Bellas artes, Escultura, Literatura, Pintura

Artistas suicidas (vol. I)

Mucho se ha conjeturado acerca de la relación entre los artistas y la muerte. No es de extrañar, dada la predilección por la misma entre los más excelsos literatos, que la convirtieron en el eje central de su obra. Quizás el contacto tan cercano que mantienen los artistas con el óbito se deriva de la reflexión exhaustiva de la vida. Frida Kahlo, a través de sus pinturas, no solo exploró el tema de la muerte, sino también el sufrimiento y la impotencia. Federico García Lorca, por su parte, como auspiciado por el eco de un crimen temprano, retrató en sus poemas los caballos bravos y las aguas mansas.

Sin embargo, otros autores han ido un paso más allá, conducidos por la depresión, la tristeza y la aflicción que los acompañó durante toda su vida y su carrera. El pintor Vincent Van Gogh, la escritora Virginia Woolf y el escultor Rembrandt Bugatti son solo algunos de los artistas suicidas que solo encontraron la paz y la libertad a través de la muerte. No obstante, hoy nadie los olvida. Lejos de romantizar el suicidio, con este reportaje divido en dos entregas se pretende poner en valor las historias de tres artistas brillantes cuya carrera se vio truncada de forma injusta y prematura.


VINCENT VAN GOGH (1853 – 1890)

Tres desengaños amorosos, la absoluta incomprensión de sus coetáneos, el rechazo de su padre y la falta de independencia económica avivaron el sentimiento de soledad que arrastró Vincent Van Gogh durante toda su vida. A los 32 años, el hambre acuciaba tanto que cayó enfermo: prefirió gastar el dinero que recibía de Théo, su hermano menor, en útiles para la pintura. Para engañar al estómago, se abandonó al tabaco, que, acompañado de una sífilis, le provocó la caída de diez dientes. Van Gogh apenas había iniciado la treintena cuando la sombra de la muerte se le había grabado en la cara.

En su juventud, aquel muchacho de familia acaudalada, destacó por su rendimiento académico. Rechazó, sin embargo, acceder a la Universidad y se decidió por emprender carrera en una galería de arte bajo la recomendación de su tío. El entorno pictórico en el que maduró y los contactos que ganó en aquellos años, le permitieron suplir la ausencia de aspiraciones reales por un refinado gusto artístico. Sin embargo, aquel agujero de sinsentidos  fue incidiendo poco a poco en la relativa estabilidad laboral que había ganado y, aún sin haber definido un rumbo claro, se convenció de que lo mejor era dejar su empleo y cambiar de aires.

Gauguin: un intento de amistad fallido

Vincent fue, ante todo, un pintor nómada. Amberes, Ámsterdam, París y Arlés fueron algunos de los destinos que lo vieron crecer como artista. El Mediodía francés, sin ir más lejos, posó en él un sedimento de nostalgia que se reflejaría aún en sus cuadros más alegres. También los paisajes de Montmartre  o de la Grande Jatte, en la capital francesa, son pruebas fehacientes del efecto que dejaron en él los paisajes de su entorno. No obstante, los apacibles otoños en París dieron paso a los oscuros cipreses de Arlés.

Imagen relacionada

Empujado a aquella localidad provenzal del Hexágono por la falta de identificación con el resto de pintores impresionistas y su rechazo a las instituciones que propugnaban la pintura academicista, la locura llamó a su puerta. En la Casa amarilla, la incomprensión y la ansiedad se abarrotaban en las paredes de cal blanca. La llegada de un Gauguin con dobles intenciones fue la gota que colmó el vaso.  Con su oreja, se fue su cordura.

Pese a todo, Van Gogh se codeó con los más reputados pintores de su época, desde impresionistas de renombre de la talla de Toulouse-Lautrec hasta precursores del puntillismo, como Seurat y Signac. Sin embargo, su carácter disidente y su estilo de vanguardia lo posicionaron en el movimiento postimpresionista, caracterizado por una personalísima interpretación de la realidad, la belleza y sus formas.

