La izquierda jamás ha sabido comunicarse. Esta sería, sin ninguna duda, la primera razón por la que el partido de ultraderecha Vox y sus acólitos siguen creando adeptos, siguen revolviendo las redes sociales, siguen manteniendo su cota de pantalla sin que nadie les tosa a la cara. No hay que ir más lejos que al bochornoso episodio de la carne para ver, en apenas unos minutos, cómo Alberto Garzón, ministro de Consumo y coordinador de Izquierda Unida, desconoce cómo dirigirse a su electorado. Eso, junto a las reacciones desventuradas de sus compañeros de coalición, [guiñito a Pedro Sánchez y su diente afilado], solo alimenta el incendio que arde al otro ala de esta casa llamada democracia, a donde los gritos no llegan porque contemplan, ellos y nosotros [todos], el fuego hipnotizados.  

George Lakoff repite cada vez que tiene ocasión que todo es el marco. Más allá de las circunstancias que guían nuestro desarrollo político, económico y social: la cuestión está en el marco. Imagina que tu cabeza es un lienzo. No está en blanco. Está manchado por multitud de vivencias, creencias, cuestiones vitales que marcan tu moral. No eres según tus circunstancias, eres según las costumbres, normas y objeciones que has perpetrado en tu inconsciente al vivir esas circunstancias. Es decir, el libro «No pienses en un elefante» — un breve y exitoso resumen de la obra «Moral Politics»— razona la política desde la moral que impregna la vida. No se limita a ofrecer una explicación basada en la emotividad y la simplicidad del «populismo», sino que arroja sombras en la mirada que creemos clara.

Poli bueno, poli malo

En otras palabras, Lakoff, tomando como campo de análisis la política estadounidense, propone dos modelos: el marco del padre autoritario y el marco de los padres protectores. Responden a estímulos excluyentes cuya meta final es diferenciar qué es el mal y el bien.

Según el padre autoritario, si eres malo, no conseguirás alcanzar una vida digna, por lo que necesitas a un guía, a una cabeza de familia representada en el padre fálico y neoliberal, que sea estricto y marque tu camino sin opción a réplica ni objeción puesto que conoce qué es bueno para ti. Por tanto, si eres bueno, conseguirás lo que más ansías: la independencia, una familia, un trabajo, dinero, podrás avanzar y dinamitar las metas que el sueño americano ha promocionado en tus descansos de clase con una coca-cola y un móvil que mira al rapero envuelto en oro de turno. Con esta lógica, si eres bueno y estás en la cumbre del éxito, ¿por qué habrías de contribuir con tus impuestos a que los malos, aquellos vagos dependientes que no han querido ser disciplinados, se beneficien de tus esfuerzos? ¿Por qué habrías de dejar que se aprovecharan de ti?

En cambio, los padres protectores sí entienden que el desarrollo de las capacidades de cada individuo necesitan de refuerzos positivos, tanto educacionales como sociales, para que alcancen igualmente sus sueños. En el plano teórico, cuando se plantea la figura de estos progenitores se iguala la condición entre géneros y alcanza la dimensión de comunidad. Ellos comprenden que su labor debe ser guiar a sus pupilos con valores tales como la empatía, la responsabilidad, el cariño, el esfuerzo, la atención mutua, la comunicación abierta y bidireccional. Reconocen que partimos desde condiciones desiguales, así que velan por que haya un entramado social que apoye y promocione a quienes son su familia, su población, su cuerpo de trabajo. ¿Por qué he de mantener bajo el yugo de la injusticia a mi sociedad cuando solo quiero que crezca y viva en paz?

Vox responde al modelo de padre estricto: su coto está bien delimitado por unas líneas francas que vociferan «no temas, yo soy tu protección, yo soy tu camino». Incluso, Isabel Ayuso está dentro de ese modelo cuando borra a Samuel de sus palabras. ¿Qué es lo que quiere decir cuando omite al sujeto? ¿Cuál es el mensaje a su electorado? «Esta izquierda, este colectivo, se excusa en cualquier menudencia para montar jaleo, pero, ¿saben qué? A los chicos buenos no se les golpea, ni apalea, ni asesina; a los chicos buenos los protegemos en nuestro partido si perpetran una conducta digna; a los chicos buenos nadie los llama maricón».

Hay datos. La incentivación de emociones de los votantes como el orgullo, el odio o la inseguridad están detrás del 70% de los mensajes políticos de Vox, frente a un 20% de carácter más racional, recoge el estudio «Las emociones como estrategia de comunicación en las elecciones europeas de 2019: VOX». El aparato ideológico de sus bases, a pesar de la burda expresión, está cimentado en una simbología que presiona y entumece las sienes ante un mundo cada vez más cambiante. Eso asusta. Eso da miedo. Y ellos saben cómo alimentar el terror.

También al amenazar a un medio de comunicación.

