El niño arrancó un pétalo a la flor. Lo despedazó en migajas y lo pisó. Se olvidó de la flor.

Al anochecer, antes de acomodarse en la cama y de abrazarse al elefante de vientre deshilachado y ojos de botón azul, recordó el pétalo que separó de la flor. Pensó que su acción estuvo muy mal, de malcriado diría mamá, y pensó en buscar un gesto o una palabra para pedir perdón. Pero las flores no tienen boca, ni tienen orejas, ni tienen ojos. No hablan, no escuchan, no ven. No cantan, no llorarían de emoción al oír las melodías del arpa de Julia. ¿Cómo disculparse a una flor sin orejas? ¿Cómo saber si perdona una flor sin boca? ¿Cómo saber si mira y comprende esta cara chica y triste de arrepentimiento?

El niño decidió reunirse mañana con la flor. La acompañaría, permanecería a su regazo durante todo el día y quizá eso sirva de perdón, pensó el niño sin pensar.

Mañana

Al día siguiente faltó al cole y corrió hacia la flor. Se sentó a su lado, acarició un pétalo vivo, y esperó. Una hora, dos horas, tres horas… Ni miró el reloj de comunión, ni oyó el mugir del hambre de mediodía, pero presintió como una vocecita que le soplaba o acariciaba, como manos de cosquillas, por entre los mechones rubios tras las orejillas de colegial. Se giró, medio asustado y con cara de no saber, y solo vio pastos de hierba, flores coloreadas y el cielo azul. Aquí no hay nadie. No hay gente. Nadie visita la tierra, todos trabajan hasta las ocho en la ciudad. ¿De dónde viene esa voz?, se preguntó.  

«Florecí de la gracia del sol. Él, que recuperó la raíz durmiente de la tierra. Flor muda. Callada. Lengua de muertos. Abiertos los brazos, esperanza de alas de mariposas. Lágrimas sin ojos, noche tiritando de frío en los pétalos. Lamento sin voz». Parece una canción, dijo el niño a la piedra ardiente y filosa que  brincaba como saltamontes de mano en mano. La piedra, como saben, no respondió. De repente, el niño volvió a mirar la flor y distinguió las brillantes gotitas de rocío que parecían resguardar pedazos desprendidos y dorados del sol. Como espejos diminutos que reflejaran la luz lejana y ciega del sol.

Al oído del tiempo

Decidió remedar las palabras que provenían de aquel aliento tibio y de cosquillas, de aquella garganta sin rostro y como de niña empecinada en juguetear al escondite. ¿Dónde estarías, niña? Sonaban tan bonitas, tan musicales las palabras, que no pensó que él fuera su autor. Yo no soy el creador. Y al decirlas las sintió como pisoteando o estrujando las tripas de su estómago de leche y cereales triturados del desayuno y como empapando sus ojos azules de exaltación. Volvió a entonarlas y la sonrisa crecía a medida que elevaba la voz. Parecía que su voz desplazara las nubes. La presentía el sol. Callaban al oír el crepitar del sol. Tan alto que cantó. Nadie le oía, nadie le respondió.

Miró a la flor, al triste hueco donde ayer vestía un pétalo. Buscó el pétalo descuartizado entre las piedrecitas, palitroques amorfos y hierbajos mustios del terraplén y no lo encontró. Arrojó una piedra embarrada contra unas parras de uvas verdes y zumbidos de moscas hambrientas, como si quisiera deshacerse, de un tajo, de su dolor. Lo habrá recogido el viento, lo habrá enterrado la humedad de la tierra, lo habrá robado una lechuza ladrona o un búho ladrón al caer la noche. ¿Dónde está el pétalo? Perdón, flor. Perdóname, por favor.

Gracias, flor

Y el niño volvió a oír aquellas palabras armoniosas y les entregó su voz mansa y de angelito arrepentido sin alas. Danzó como si fuera una brisa que meciera al jardín de flores. Sus bracitos imitaban los gestos invisibles del viento. Saltó disparatado, fuera de sí, embriagado, como un pobre hombre al ganar la lotería o como un adolescente al recibir el primer capricho de un beso. Y corrió entre las flores coloreadas al ritmo de la canción. Sin destino, sin propósito, solo tarareando su canción.

