La semana pasada, el ministro de Consumo, Alberto Garzón, se hizo eco de las recomendaciones sanitarias y nutricionales, con numerosos y robustos estudios científicos detrás, que afirman que deberíamos transitar a una dieta con menos carne, en favor de más vegetales, como verduras o legumbres.

La reducción del consumo de carne tiene motivos éticos, ambientales, nutricionales y económicos

Además, hay otra cuestión en el asunto: una dieta con menor presencia de productos animales es más sostenible climáticamente, pues el impacto de la industria ganadera en las emisiones y en la deforestación es altísimo (lo que sucede con la soja, que en un 77% se destina a alimentar a la ganadería, mientras que el 7% es para consumo humano), como sintetiza el dietista-nutricionista Julio Basulto en su blog. Por no hablar de las cuestiones económicas (la proteína vegetal no solo consume menos recursos sino que también es más barata que la animal) o las éticas.

A pesar de que el mensaje contenía todas las recomendaciones que durante los últimos años numerosas instituciones científicas e internacionales (como la OMS o los propios dietistas-nutricionistas), se armó la de San Quintín contra las palabras del ministro, principalmente en el agujero negro que muchas veces representan las redes sociales. Se abrieron dos vertienes de disputa, la cultural y la económica (la primera, bien resuelta por personalidades como el secretario general del PP -artífice del transfuguismo en Murcia- Teodoro García Egea, con el hashtag #YoComoCarne).

¿Qué hacemos con los puestos de trabajo asociados a la industria?

La segunda, la económica, es la que realmente tiene un trasfondo importante, pues de la industria ganadera vive muchísima gente, muchos empleos que se sostienen gracias a esta actividad. Y es aquí donde está el debate que, a mi juicio, es el verdaderamente trascendental.

Si dejamos a un lado las cuestiones culturales (como la eterna asociación del jamón serrano a la españolidad, al que, por cierto, nadie te prohíbe comer sino que reduzcas su frecuencia), con esta cuestión pasa exactamente igual que con otras que implican grandes transformaciones en los modelos e industrias de nuestros países.

Debemos afrontar la transición consciente de sus luces y sombras

El mejor ejemplo, por su acción actual, es la del sector energético. Estamos inmersos en una transición ecológica y los planes de recuperación de la crisis de toda la Unión Europea se vertebran, entre otros ámbitos, por el empuje hacia una economía verde, descarbonizada y, en definitiva más sostenible. Y se produce ahora cuando el cambio climático y sus consecuencias son más que evidentes, pero los informes científicos lo vienen avisando desde hace mucho tiempo atrás, y la presión y sensibilidad social no paraba de crecer.

No obstante, por muy elevadas que sean las partidas para esta transición ecológica (que lo son, afortunadamente), el camino no es fácil en ningún sentido, pero donde más aplomo tiene es en el empleo. La transición es pausada y extensa en el tiempo, no se puede cambiar todo un tejido productivo de la noche a la mañana, ni de un mes a otro. Irremediablemente, muchos trabajadores verán fecha de caducidad en su empleo, y estarán abocados a reconvertirse o, como pasó con la industria minera, quedarse sin trabajo.

Dejémonos de soflamas y apuntemos hacia lo importante

Para que este shock, que se puede extrapolar a cualquier otro sector relacionado con esta transición energética, no suponga un camino sin salida para nadie, desde las instituciones públicas, como el Ministerio de Transición Ecológica y Reto Demográfico, se pusieron en marcha diferentes programas de ayudas, como el destinado a mantener el nivel de vida de los trabajadores mineros afectados por el cierre de las minas.

Por tanto, el debate no debería estar centrado en si debemos comer más o menos productos de origen animal, principalmente la carne roja (los estudios lo dejan claro, y lleva siendo una recomendación nutricional y médica muchos años), sino en cómo pilotamos una transición sin dejar a nadie atrás. Aceptando, por su parte, que no va a ser fácil ni agradable, ni por supuesto de un día para otro, pero más que necesaria.

¿Cómo garantizamos el nivel de vida de familias enteras dedicadas a la ganadería? ¿Cómo reducimos el impacto hacia los trabajadores de la disminución del consumo de carne? ¿Cómo, como institución pública que promueve hábitos saludables, paliamos las consecuencias económicas y humanas derivadas de este empuje hacia la transformación? ¿Destinamos las ayudas a hacer más eficientes y sostenibles los métodos ganaderos, como solución a corto plazo, o miramos hacia el futuro y profundizamos más en la transición hacia una dieta más sostenible, sana y justa? ¿Qué hacemos durante esa transición, cómo gestionamos estos empleos?

¿Podremos adelantarnos y ser valientes esta vez?

Esas, para mí, deberían ser las preguntas que protagonizasen el debate, que pusiesen sobre la mesa las características de la industria, las debilidades, las fortalezas, así como los diferentes modelos y respuestas posibles con las que afrontar el problema, y las consecuencias derivadas de cada cual y cómo atajarlas a tiempo.

Como con los hábitos nocivos del tabaco o el alcohol o como con las energías fósiles y altamente contaminantes, la ciencia nos está marcando el camino a seguir. Podemos alejarnos de las soflamas artificiales del #YoComoCarne o el «donde esté un buen chuletón…» (del presidente del Gobierno) y sentirnos atacados por un simple mensaje, cierto y conciso, y recibir un debate que más tarde o más temprano va a llegar, como aterrizó con las energías renovables.

La cuestión es si seremos lo suficientemente valientes y serenos para abordarlos en todo su espectro (principalmente, atendiendo y poniendo en marcha ambiciosos programas de protección social a los trabajadores del sector), o si preferiremos quedarnos con el mensaje anticientífico y negacionista de una realidad que, más pronto que tarde, nos va a comer y a la que llegaremos a destiempo.

Para más información sobre las consecuencias de nuestra dieta y las ventajas de llevar una con poca presencia de productos de origen animal, puedes leer el blog y los trabajos de los nutricionistas Lucía Méndez (Dime qué comes), Aitor Sánchez (Mi dieta cojea, con su reciente libro Tu dieta puede salvar el planeta) o Julio Basulto (que también publicó un libro hace muchos años, junto a Juanjo Cáceres, Más vegetales, menos animales), entre otros.

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Estudio Ciencias Políticas y Sociología en la UC3M y combino mi pasión por los fenómenos políticos y sociales con la cultura, elementos indisociables de una misma y compleja realidad. Desde pequeño me ha encantado escribir y lo utilizo como manera de evasión y difusión.


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