Bellas artes, Pintura

De la pasión a la locura: Vincent Van Gogh

Van Gogh, locura y talento. Foto: Tripticum

Al pensar en Vincent Van Gogh (Zundert, 1853 – Auvers-sur-Oise, 1890), muchos lo ven como un genio y un artista con mayúsculas, y otros como un demente que representaba en cuadros su dolor y sufrimiento, aunque de forma creativamente sublime. Lo mejor de estas dos concepciones del pintor holandés, uno de los padres del postimpresionismo pictórico, es que las dos son bastante acertadas. Fue un hombre brillante que se vio afectado por distintos trastornos mentales a lo largo de su corta vida, tanto por circunstancias personales como genéticas, pero que nunca dejaría su mayor pasión, lo único que le mantenía con ganas de vivir: la pintura.

Van Gogh siempre fue un hombre solitario al que le costaba mucho relacionarse con los demás. Tanto es así que su mejor amigo fue su hermano menor, Theo. Era también muy religioso, ya que su padre, Theodorus, fue un pastor evangelista. Esta férrea educación en la moral cristiana condicionaría de forma irreversible su forma de contemplar la vida y el mundo que le rodeaba. Van Gogh siempre mostró interés por el arte, en especial por las obras de dos de sus artistas favoritos: Millet y Rembrandt.

Así, con solo 16 años de edad, ingresó como aprendiz en la galería de arte Goupil, en la Haya (Países Bajos). Su carácter difícil y arisco hizo que lo trasladaran a Bruselas y, más tarde, a la capital inglesa, donde tuvo una de las primeras crisis que daría paso a un estado de demencia y un aislamiento total del mundo exterior provocados por el rechazo por parte la hija de sus caseros a su propuesta de matrimonio. Esta desagradable experiencia le hizo volver atormentado a Francia, donde una galería de arte de París le acabaría despidiendo por su carácter irritable y su permanente pesimismo.

El despertar de su compromiso social

Tras las desagradables experiencias vividas en Francia, el sentimiento religioso de Vincent se acentuó, llevándole a desear una educación religiosa en una escuela evangélica para formarse como pastor protestante. Quizás esta fue una meta que se planteó para sentirse realizado, ya que sentía que no estaba bien valorado ni como artista ni como amante. Pasó de ser un apasionado aprendiz de arte a un barco a la deriva buscando su sitio.

Terminaría estudiando en un centro protestante de Bruselas y, poco después, se le concedió la primera misión: fue enviado a Wasmes, una pequeña localidad belga, para cuidar de los mineros, que trabajaban horas y horas sin descanso durante jornadas laborales de explotación. Esta realidad incómoda lo agotaría física y mentalmente. Aún con dudas y muy desgastado, volvería a la casa de sus padres para dedicarse a la pintura, pero esta vez con otro enfoque, no queriendo dejar de lado su verdadera motivación: convertirse en pintor.

Recordando a su ídolo, Millet, comenzó a pintar paisajes rurales y pueblerinos protagonizados por personajes pertenecientes al estrato más bajo de la sociedad: a los que llamaba “los olvidados” y “los menos protegidos”. Sin lugar a dudas, su paso por las minas de Wasmes le había vuelto un hombre más comprometido y solidario con la sociedad campesina y rural de su tierra, pintando cuadros con colores oscuros, con poca luz, reflejando el sufrimiento y la tristeza de quienes no tenían apenas qué comer ni beber. Una obra muy representativa de Van Gogh en este aspecto es sin duda Los comedores de patatas (1885), que refleja la pobreza de toda una familia campesina, reunida en la mesa de un comedor humilde y grisáceo iluminado por una luz tenue para comer las pocas patatas que han recolectado durante la jornada. En esta etapa, el artista holandés pintó en base a referencias de un arte más realista, pero aún así conseguiría que sus trabajos se distinguieran del resto, otorgándoles un toque personal que no perdería en ningún momento de su evolución como pintor.

La ciudad de la revolución

Tuvo que dejar la casa de sus padres debido a que se enamoró de su propia prima, Kate, lo que hizo de la convivencia algo imposible. Van Gogh estaba más atormentado que nunca por su segundo fracaso en el terreno amoroso, por lo que decidió abandonar de nuevo Holanda para irse con su hermano Theo a París, donde conoció el impresionismo de artistas como Toulouse-Lautrec o Paul Signac. Desde este momento, Van Gogh revolucionó el concepto de su propio arte, abandonando las historias y los argumentos y focalizándose más en la representación de paisajes y en los retratos. Su paleta se volvió más clara, con colores vivos y llamativos que darían a sus cuadros una mayor potencia visual.

