El jueves se empeñó en salir a caminar. Cargué la cámara, lavé la cantimplora y estuve unos días revolviendo gavetas en busca de las botas de montaña de cuando fui scout. Cuando llegó el día, se nos echó la tarde encima y atardeció sin haber llegado a meta: no importaba, caminábamos barranco abajo y entre las casas. El cielo estaba azul, el suelo verde vivo y los perros que pasaban sueltos a nuestro lado no me daban miedo: era un buen día. Nos daba el sol en la nuca; ese sol tardío que no pica ni trae lunares feos, pero que calienta la piel y el alma. Un sol de febrero, tímido, de finales de invierno que avisaba con calma que se acercan los días de mar y frutas.

El miedo crea los baches

Caminamos por ese barranco, felices pero alerta y con la cabeza gacha: mirando los huecos que aquellas piedras isleñas dejaban al moverse con miedo de meter el pie y escuchar un «crack» fuera de sitio. Yo llevaba un gorro beige, una sudadera azul prestada (robada, para ser exactas) y un bolso nada práctico repletito de pasos en falso de otras épocas. La tarde del jueves pasaba y nosotros seguíamos caminando. Tengo la habilidad de comportarme como si el corazón me latiera despacio o no analizara el terreno centímetro a centímetro, constantemente, en busca de cualquier peligro: la realidad es que siempre llevo el oído agudizado, por si escucho un ladrido lejano que me advierta de que se acerca un perro suelto.

Ese barranco albergaba un sendero llano y bien cuidado. Había incluso flores silvestres y una especie de lagarto endémico. Estoy acostumbrada a existir y caminar con la sensación perenne de que la vida se me escurre entre los huecos de los dedos: si sostengo una cámara de fotos, pareciera que la caída se frena y la vida se aferra a mis retinas. Eso sentíamos aquel día de caminata: había un silencio enrarecido que anunciaba tormenta, pero pretendíamos que todo en nuestra existencia estaba bien y que no nos daba miedo seguir transitando. Conforme me he ido haciendo adulta, más miedo me da decirle a las mujeres, mayores que yo, de mi vida que tengo miedo y más necesito que vengan y me avisen de las vicisitudes de los tramos que quedan por recorrer. A veces, sin venir a cuento, mi padre me dice que la vida sigue y yo lo atesoro para cuando lo necesite.

Febrero en la ciudad

El camino que hicimos ese jueves atravesaba la ciudad, así que pasamos por debajo de puentes grandes y chiquitos, y bordeamos edificios enormes con miles de ventanas, algunas apagadas y otras encendidas —supongo que igual que las personas que las habitan—. La ciudad parece una jungla, una cárcel, un teatro cutre y huele igual que olía la casa de la protagonista de «Nada», de Carmen Laforet (1945). Empezamos a caminar desde las afueras, desde esas zonas rurales donde parece que la vida es soportable y merece la pena, pero también donde las guaguas pasan en horarios imposibles y no hay ocio sino hay dinero para un coche. El paseo terminó, literalmente, en una mega alcantarilla, en mitad de un barranco, inundada de todo de lo que la selecta población capitalina reniega.

Las ciudades a veces parecen una burda broma de mal agusto. Lujosos edificios, excéntricos artistas, bares exquisitos con cócteles ultraselectos conviven, con altanería y superioridad, con la pobreza más desgarradora. Miles de vidas distintas, que se dañan unas a otras, transitan las mismas aceras cochambrosas y llenas de escupitajos. La ciudad, aunque esté al lado de la playa, apesta a cerrado y a injusticia. Esta ciudad, que siempre he sentido como un hogar, nos lo da todo y también nos lo quita cuando la vida se pone en contra. Caminando por el campo, fingimos huir de todo lo sucio: la violencia, la injusticia y el humo.

De pronto, latas y cristales arrojados al fondo del barranco nos devuelven a aquella alcantarilla enorme y putrefacta.

El sol de la tarde

Bebemos agua y seguimos caminando. Como si no dolieran los músculos y como si no tuviéramos miedo. Lo hicimos nosotros dos aquella tarde y lo haremos hasta que por fin no tengamos miedo. Aprendemos a sortear los baches y a dónde apoyar las manos para levantarnos cuando no conseguíamos esquivarlos. El miedo, siempre el miedo. Es un acompañante que llevas de la mano siempre: a veces tira fuerte de la mano y hace que pares el camino. A veces te hace un placaje y te tira al suelo. Llevo toda la vida con miedo a hacerlo todo mal, y es el miedo quien me está obligando a no seguir caminando y, en efecto, hacer las cosas mal.

Mientras tanto, mientras le gritamos al miedo y le plantamos cara con furia. Mientras nos levantamos por enésima vez y nos volvemos a reinventar, a deconstruir y reconstruir. Mientras el camino se oscurece, se vuelve sinuoso y también cuando el sendero es llano e iluminado, vamos acompañados. A veces por personas pero siempre, siempre, siempre, por el calor del sol de las tardes que avisa que empezarán a salir las flores pronto: pero esta vez, por dentro.

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Nunca pude elegir entre ciencias y letras: por eso hice las dos. Hubo un tiempo en el que creí cambiar Periodismo por Medicina. Ahora creo que sin las palabras no se cura. Me gusta caminar, leer en la calle y hablar de política. Danzad, danzad o estaréis perdidos.


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