En el nombre del perro: Neo

Cuando era pequeño, tanto que no puedo recordar mi edad, un macho de cóquer negro me mordió en el costado. No fue un gran mordisco, apenas dejó grabadas las huellas de sus colmillos y ni siquiera hicieron falta puntos de sutura. Todo se precipitó de un segundo a otro. El perro jugaba con una pelota sobre mi regazo mientras yo lo acariciaba sentado en el sofá. Entonces, se dio la vuelta como si alguien le hubiera pisado la cola —aunque se la habían cortado cuando era un cachorro— e hincó los dientes justo en mi cintura. Grité. Solté un chillido agudo, más por el susto que por el dolor, y salí corriendo. El perro trató de perseguirme, pero su dueño consiguió atraparlo antes de que me diera alcance.

Mucho tiempo después, cuando de la herida solo quedaban dos marcas indistinguibles, yo seguía sufriendo un pavor desmedido por aquel perro. Nunca más volví a ponerle una mano encima. De hecho, nunca más volví a acercarme a él. A veces, cuando regresaba de alguna actividad extraescolar y la puerta del vecino estaba abierta, hacía tiempo en la calle o daba un rodeo enorme y peligroso para volver a casa. Tenía que atravesar huertas, saltar entre las parras, cruzar tajeas. En fin, clichés de un pueblo de las medianías de Tenerife. Pero todas aquellas peripecias resultaban más sencillas que reunir el valor que requería pasar por delante del fatídico lugar. 

Lo que de verdad me había hecho daño no era el ataque del perro, sino lo que yo interpretaba como una traición. Un perro con el que jugaba casi cada tarde me había mordido y yo no entendía por qué. Desde aquel episodio, desarrollé una suerte de cinofobia. Si es cierto eso de que los sabuesos pueden oler el miedo, lo que yo destilaba era un perfume de puro terror. Sin importar su tamaño o raza, yo siempre apestaba a pánico. Y la cosa no hizo sino empeorar con el tiempo. Todavía hoy guardo cierto recelo por los perros desconocidos. No obstante, cuando el peludo mordedor murió de viejo, ya con el pelaje azabache tornado canento al cabo de los años, lamenté su pérdida. Jamás podré olvidar su nombre.

En el nombre del perro: Morita

También recuerdo el nombre de otro chucho de mis días de infancia. Morita, una perra sata que vivía en la finca de un familiar. Los fines de semana solía despertarme a las cinco o a la seis de la mañana para acompañar ir a las huertas. Rápidamente, yo me escabullía de las tareas de la tierra y me iba a jugar con la pobre Morita. Me compadecía de ella. No podía entender cómo una perra tan buena pudiera vivir ahí, sola y llena de pulgas, atada a una cadena de metal, asediada por las moscas, con un cubo de agua verde y sobras de comida como único alimento.

Nunca oí gruñir a Morita. Solo le ladraba a los lagartos. De alguna forma, se encariñó conmigo. Creo que yo fui el único ser humano que la trató bien en toda su vida: le acariciaba el lomo aunque estuviera lleno de bultos y de garrapatas; le daba a escondidas cachitos de pan y embutido; y nunca se cansaba de ir a por el palo que le lanzaba. Morita era una perra buena. A Morita nunca le tuve miedo. Sabía que Morita me protegería de los tizos negros. Cuando me hice mayor, dejé de madrugar los fines de semana y ya nunca volví a poner un pie en la finca. Y un día, Morita se murió. No sé de qué. Pudo ser cualquier cosa. Lo que sí sé es que se murió allí, sola. Y yo no hice nada por darle una vida mejor.

En el nombre del perro: Niebla

Niebla llegó a casa cuando yo tendría unos 12 años. Lo recuerdo porque ya iba al instituto. Era un perro que había buscado mi padre para sustituir a la Mora en las huertas. En mi casa solo estaba de paso. Recuerdo que era una bolita de pelo blanca y paticorta que apenas sabía andar derecho. Por las noches lloraba: echaba de menos a su madre y al resto de la camada. Y yo me tumbaba en el suelo, lo ponía sobre mi pecho, y lo acariciaba hasta que los dos nos quedábamos dormidos. Pasaron los días y Niebla —aunque yo siempre evoco a Unamuno, es a Heidi a quien le debemos la referencia—, aprendió a jugar, a correr, a morder, a destrozar cholas, calcetines y pomos de gavetas. Mi madre era tajante: no quería animales en casa. Mi padre también: el perro debía marcharse a la finca. Pero tácitamente mi madre supo que si ese perro se iba, que si me lo quitaban, yo no iba a ser capaz de recomponerme nunca. 

