qué tienes en la cara

en tu 

cara.

qué tienes que veo dos limones absorbidos a trompicones, una yema de huevo estallada contra el granito, mil pompas estalladas en el tabique purpúreas como la sangre. 

Veo doscientas partículas que se detienen en tu nariz. Son de mi aliento. Otras trescientas son del polvo que te nubla la vista, y quinientas de los átomos que circulan por una autopista libre de tráfico, volátiles, sin masa, que acarician nuestras manos. Qué tienes en tu cara, repleta de tierra. Socavo en ella, cojo una espátula, apenas una pala y desmonto tu boca, las paletas, los colmillos, me introduzco con una cuerda a desnivel por la laringe y el esófago. Bajo, bajo más. Leo las líneas de tus manos que, desde dentro, se esparcen como la vía láctea en invierno. Te veo. Y encuentro notas de lagos, humedades de salivas que se quedaron sin ser escupidas, lamidas, expuestas ante el deseo. Lates y un escalofrío recorre mi espina dorsal. Tiemblan las ramas ante el estallido del viento, aúlla enfurecido, hace frío en los bajos de tu falda.

Los animales huyen, despavoridos, oigo el crepitar de la lluvia y el crujido de las hojas secas, los pasos rápidos y el desliz de las pieles que reptan por los troncos sin tallo. Un escalofrío. Un temblor de hierro. Y vociferas mi nombre. Sacudo tus muslos. Están entre mis manos y las carnes se descuelgan, caen las sogas que los atan a los huesos, caen las lianas y me cuelgo a la rótula de este risco cuya roca puntiaguda y fría rehúye de mis dedos. Resbalo. Mis zapatos resbalan. Las suelas de mis zapatos lloran. Qué hemos hecho nosotras para merecer esto. Nunca estuvimos preparadas para ascender a la cima. Jamás quise brotar de ti. Y ahora sangro. Parto mi cuello contra el acantilado, mis labios boquean, la cara empapada. Apenas puedo abrir los párpados, esta lluvia tan sola me deja. 

Sed

Sed. Tengo sed. Las palmas están áridas, los granos de la arena se entrometen en mis orejas y susurra el siroco: ven, siéntate, una muerte placentera te espera. La faz de tus mejillas se resquebraja, se rompe por la mitad de tu iris con un cuchillo que abre el melocotón maduro. Se te cae el cabello, necesito llevarte hasta el oasis. Consigo hundirme en tus pies. Estoy a tus pies. Das tres pasos creyendo que la dicha nos espera. Hay más estrellas allá fuera, este no es el único sol por el que andaremos, esta no es la única lava en la que nadaremos. Desde tu muñeca calculas las coordenadas para devolver ese suspiro desesperado, no queda tiempo, pareces decir.

Pero quién eres, me pregunto. Apenas si intuyo las durezas de tus tobillos blancos y el sobresaliente hueso metatarsiano. Y caminas, te tambaleas, das tres pasos y caes de rodillas, me hundo en la abrasadora arena. Se entumecen nuestros huesos, ¿esto era morir helado? Tu manto se cae, se caen los zafiros que cuelgan de las perlas, y de tus lagrimales caen gotas que amasan el enfurecimiento de la tierra. 

Nace una flor. 

Qué tienes en la cara, exhalo, llego a la escotadura supraesternal de madreselva. Por fin. No, no desfallezcas. Y te vacías las cuencas. Contestas, un rayo de sol que se extingue, que ya no vuela, que queda quieto y mudo, vuelve a ser ceniza; y murió.

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