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Primer volumen

La sexualidad, la muerte y la tragedia forman parte del imaginario mítico helénico, como ocurre en la obra 'Laocoonte y sus hijos'.

En tres semanas cumpliré 20 años. Hace cinco que me planté y me dije que dejaría de soplar las velas. El engaño, como es evidente, sirvió de poco: el tiempo sigue corriendo sin mi permiso y no consigo acumular nada propio en mis pasillos cognitivos. Tampoco es que estas palabras pretendan ser un epitafio a mi adolescencia o un in memoriam precoz, pero sí una extraña pregunta: ¿acabo de clausurar el primer volumen de mi vida? Y a esta le sigue otra peor: ¿en cuántas entregas estará dividida mi historia? En cualquier caso, creo que es sano hablar de la muerte como se habla del sexo o del arte: de una forma pasional y, al mismo tiempo, reservada.

Shakespeare, sin ir más lejos, era un experto en tragedias y todo lo que eso conlleva (muerte, amor, celos, sexo e infortunio). En Macbeth, por ejemplo, la protagonista arrastra a su marido a una espiral febril caracterizada por el belicismo y la sensualidad más perversa. En Hamlet, sin embargo, el dramaturgo tontea con los restos fantasmagóricos de la culpa y la traición. El amor, siempre fatídico, en sus obras duele tanto por exceso como por ausencia. Pero, como en Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957) o El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957), hay que ser siempre justos con la muerte, pese al esfuerzo que conlleva distanciarse de la misma como seres finitos y dramáticamente conscientes.

Un beso y una flor

Estudiando el Bachillerato, me di de bruces con esta reflexión. Nietzche y el nihilismo hicieron mella en mí. “Hacer girar toda la existencia en torno a una nada inexistente”, rezan las escrituras sacras del filósofo alemán. El impacto no mermó, sino al contrario, cuando me topé con que el existencialismo nietzchiano se reducía a un complejo sexual a ojos de Sigmund Freud, el psiquiatra que flirteó tanto con el subconsciente que terminó por convertirse en el más sabio de los astrólogos. Pero sin duda, los auténticos dueños del cielo y sus lunares fueron aquellos que nombraron por primera vez las constelaciones.

Aplastados por la sensación de vacío que produce el vértigo de la madrugada bajo una noche fría y límpida de un marzo incompleto, como aquel que tanto daño le hacía a la poetisa grancanaria, lejos de la letanía del ágora, imagino a Aristóteles, Platón, Sócrates o Hipatia. Todos ellos desentrañando misterios que no sabíamos ni que podían existir, resolviendo cuestiones a través de nuevos y más punzantes interrogantes, creyendo que un día el rey filósofo se apoderaría de todo cuanto ha existido sobre la tierra por derecho propio. Se equivocaron en mucho, claro. Basta con mirar cómo carroñean los medios de quienes dominan el panorama político español: no hay nada de notable en ellos. ¿Pero acaso recae sobre estos seres ausentes la culpa de que este maltrecho globo gire alrededor de un astro en combustión?

Si alguien tiene la culpa, esos son los posmodernos. Obsesionados por el mito de un atractivo pasado, ávidos de envidia y de ideas mortíferas acerca del individualismo y la inexistencia de Dios; Bergman, Chomsky, Tarkovski, Baudrillard o Truffaut regurgitan sus egos sobre el clamor de las masas. De tanto negar su presencia, el pueblo se aferró a sus propias creencias, primitivas e inducidas por mecanismos tan moralmente rastreros como económicamente eficientes. Así, el miedo que nos hacía avanzar a todos (el temor al obscurantismo, a la reacción, al cielo gélido sin lunares, a los falos, a la religión…) de pronto se convirtió en pusilanimidad.

Y es verdad que no sé nada

El ocio audiovisual, la industria del videojuego, es la que mejor representa esa transformación: de tanto advertir que la muerte acecha, la sensibilidad se vuelve recóndita y explotable. La experiencia única e intransferible de matar a tu adversario, marcar un gol por la escuadra sin moverte del sillón o invadir Francia en el bando de los nazis es la representación efímera de las consecuencias de la sobreadvertencia, como así le ocurriera a Laocoonte y sus hijos tras predecir que el caballo de Troya era una trampa. La negación, el relativismo, el amor líquido, el lenguaje que moldea nuestra mente… ¿Se han convertido todas esas ideas en mercancía o simplemente se esconden tras ella como el mal tras las dulces flores de Baudelaire?

Pero que no cunda el pánico: de generalizaciones muere el periodismo. Si algo aprendí de Hannah Arendt es que si hay que temer algo es a la burocracia por encima de a las personas que encarnan el sistema. Y mientras en la Antígona de Sófocles entendí que la muerte podía ser también un acto de rebeldía y rebelión, las trece rosas me enseñaron que lo único que nos llevamos a la tumba es la dignidad y no el transitorio recuerdo que queda de nosotros al marchar. Y como en La Belleza de Luis Eduardo Aute o en la melancolía de un paradójicamente vacío Manhattan (Woody Allen, 1979), siento que cuanto más amueblo la cabeza, más se enferma el corazón. Ojalá Monet pernocte en mí algún día solo para que los vanguardistas rompan los nenúfares que él sembró.

Y, a pesar de todo, si miro atrás apenas puedo entreabrir los ojos. No sé cuál es mi primer recuerdo ni la primera película que vi en el cine ni la primera palabrota que salió de mi boca (la última, probablemente, sea este mismo texto). Lo que sé es que arrastro una extraña sensación de no haber entendido nada del todo bien, de que aún quedan muchos huecos por llenar en mi solitaria estantería, de que no conozco el final de las historias que aún no he escrito y que solo he visto de refilón la felicidad y que aún así la he sentido golpearme con su ausencia. Por suerte, no tengo claro nada, así que si este es mi primer volumen, lo firmo con la única certeza de la incertidumbre. Claro que eso tampoco es mío.


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