Niebla me permitió reconciliarme con Neo, es decir, con todos los perros. En la última década, he tenido el placer de limpiar su vómito, recoger sus excrementos y hurgar en su boca. He hecho cosas que me juré que jamás haría simplemente porque me sentía incapaz. Le he cortado las uñas —a pesar de lo mucho que odia que le toquen las patas— y lo he metido en la ducha —aunque sea el lugar que más detesta después de la consulta del veterinario—. He tenido, en definitiva, la inmensa suerte de crecer con él. Lo he querido como se quiere a un hijo, y me ha hecho enfadar como se enfadan los hermanos. Ha sido mi amigo y custodio cuando me sentía solo, mi paño de lágrimas en los momentos más duros de mi adolescencia, la alegría de la huerta en los días de fiesta y un gran motivo para seguir. He llegado hasta donde estoy gracias a Niebla. Sin él, sería otro o no sería en absoluto. 

Por eso, un día, a los 14 años, me hice la pregunta: ¿por qué queremos tanto a un animal hasta el punto de ponerle nombre, como a los hijos, mientras que a otros los degollamos y los servimos en un plato? ¿Se trata de un simple ejercicio de singularización o hay algo más?

To eat or not to eat, una cuestión de nombres

Nunca hallé una respuesta lógica para la pregunta anterior. Pero miraba a Niebla, al que quería tantísimo, y me volvía incapaz de comerme un cerdo, un pollo o una vaca que podrían haber llevado exactamente el mismo nombre. Me daban igual las razones culturales, la tradición familiar en la que me había criado o las costumbres populares canarias. Creo que un código moral, para que sea efectivo, debe basarse sobre una férrea convicción. La mía empezó hace ocho años por no querer distinguir entre Niebla y el resto de perros, pero tampoco entre él y el resto de animales. Y luego se vio fortalecida con argumentos de corte más racional: el impacto medioambiental, el bienestar animal, la cuestión de la salud, el antiespecismo y tantos otros. Fue una época de visualizar muchos documentales desagradables —desde Cowspiracy (Kip Andersen y Keegan Khun, 2014) hasta Dominion (Chris Delforce, 2018)— y de leer libros como Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas (Melanie Joy, 2013), un pilar fundamental en los primeros pasos por el vegetarianismo. 

Supe del escándalo de Ikea, de las paupérrimas condiciones de las granjas de Campofrío, del maltrato sistemático que sufren los caballos en los mataderos franceses. Y también aprendí que la industria agrocárnica emite más gases de efecto invernadero que la automovilística, que se producen tres holocaustos animales al día, que en Europea es legal que los pollitos sean triturados vivos en el mismo cascarón en el que nacen durante las primeras 24 horas, que se necesita más porción de tierra cultivable para alimentar a un omnívoro que a un vegetariano, que la pistola de aire comprimido y las cámaras de gas son métodos comunes para sacrificar a cerdos y caballos y que por el peso de estos animales suelen quedarse agonizando largo rato. También fueron años de preguntas estúpidas: «¿Y si estuvieras en una isla desierta?», «¿Qué hay de nuestros antepasados prehistóricos?», «¿No es lo natural que el león cace a la cebra?», «¿No te hará falta proteína?» y tantas otras.

Poco a poco, me fui cansando de debatir con la gente y de hacer de mis opciones alimenticias una causa política. Del activismo social pasé a contemplar este estilo de vida como una decisión personal. Me dediqué a molestar lo menos posible y a hablar del tema solo cuando me preguntaban de forma explícita. Pero en la intimidad y especialmente en los momentos primerizos de duda, siempre acudía al interrogante original: ¿qué distingue a Niebla de los otros? ¿Por qué un nombre propio basta para señalar lo que es mascota y lo que es comida?

Tal vez para hacer frente a la pregunta hay que pasar de la ética a la poética. Se necesita abordar el problema ontológico entre la palabra y la cosa, el eterno abismo entre el decir y el querer decir y el modo en que solo la poesía (en el sentido griego, el de creación) es capaz de romper las cadenas del nombre propio gracias al pensamiento metafórico y a la mirada metonímica. Pero ese quizás sea asunto de otro artículo. Este se acaba aquí, con la imagen de Niebla corriendo hacia mis brazos y llenando de pelitos blancos toda mi ropa.

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El periodismo me queda de paso. Escribo. Arte, misantropía y revolución. Excelsior.


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