A principios de 1887, se trasladó a Arlés, una pequeña ciudad al sureste de Francia, con la intención de encontrar más color y una mayor intensidad de luz para sus nuevas obras. Sus pinceladas se volvieron ondulantes, y los colores que más emplearía serían los azules, verdes y amarillos intensos y vivos. Sus cuadros estaban cargados de dinamismo, aun siendo simples retratos y representaciones de paisajes. Volvió a ilusionarse de verdad por la pintura, realizando un gran número de obras que han pasado a la historia del arte como auténticas obras maestras del postimpresionismo, como: Los girasoles, La habitación de Arlés, El café nocturno

Gauguin: de amigo a enemigo

En su estancia en París, conoció a otro de los grandes artistas postimpresionistas de la historia, Paul Gauguin, quien pronto se convirtió en uno de sus mejores amigos. Van Gogh le convenció para que se mudara a Arlés, con el fin de que pudiesen montar juntos su propio taller de pintura. Sin embargo, lo que parecía ser una de las mejores ideas del pintor neerlandés, que le llevaría por fin a la plenitud profesional y personal, resultó ser todo lo contrario. Ambos pintores tenían un carácter fuerte e iracundo, y no coincidían ni en gustos ni en puntos de vista con respecto a lo que más amaban: el arte.

Esto provocó que Van Gogh viviera su peor crisis. Durante una de sus tantas discusiones, sufrió un ataque de violencia incontrolable, que le llevó a retar a Gauguin a un duelo a mano armada, con la poca fortuna de que, en uno de sus intentos de mandoble, se cortara la oreja derecha. Este episodio fue absolutamente traumático y demoledor para el pintor, que no tardaría en desarrollar enfermedades mentales que le harían sufrir alucinaciones y ataques epilépticos, además de una esquizofrenia agravada por su condición genética familiar, que le hacía más propenso a desarrollar este tipo de trastornos.

A los pocos días del horrible suceso, Van Gogh ingresaría en un manicomio de Saint Rémy. Sin embargo, nunca dejó de pintar, aunque sus nuevas obras no eran ni de lejos tan vivas y alegres como las anteriores. Solía pintar árboles, como cipreses, almendros, olivos… que rodeaban el hospital mental, con colores más sombríos y las formas más agitadas e inestables. La pincelada se volvió más nerviosa y crispada, evidenciando la tensión y el nerviosismo interior del enfermo pintor. Durante esta etapa predominaron las representaciones lúgubres y distorsionadas de la realidad, mostrando un desencanto profundo con el mundo que acompañó al holandés hasta su muerte.

El artista estrellado

A pesar del inaguantable sufrimiento y del tremendo pesimismo del artista, Van Gogh pintaría una de sus obras más conocidas y hermosas: La noche estrellada. En este cuadro, el cielo presenta un dramatismo exagerado, plagado de cuerpos celestes y de nubes ondulantes debido a un trazo sinuoso e irregular; aparece envolviendo a un pequeño pueblo, representado de una forma más recta y realista. Este cuadro es una de las pruebas más claras de la genialidad de Van Gogh, que aún afligido por los trastornos mentales, logró representar un apocalipsis muy creíble y original: la violencia del cielo contrasta con la tranquilidad del pueblo, reflejando la pequeñez del ser humano en comparación con las fuerzas de la naturaleza.

Cuando salió del manicomio, se trasladó, con ayuda de su médico personal, el doctor Gachet (a quien por cierto plasmó en uno de sus cuadros mientras estaba en el manicomio, revelando el gran corazón que nunca perdió a pesar de sus conflictos internos), a Auvers-sur-Oise, un pequeño pueblecito francés, con la esperanza de que encontrara su definitiva paz mental. Sin embargo, sus crisis de melancolía no cesaron de aparecer y cada vez se sentía más solo y desamparado, sin fuerzas para luchar contra las alucinaciones que le volvían a atormentar. Vincent Van Gogh no pudo aguantarlo más: acabaría por suicidarse con ayuda de un revólver el 27 de julio de 1890, con solo 37 años.

Se despedía, así de tristemente, uno de los pintores más importantes de la historia. Un hombre con un carácter difícil y una locura avasalladora, pero con una pasión y un talento incuestionables. Un tormento que marcó su estilo personal que, años después, tomarían como referencia otros grandes artistas. Un hombre que, a pesar de los constantes contratiempos, nunca dejó de luchar por su sueño: ser pintor y plasmar todo lo que sentía en un lienzo en blanco. Gracias, Van Gogh.

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