que entran en acción es la temporalidad. La temporalidad de nuestras acciones, pero, sobre todo, de nuestros trabajos. Que no hay estabilidad en el ámbito laboral (al menos, hasta bien pasada la treintena en la mayoría de los casos), que te hace andar de trabajo en trabajo y que te deja en paños menores frente a esta circunstancia, incapaces, muchas veces, de tener un colchón con el que poder sobrevivir («Mi hijo tiene que comer / así que sigo de gira / solo me queda lo que tengo»).

Para que encima, luego, haya que aguantar la romantización de esta temporalidad que alimenta el dichoso mantra de la renovación constante, de la innovación y del emprendimiento, que el neoliberalismo se ha encargado de grabar a fuego y que empuja a todos los límites en pos de una reinvención constante que solo exhausta y te culpa («si no has logrado emprender, entonces es que no vales»).

Fingir que todo va bien

Todo esto nos lleva, muchas veces, a mirarnos en el espejo, exhaustos. Cansados del trabajo, de la carga académica. De instarnos a salir, a hacer planes («sí, estoy bien», como respuesta estándar) aunque lo único que queramos sea descansar y quedarnos bajo las mantas del sofá. Despojados de toda esencia propia e inherente a los humanos, huecos por dentro por el agotamiento incesante, aunque nos reporte beneficios económicos («Estoy triste y me río / el concierto está lleno / pero yo estoy vacío»).

Obligados a interiorizar que esto es lo normal, matarse 50 horas semanales por unos cientos de euros («si no estoy mejor es porque no he podido», como mejor ejemplo de este individualismo neoliberal) o a perder la vida social porque la universidad te marca tantos trabajos y entregas que es imposible compaginar lo natural de lo social con lo académico («si no me desvivo ahora, no tendré futuro», para autoconvencerse de que el precio a pagar, aunque elevadísimo, es justo). Frente al espejo, distando de aquel que queremos ser y al que nos hacen renunciar («quiero volver a sentir / a cuando no tenía que fingir / yo quiero volver a ser yo»).

Solo saldremos de esta como comunidad

Pero lo que sí que debemos tener claro, siempre, pero más ahora, es el compromiso político. De saber resistir frente a lo individual, frente a la ola reaccionaria liberal (y neoliberal) que ya se ve como un fracaso como modelo social que es de desprotección (¿o no ha tenido que venir «papi Estado» a salvarnos? Con los impuestos, claro, quienes también sostienen, a pesar de los recortes, uno de los mejores servicios públicos de salud del mundo). De no olvidar quién se ha dedicado a desmantelar el estado de bienestar y más en concreto, ahora, la sanidad pública que está aguantando el envite. Que hay que tener en cuenta que solo en sociedad nos salvamos y no dándole la espalda al último, al que viene detrás. De saber plantar cara a los abusos, a los recortes, de desenmascarar las redes.

De esta (y no únicamente del confinamiento) solo podemos salir reforzados si actuamos como comunidad, sin que nadie se quede fuera. Y, valga la paradoja, con la presión y el empuje individual de nuestras acciones. Que no nos tiemble el pulso. Como no le tembló a René: «En Puerto Rico despidieron empleados / insulté al gobernador / y quedó televisado».


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