Cine

Ya no hay cines en Roma

Firma invitada

El 14 de diciembre se estrenó Roma en la plataforma de streaming Netflix. Una semana antes, cinco salas españolas proyectaban en la gran pantalla las grandes letras amarillas que se van repitiendo en festivales y premios cinematográficos alrededor del globo.

La película ha sido un regalo monocromo para el cine actual, pero también ha cambiado la escena de la distribución, pues revuelve aún más la situación de unas salas cada día más difíciles de llenar.

La casa grande y la casa chica

En México, muchos hombres de clase media-alta tenían dos familias, y así como la casa grande, que poseía un rango social superior y la legitimidad del matrimonio, no sabía de la chica; en esta última eran consciente del lugar que ocupaban en la vida de un hombre que, con sus idas y venidas, jugaba a un juego en el que él siempre sería el ganador.

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Las salas de cine eran, hasta hace pocos años, la única casa para todos y todas las que buscaban un refugio, un escondite o un espacio donde encontrarse. Era un lugar seguro al calor de la gran pantalla. Sin embargo, poco a poco las casas chicas se han ido adentrando en la vida del espectador. Las pantallas se han multiplicado, han ido acaparando nuestra visión en todos los encuadres posibles y, mientras las plataformas como Netflix irrumpen en nuestra intimidad, las butacas se vacían, dejando un sentimiento de despecho en una casa grande a la que cada vez le sobra más espacio.

Nosotras, como espectadores y espectadoras, no hemos hecho más que arrastrar el cine a nuestro salón, a nuestra cama, al asiento del tren en un viaje lo suficientemente largo como para ver a la Cleo que limpia el suelo en la primera escena de Roma, y a la que sube las escaleras que llevan a su habitación en un último plano agridulce. Los exhibidores, ante esto, han renunciado a proyectar la película, y han cerrado las puertas de una casa grande que ha visto la realidad de la época que viene.

Cuando el individualismo llega al cine

Los cines de todo el mundo han tenido que decidir si iban a hacer de Roma parte de su cartelera o no, y los festivales han hecho lo mismo con sus nominaciones. En España, solo cinco de unos 680 cines expusieron la película; en México, 50 de 6000 aproximadamente. Los festivales, por otro lado, han acogido el largometraje con los brazos abiertos, excepto Cannes, que pretende marginarla de sus listas para defender la gran pantalla.

Los tiempos en los que solo se podía ver una película en una sala con proyector han pasado, el individualismo que domina el presente ha llegado también al cine. Todas nuestras pantallas pueden reproducir los planos en blanco y negro, los aviones que sobrevuelan el cielo de México y la familia que trata de esbozar la dura realidad que se sucedía en tantas casas de la clase media de los años setenta con un trazo muy preciso, y podemos compartir la escasa intimidad que tenía Cleo desde nuestro salón.

Llenar las butacas

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Sin embargo, en las salas de cine también hay lugar para la intimidad, pero además es el lugar de compartir una historia ante la que, en una sala oscura donde los personajes se elevan ante nuestra vista en los grandes angulares, o donde los primeros planos nos dejan ver detalles que parecen atravesar la pantalla, nos estremecemos, nos reímos y nos dejamos afectar a coro, en una realidad paralela compartida que durante dos horas nos hace alojarnos en una casa de Ciudad de México.

Es cierto que el cine ha sufrido la carga de unas políticas contracultura, que han impedido a parte del público disfrutarlo, y las plataformas digitales nos han acercado de nuevo las películas a un público mayor, pero las personas que tenemos la suerte de poder disfrutar de las grandes pantallas debemos aprovecharla. Así que llenemos las butacas.


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