Augurio, encierro y disparo

Aquella vida falta de integración social y reconocimiento público y trufada de desgracia y sentimientos autodestructivos dejó tras su paso toda una colección de cuadros, grabados y dibujos impregnados de una sensibilidad incontestable. Mientras que La habitación de Arlés, Café de noche o Autorretrato con sombrero de paja reflejan el apaciguado estado mental del artista, Noche estrellada, Cráneo con cigarrillo y Autorretrato con la oreja cortada son jalones de los momentos más álgidos de la depresión de Van Gogh. Más allá de su versatilidad anímica, destaca una constante transversal a lo largo de toda su carrera: un compromiso con el campesinado, que recoge lo que siembra y que simboliza las distintas etapas de la vida. Todo ello se refleja en su  excelente Los campesinos comiendo patatas.

El fatídico 27 de julio de 1890, Van Gogh se pegó un tiro con la misma pistola que usaba para ahuyentar a los cuervos que se acercaban demasiado a sus telas cuando pintaba al aire libre. Aquel disparo resuena dos siglos más tarde y trae recuerdos de una predestinación casi caprichosa. El que había sido nombrado de nacimiento Vincent Willem Van Gogh, en referencia al hermano que sus padres habían perdido un año atrás,  tardó dos días en morir.


VIRGINIA WOOLF (1882 – 1941)

La autora de La señora Dalloway se crio en el seno de una familia aristócrata de Inglaterra. Fueron las clases en las que le instruía su propio padre en casa y el ambiente de erudición de los contactos más cercanos al núcleo familiar los que le permitieron entrar en contacto con el mundo de la literatura desde una edad muy temprana. Lamentablemente, la inestabilidad mental también llamó a su puerta aún siendo una niña.

Su primer indicio de depresión arribó a su orilla con tan solo 13 años. La muerte de su madre y el posterior fallecimiento de su hermanastra mayor fueron identificados como los principales hitos vitales que la empujaron a ese estado. Diez años más tarde, en 1905, el cáncer acabó con la vida de su padre y la sumió en su segunda crisis nerviosa, por la que tuvo que ser ingresada en un psiquiátrico durante un breve período de tiempo. Allí le diagnosticaron un trastorno bipolar que, junto a sus intermitentes períodos de depresión, afectaron considerablemente a su vida social. Todo ello se vio reforzado, además, por los abusos que sufrió por parte de dos de sus hermanastros, aunque es un hecho controvertido entre los distintos biógrafos. Lo que sí es seguro es que su carrera literaria fue una de las pocas constantes que mantuvo de forma ininterrumpida hasta el final de sus días.

El Círculo de Bloomsbury

Cuando se muda al londinense barrio de Bloomsbury, entra a formar parte de un prestigioso Círculo de filósofos y artistas, entre los que se encontraban grandes pensadores de la época como Bertrand Russell y John Maynard Keynes. Fue gracias a estos vínculos y a su ingreso en la Universidad de Cambridge que conoce a su marido, Leonard Woolf, con el que se casaría  a los 30 años. Con él fundó la editorial Hogarth Press, que refugió la propia bibliografía de la autora británica, así como de otros literatos coetáneos del calibre de T. S. Eliot o el psicólogo Sigmund Freud.

Entre los grandes nombres que marcaron los pasajes más memorables de Virginia Woolf destaca el de la poetisa y diseñadora de jardines Vita Sackville-West, con quien mantuvo un romance adúltero en la década de los 20. El período de entreguerras también coincidiría con su etapa más prolífica como novelista hasta confirmarse una de las plumas más firmes del modernismo anglosajón, como se denomina a la literatura vanguardista de la primera mitad del siglo XX.

Su infancia entre libros, su juventud entre artistas de consolidada reputación y la plenitud de su madurez entre novelas de enorme éxito no pudieron impedir que se suicidara un 28 de marzo de 1941. El eco de una muerte que venía resonando desde su preadolescencia, diversas enfermedades mentales y la inestabilidad de su mundo interior la empujaron a un suicidio que parecía inevitable. Poco antes de su muerte, se vio afectada por la destrucción de su casa de Londres como consecuencia de una bomba nazi durante la II Guerra Mundial y la fría acogida de la biografía que escribió sobre su colega Roger Fry, escritor y crítico inglés.

Woolf, icono feminista

Aquella mañana de primavera, Woolf llenó su abrigo de piedras y se lanzó al río Ouse. En una nota que dejó a su marido, le agradeció la felicidad que le había brindado durante su matrimonio y se disculpó  por el tormento que suponían sus continuos cambios de humor. La culpabilidad del suicida se palpa en aquella carta, así como la desesperanza de ver la muerte como única solución para ella y los de su alrededor. Entre actos fue la última novela que firmó, aunque sería publicada de forma póstuma.

