En 2018, un grupo de estudiantes de Tenerife decidió emprender un proyecto cultural con sello canario para renovar y promover los referentes intelectuales de una nueva generación. Cuatro años más tarde, ese equipo de redactores entregados se ha extendido por todo el territorio español, pero se ha mantenido siempre fiel a la esencia inicial. Como cada septiembre, celebramos el cumpleaños de esta revista con una colección de tres trípticos, aunque este no siempre se presente de la manera que uno se espera.

1. Un tríptico urbano

Antes de que Rosalía nos hiciera bailar al ritmo de Despechá, la última canción del verano, ya nos había deleitado con dos álbumes: Los Ángeles (2017) y El Mal Querer (2018). La artista catalana irrumpió en la escena flamenca con una propuesta marcadamente personal, aunque todavía demasiado fiel a los sonidos tradicionales del género. Aquel primer disco sirvió, eso sí, para situarla como una joven promesa de la música hispana y una de las mejores voces solistas de su generación. Todo ello se confirmaría en El Mal Querer, donde no solo llegó a convertir un romance medieval en el hilo conductor de sus canciones, sino que también fue capaz de recrear un imaginario a un tiempo individual y colectivo. Cuando pensábamos que que la hibridación del flamenco con la música urbana no daba más de sí, en 2022 lanza Motomami, un álbum que rompe los esquemas. Desde una balada sexual hasta ritmos de jazz entremezclados con reguetón y bachata: todo vale en un álbum en el que Rosalía nos demuestra que no es la artista que creíamos que era y que está dispuesta a romper las reglas de lo clásico y lo moderno.

2. Un tríptico cotidiano

En 2017, Sally Rooney sacó su primera novela: Conversations with friends. Desde entonces, ha publicado también Normal People (2018) y Beautiful world, where are you? (2021). Las protagonistas son mujeres que habitan en el caos de la cotidianidad de nuestra era: precariedad laboral, desconcierto ante los nuevos vínculos sexoafectivos y decepción ante un futuro cada vez más incierto. Son amigas, amantes, escritoras, involucradas políticamente, son caóticas. Es difícil no leerlas y decir: también soy yo. Han sido unos años convulsos a escala global: guerras, corrupción, volcanes, catástrofes naturales y, sobre todo, una pandemia mundial que nos confinó durante meses en nuestros ridículos y minúsculos pisos urbanitas. Entre tantas emociones fuertes, necesitábamos (o al menos yo) historias calmadas en las que nada pasa, solo la vida: una vida como la mía, como la nuestra, sin héroes. En esa revoltura existencial que impregna las novelas de Sally Rooney, la amistad es un bálsamo y una orilla tranquila a la que arribar: las protagonistas conversan mucho con sus amigas, piensan a sus amigas, sienten a sus amigas, las acompañan. Y así, para ellas y para mí, entre política, revoluciones, trabajo y afectos: empieza, transcurre y termina la existencia humana.

3. Un tríptico metropolitano

Las series con tramas sobre asesinatos son un arma de doble filo: tienen ese punto que es capaz de atraer a cualquiera, pero también juegan con la posibilidad de que no enganchen si no aportan nada nuevo a las tropecientas existentes. Con Solo asesinatos en el edificio (Disney +, 2021), sucede lo primero. A través de episodios cortos, tres vecinos sin relación previa, pero todos amantes de los pódcast sobre crímenes, crean uno al coincidir con otro inquilino de su edificio, en el ascensor, minutos antes de su muerte. Ellos son Charles, un actor que lo «petó» en los ochenta y ahora venido a menos; Oliver, un director artístico de Broadway también en sus horas bajas; y Mabel, una joven artista intentando encontrar su lugar y que guarda más secretos de lo que parece. En el Archonia, el bloque de pisos en el que viven, las relaciones vecinales son iguales (o peores) que las de la vida real. Solo que en él, además, hay asesinatos (y… ¿asesinos?).

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