La eterna indecisión

Sin embargo, conocemos los males de la izquierda. Incapaz de unirse en un frente común y dispuesta a inmolarse entre sus filas en vez de provocar el estallido en las calles, huye de estructurar un marco que sea apoyo para una sociedad que ha de avanzar hacia el bienestar común.

Cualquiera dentro de un círculo progresista ha oído las siguientes preguntas: «¿Son tontos? ¿Por qué votan a los empresarios si son quienes les explotan? ¿Por qué vota por un tío que dice que quiere expulsar a los negros si su vecino es inmigrante y lo adora? ¿Por qué son tan imbéciles, no se dan cuenta?». No son tontos. No son imbéciles. No necesitan de una actitud compasiva ni paternalista. Lo que ocurre es que tienen un marco, y una financiación que ya quisiera cualquier socialcomunistabolcheviquesanchista. Que Wall Street esté presente en la sopa y que se les dé mano abierta a los filántropos millonarios o a los youtubers que se van a Andorra no es casualidad.

La derecha ha trabajado en sus propios intelectuales, ideológicos, teóricos y formadores para que lleven el discurso como seña allá donde vayan. Las universidades estadounidenses son elitistas, las congregaciones del Opus Dei lo son, el reservado de 500 € en el embarcadero de Marbella también. Dios los cría y ellos se juntan. Mientras, la izquierda se empecina en ser moralmente condescendiente y no moralmente convincente.

El reportaje de El País Por qué voto a Vox recogió los testimonios de obreros, estudiantes y gente de clase media y baja que votaba a la agrupación de Santiago Abascal. En los párrafos que iban desgranando el modus operandi de aquellas personas, se recogían los valores con los que se identificaban: seguridad, fortaleza, dominación, inmovilismo; entendidos como un lugar común al que aferrarse y del que sentirse orgulloso. Un lugar, como la infancia que queda en una fotografía, al que volver y del que no sentirse extraño. Hubo polémica en redes dentro de mi burbuja informativa, se decía que por qué era necesario dar ese espacio en el medio de comunicación, ¿y por qué no? Esos mismos votantes que se movilizarán con más ímpetu si cabe cuando sea la fecha son los mismos a los que se necesita convencer de que el odio y la fractura social no es la solución: ese no es el marco del bienestar colectivo.

Conocer para convencer. Convencer para cambiar. Cambiar para ser mejores.

La estrategia del marco

Redirigir el tiro.

Lakoff da una serie de pautas. Puedo enumerarte algunas.

Trata con respeto a tu contrincante, no caigas en las bajezas ni en el grito fácil, debes de mantener la calma durante la farragosa batalla dialéctica. Indígnate ante una ofensa moral, pero no pierdas la cabeza, incluso, responde con buen humor (¿has visto el salero que tiene Juan Moreno Bonilla, que aún teniendo de aliado a Vox no se le caen los anillos al darles arrente con esa media sonrisa que ha conquistado a las señoras andaluzas?). Actúa siempre a la ofensiva, no a la defensiva, habla con voz firme y deja que tu cuerpo muestre la fortaleza de tus convicciones morales con sinceridad. Y reenmarca, reenmarca siempre.

No podrás convencer a un conservador ultra, pero sí a los indecisos. Los indecisos son indecisos porque operan en ellos los dos modelos de padre estricto y padres protectores de forma pasiva y activa simultáneamente. Algo que Toni Cantó nunca supo llevar demasiado bien. Este electorado, que en su mayoría corresponde al amplio espectro de la sociedad que vive en armonía y tolerancia, es por quien la izquierda debe luchar y convencer reencuadrando.

Un ejemplo: el ala derecha y ultraderecha del Congreso tilda los indultos de una traición a la patria; pues, preguntémosles: ¿no desean una concordia común, cuando estos hombres ya han rendido cuentas a la justicia por sus actos y, más allá de ellos, velamos por el conjunto de catalanes y españoles que desean emprender un nuevo camino de diálogo? U otro. Hablando de la eutanasia, algo que resulta inmoral según los valores judeocristianos: ¿prefieren hacer sufrir a sus seres queridos, negarles una muerte digna, abocarlos a que se condenen y mueran desamparados y solos, pues no cejarán en sus esfuerzos?

Piensa y habla desde tus valores, aquellos que representan la paz, la estabilidad, la empatía, la responsabilidad, la dignidad… No seas el PSOE intentando explicar la factura de la luz, tal vez más una Yolanda Díaz, pero, sobre todo, lucha por los derechos de todas y cada una de las personas de este maldito mundo.

P.D.

Y esta canción te la dedico a ti, que te echo de menos, muchísimo, aunque nunca lo llegues a saber.

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Periodista. Cielo azul, salitre, viento gélido, tres ingredientes para mi rincón favorito. ¿Un verso?: "Algún día seré todas las cosas que amo". Y que me narren cuentos.


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