Tras la II Guerra Mundial, y más en concreto gracias a la oleada feminista de 1970, Woolf fue redescubierta por la crítica y convertida en un icono del movimiento en pos de la igualdad y la diversidad sexual. Su obra destaca por la profunda psicología de los personajes y el tratamiento de temas adversativos a la rigidez de la época victoriana. El filme Las Horas (Daldry, 2002), no solo narra la biografía de la propia Woolf (Nicole Kidman), sino que la relaciona con otras dos historias de mujeres en distintos momentos históricos, interpretadas por Meryl Streep y Julianne Moore.


REMBRANDT BUGATTI (1884 – 1916)

No había animal que se le resistiera ni curva voluptuosa que no fuera capaz de cincelar; aunque quizás sea el más desconocido de esta lista, Rembrandt Bugatti se erige como uno de los escultores italianos más particulares de la primera mitad del siglo XX. Si algo tiene en común con Woolf y Van Gogh, además de su temprana vocación artística, es su desarrollo cognitivo en un ambiente familiar y social trufado de intelectuales de la alta sociedad. Su padre, sin ir más lejos, fue un conocido diseñador de mobiliario y alhajas al estilo del art nouveau. Su hermano, Ettore Bugatti, fue el creador de la empresa automovilística de coches de lujo que lleva por nombre su propio apellido.

La vocación escultórica del milanés surgió de forma tan prematura que parecía cosa del destino; no en vano su padre le había puesto aquel nombre en honor al maestro del barroco holandés y autor de cuadros tan universales como La lección de anatomía. De esta forma, en su más tierna infancia comenzó a modelar figuras con arcilla y plastilina que pronto empezaron a llamar la atención entre los adultos. Tanto es así que su talento atrajo rápidamente la mirada de Paolo Trubetskói, un habitual en el taller de su padre, que se ofreció a acogerle bajo su tutela.

Discípulo del escultor vegetariano

Su nuevo maestro en seguida le contagió su fervor hacia el mundo animal. Trubetskói, un ruso afincado en Italia, había desarrollado un gusto por la fauna que lo empujó a abrazar el vegetarianismo. Incapaz de asesinar y comerse a aquellos seres que él tenía por fuente de inspiración, instruyó a su pupilo en el arte del retrato de lo salvaje. Bugatti, no obstante, aunque aprendió de las costumbres de su maestro, pronto manifestó un estilo muy personal. Influido por el tratamiento del cobre de Rodin y por los nuevos descubrimientos acerca de la expresividad cinética que ofrecían los vanguardistas del cubismo, Rembrandt Bugatti se abandonó a una vida contemplativa.

De este modo, y alentado por el dueño de la galería de arte para la que trabajaba, Bugatti se inició en la escultura de bronce. Su fascinación por la naturaleza lo llevó a pasar horas y horas en el Jardín botánico de París y en el zoológico de Amberes, estudiando las características y el comportamiento de los animales más exóticos.

Además de sentir una irrefrenable pasión por los felinos (Pantera marchando), Bugatti se caracteriza por un trabajo rápido en el que no había tiempo para pulir las formas. Al realizar los bocetos en plastilina o arcilla al aire libre para el posterior proceso de fundición, en ocasiones prima la evocación del momento vivido sobre la anatomía del animal. A lo largo de su producción escultórica, que cuenta con más de 300 figuras en metal de pequeño tamaño, demostró un gran dominio de las curvas, la elegancia y el movimiento.

Icono de la famosa marca de automóviles

Pese a ello, su carrera se vio paralizada por el estallido de la Gran Guerra, en la que participó como voluntario paramédico. Los traumas que depositó en él el drama bélico lo cambiarían para siempre y ahogaron su espíritu creativo. La gota que colmó el vaso llegó cuando tuvieron que sacrificar a todos los animales del zoo de Amberes por recortes económicos derivados del enfrentamiento internacional.

Con 31 años se encerró en su apartamento y abrió todas las válvulas de gas, muriendo de asfixia. En su honor, su hermano Ettore empleó su escultura Elefante plateado como tapón del radiador del Bugatti Royale. Todavía hoy sus figuras zoomorfas se venden por millones de euros.


Recuerda que puedes suscribirte al blog en el cuadrado de la derecha (justo debajo de los comentarios si estás en el móvil) y recibir en tu correo electrónico un aviso cada vez que publiquemos. ¡Gracias!

Deja un comentario

Tema creado por Anders Norén