Miró a la flor, como si ahora exhibiera un rostro amigo. Sus pétalos suaves y rosados. Débiles, mojados, vírgenes, como su voz. Permanecía muda. Cosa taciturna. Se arrodilló y acarició con ternura de madre a hijo, casi sin tocar, todos sus pétalos sonrosados, aún bañados en lágrimas derramadas por un mal sueño, una pesadilla insoportable de flor. «Gracias», dijo a la flor. Gracias por la canción. Y se tendió entre las hierbas, aún húmedas y llenas del vivir monótono de abejas, moscas y saltamontes revoloteando y conversando su lenguaje misterioso de bichos entre el olor a hierba mojada y tierra solitaria, vieja y agrietada. Durmiendo, sereno, entre las hierbas como las flores. Durmiendo el sueño inocente y eterno de las flores. Soñando su voz.  

Las voces de Marina

Al fin, hostigadas por la
venganza, te despedazaron,
mientras el eco de tu canto
moraba aún en leones y
rocas,
en árboles y aves. Aún ahora
cantas tú allí.

Rainer Maria Rilke

¿Qué sintió la poeta Marina Tsvietáieva al empuñar la pluma para escribir Poema del fin? En su hermoso y poco leído ensayo El poeta y el tiempo (Tsvietáieva, 1932), precisa que sus versos no surgen de la observación minuciosa de la realidad o del querer conmover a la gente, sino del oír. Esta es su visión acerca de la revelación poética: presiente un leve murmullo de palabras, la llegada de un eco de música apenas audible, y entonces atiende, persigue, descifra y traslada esos mensajes sonoros al papel. Es decir, la condición del poeta es involuntaria, el poema viene dado a hurtadillas. La poesía no depende de las exigencias de la voluntad personal, del convencido afán de querer componer una elegía o de querer modificar una parcela de la realidad.

No se elige ser poeta, se asume dejarse ser poeta. Este obedece al aliento, la antigua orden, de Orfeo (el dios cantor). El poema elige la voz.

Escena de la película ‘Orfeo’, de Jean Cocteau

Tsvietáieva resume su íntima relación con la poesía en pocas líneas: «No para millones, no para uno solo, no para mí. Escribo para la poesía misma. La poesía, a través de mí, se escribe. ¿Para llegar a los otros o a sí misma?». La condición involuntaria y el rol fundamental del oído del poeta lo ilustra Jean Cocteau en su particular adaptación cinematográfica del mito de Orfeo y Eurídice. Para ello utiliza una radio, objeto dispensador de los antiguos misterios del universo. El hijo de Apolo y Calíope se acomoda en el asiento delantero de un coche a la espera de la emisión radiofónica de mensajes divinos. Él desconoce cuándo sonarán los versos y dedica su espera a oír el transistor.

¿Y qué recoge el oído del poeta? La voz antigua de un rostro sin ojos. El latido de otro. Los suspiros de las sombras. El secreto en la piel quieta de una amante dormida. El sueño alado de las tórtolas. La voz queda del cuerpo ausente, del que solo manifiesta su pena a través del poema. El grito ignorado, derramado en invierno por un ángel desnudo desde el cielo. Poeta: cazador infatigable de lo invisible. Vidente, muerto entre los muertos. No elige. Espera. Escucha. Y canta. Intermediario entre los dioses y los humanos. Atrapa, a través de la palabra, lo invisible.

Las Ménades, vengativas, descuartizaron a Orfeo mientras serpientes, aves, fieras, bosques y piedras oían y retenían su canto. Su voz perduró en la tierra, en el aletear de las águilas, en el rugir amenazante del león, en el oído de Tsvietáieva . La cabeza de Orfeo y su lira aún yacen ocultas bajo el río. Oigo el murmullo lastimero de los ríos. Como lluvia. Parece que alguien llora. Sollozos fúnebres. ¿Y si cedo a la embriaguez de Dionisio? ¿La voz de Orfeo o es el río?…

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Autoficción de un estudiante de Periodismo: "Solo deseo andar a ras de tierra, desplazarme con la ligereza del aire y la monotonía del agua, encontrarme con la grandeza de alguna piedra. De resto, tan solo hay negación de mí mismo. Cáscaras de nuez vacías".


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