Suelo llamar cuando estoy de camino a algún sitio. Hablo más por teléfono en estos trayectos que en cualquier otra ocasión, seguramente. Lo hago cuando voy al supermercado, cuando voy y vuelvo de casa de María o cuando salgo a caminar o a coger el tren. Tengo esa costumbre, y mis interlocutores habituales ya son conscientes de ello: saben la respuesta cuando me preguntan que por dónde ando o a dónde voy.

Llamada por aquí, llamada por allá

Hace unos días, mientras iba de camino a unos recados, llamé a un buen amigo con el que hacía tiempo que no hablaba así, de voz a voz. Mantenemos el contacto por mensaje, pero siempre se echa de menos conversar de la manera más física que la vida, las circunstancias y la distancia permiten. A él le pilló un poco descolocado que fuese de camino al supermercado y que, incluso dentro, entre el bullicio de las compras a última hora de la tarde, mantuviésemos la conversación. «Estoy seguro de que el segurita no va a tardar en echarte», me dijo entre risas.

Después de ponernos al día con nuestras vidas, de los eventos que la han marcado estos últimos meses, caímos, mientras comentábamos lecturas y visionados, en uno de los puntos importantes del sentimiento y de la propia escritura: lo personal.

No estábamos descubriendo nada nuevo, ninguna bombilla se encendió por primera vez, pero sí que la volvimos a alimentar con bastante certeza y fuerza. Él, escritor de cuentos, relatos cortos y poemas, con una sensibilidad que asombra, y una creatividad que hasta asusta, reflexionaba en la importancia de verse dentro de la historia y de sentirla propia (que no siempre va de la mano con haberla escrito tú).

Bombillas que se encienden y se apagan

Yo, bastante menos escritor (en general), no pude más que coincidir con él. Sin ir más lejos, le contaba como el último artículo que había escrito por estos lares, Habitar el vacío inhabitable, había sido el clic del interruptor que me había encendido una luz que llevaba tiempo apagada. La que me había hecho volver a conectar con la escritura, a mi manera. Ya lo confesé una vez: me costaba (y sigue costando, a veces) escribir, me sentía cansado, sin ideas y sin fuerzas para empaparme de historias que me hiciesen desempolvar la pluma digital y poder ponerme manos a la obra.

A él le admití que ese punto personal, de desnudarse, de aquella amanera, en estos artículos era la mecha que me devolvía la ilusión, la que me entusiasmaba con el resultado y con poder aportar algo en este ágora en el que estoy repleto de compañeras que tienen un nivel altísimo. Esa era la clave para desahogarse en la escritura y poder generar valor: saber volcar, narrativamente, una parte de mí en estas piezas.

«¡Mamá, quiero ser periodista!»

Durante mucho tiempo, quise ser periodista. De hecho, las primeras frases que intercambié con Ricardo el día que nos conocimos fue que ambos queríamos estudiar Periodismo. De eso hace bastante (más de lo que uno se imagina): él terminó la carrera y no quiere saber nada de ser periodista (al menos, al uso), y yo me fui por otros derroteros de las ciencias sociales, aunque no he dejado nunca de escribir.

La verdad es que muy pocas veces me vi como periodista. Escribir teletipos, noticias de sucesos o crónicas no era lo mío. En aquel momento lo tenía claro, aunque no sabía muy bien por qué. Ahora lo veo con bastante lucidez: aquello, muy pocas veces, me iba a permitir impregnar como yo quería las historias. No me entiendan mal: no denosto, ni mucho menos, a todas las periodistas que se parten el lomo (y más) por contarnos la frenética actualidad, informarnos de los sucesos y contarnos por qué deberíamos ver esto o leer lo otro. Su papel es importantísimo y muy pocas veces lo valoramos (ni social ni económicamente).

Lanza personal

Pero aquí lo he conseguido. En Tripticum, puedo escribir y ser la parte de ese periodista que yo quería. Si me preguntan qué artículos míos me quedo de los que he escrito, no dudaría un mencionar un puñado, todos aquellos más atravesados por mi lanza personal. De cuando recorrí mi isla, a distancia, de la mano de Josefina de la Torre. De cuando me desahogué en pleno confinamiento a ritmo de René, una de las canciones que más profundo me han tocado en toda mi vida. O de cuándo le escribí a la persona que más he querido (y quiero), que más me ha enseñado (con permiso de mis padres) y a quién no puedo dejar de admirar, mientras cogía prestado el título de las letras de unos de mis cantautores preferidos.

No me avergüenzo del resto, ni mucho menos. Pero con estos que he mencionado, se queda uno en paz, desahogado (quizás uno de los motivos principales por los que empecé a escribir) y se ve a sí mismo (como para no) en esa historia.

Quizás eso nos falta un poco en estos tiempos que corren. Lo personal, y para nada en el sentido egoísta e individualista de la palabra. Sino en el de sentir, el de valorar, el de identificarse plenamente con historias, reales o ficticias. El de no parar de aprender de quién está a tu lado, el de admirar a quien te acompaña y entregas una parte de ti, como exclamó el actor Javier Bardem el otro día sobre Penélope Cruz. Ya sea escribiendo, leyendo, viendo una película o compartiendo espacios con nuestra gente más cercana (y con la que no), impregnémos(nos) de lo personal. Solo así sentiremos.

PD: Nunca dejen de llamar por teléfono.

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Estudio Ciencias Políticas y Sociología en la UC3M y combino mi pasión por los fenómenos políticos y sociales con la cultura, elementos indisociables de una misma y compleja realidad. Desde pequeño me ha encantado escribir y lo utilizo como manera de evasión y difusión.


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