Filología, Humanidades

La influencia de la RAE en el español que hablamos

Hace algo más de 300 años, se fundó, en nuestro país, una institución cuyo lema rezaba lo siguiente: “Limpia, fija y da esplendor”. Hablamos de la RAE, constituida en Madrid por Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga en el año 1713. Este organismo nace con la intención de homogeneizar el uso de la lengua española. Esto provoca que haya marcado a lo largo de su historia y siga marcando las pautas del “buen” español y de la manera en la que lo empleamos, lo que ha provocado que se creen ciudadanos de primera y de segunda. Esta situación de desigualdad se ha dado en todas las modalidades y dialectos del español, dentro y fuera de España.

Para entender este proceso, tenemos que remontarnos a 1561, año en que Felipe II decidió trasladar la corte hacia Madrid que no ha dejado de ser la capital, salvo contadas excepciones. Esto conlleva a que se convierta en el lugar sede de las clases más altas de la sociedad castellana, pues numerosos eran los nobles e intelectuales que allí vivían. Y, por supuesto, muchas eran las influencias castellanas por el dominio del Reino de Castilla y León.

¿Qué es el español?

Este hecho es un factor clave para entender los primeros años de acción de la recién creada RAE. No debemos olvidar, por otro lado que, cuando se intenta estandarizar una lengua (la esencia primera de la RAE), se tiene que elegir un dialecto de los existentes en el español como base para dicha estandarización. Es decir, no es la lengua la que crea dialectos, sino que, a partir de uno de los dialectos existentes, se crea ese ente “superior” y “abstracto” al que denominamos lengua. Es obvio, pues, que el dialecto que se eligió fue el castellano, no solo el propio de la zona sino también el hablado por las clases altas, asociadas al poder político del momento. Otro de los objetivos que perseguía la RAE, y que deja claro desde sus orígenes, era la preservación del español, pero ¿de qué español? Esa era la clave, cómo conseguir mantener la lengua sin que se sobreponga ninguna variedad sobre otra. Pero esto se presupone tarea imposible si tenemos en cuenta que se toma como modelo no sólo un dialecto asociado a los poderosos sino el asociado a una zona reducida de la geografía española. Y no solo se quedan a un lado el resto de los dialectos del país, sino las variedades que se dan en América. Y estas, además, están doblemente afectadas: el proceso de imposición de la lengua española realizado en dicho territorio -con la consecuencia inevitable de desprestigio y eliminación de las lenguas indígenas que allí existían- posee un tono colonialista que hace que los que lo ven desde la orilla europea del Atlántico le otorguen menos prestigio, como si se produjese un deterioro el español “de verdad”.
Una vez llegados a este punto, aparece una disyuntiva preocupante: el pensamiento de que unos hablan mejor español que otros, y el papel de la Academia en el proceso de regulación y cambio de nuestra lengua.

Gramática_de_la_lengua_castellana_RAE_1771

Gramática de la lengua castellana (1771)

El pensamiento de que los castellanos hablan mejor español, que el “español más puro” se habla en Valladolid (ejemplo más que recurrente) está instaurado en las mentes de muchos hablantes de nuestro país. Así nos encontramos por un lado, con que los propios castellanos tienen interiorizado el pensamiento de que usan el español correcto y, por otro lado, el resto de las personas, principalmente los habitantes del sur, que piensan que no lo hacen. Y aquí, de nuevo, el trasfondo de la cuestión es la adopción y estandarización del español a partir de dialecto castellano, que atendió, en su momento, a razones más políticas y económicas que puramente lingüísticas, pues el español no emanó de la nada en el centro de Castilla. El problema que se crea con esta situación, y que seguimos arrastrando, es que parte de los hablantes, por ejemplo, de las islas Canarias, tenga asumido el discurso de que “hablamos mal”, simplemente por el seseo, o por el uso de palabras propias del español de Canarias que, evidentemente en la Península no son utilizadas. Se adopta un papel de ciudadano de segunda, de categoría inferior, frente a los ciudadanos de primera que hablan el español puro, o sea el castellano. Creo que huelga decir, en este punto , que la tesis de que existe un “verdadero” español y otros que hablan un español “degradado” está más que desmontada atendiendo a razones puramente lingüísticas. Está claro que, quien se quiere sentir superior frente a otros lo hace contemplando hechos políticos y sociales. Si seguimos un esquema piramidal ordenando las variantes del español, según aquellos que creen que hay un mejor español que otro, quedaría así: en la cúspide, el español castellano; seguido de las variantes sureñas de España; y, después, el español en los diferentes países de América. Debemos añadir un dato que es bastante revelador: de todos los hablantes del español, tan solo un 11,3% de ellos, son nativos de España. El 88,7% restante, se reparte a lo largo del planeta, principalmente en América. En la misma línea, se une a este argumento de “peor” español, la asociación de Latinoamérica a clases más bajas, más populares, más pobres.

“La variedad predominante del español es la meridional”

Por último, el papel de la RAE tanto en las situaciones anteriores como en los procesos de adaptación de las estructuras de la lengua deja mucho que desear. Primero, como hemos dicho, no ha jugado un papel que haga que las diferentes variedades estén a la misma altura y con las mismas condiciones sobre el terreno. Por consiguiente, ha creado una actitud de superioridad moral -o lingüística- en algunas zonas, como gran parte de España; a la misma vez que, en otras partes, insistimos, mayoritarias, se generaba una conciencia inferior en cuanto a la variedad de la lengua que hablaban. Por tanto, no es para nada descabellado deducir que la RAE ha intentado ir más allá de sus funciones meramente lingüísticas: ha ahondado en discursos de carácter político e incluso, económicos, que generan una brecha imaginaria entre hablantes de la misma lengua, con tonos colonialistas con respecto a América o, simplemente, con Canarias. Pero si vamos más allá, vemos como la institución se ha extralimitado en sus papeles, y ha desconectado de la realidad, ha desconectado de la esencia de una lengua: esta no se construye desde un centro de poder, desde una academia; se construye desde los hablantes. De esta manera, no solo ha perdido el prestigio que podía tener, sino que se ve como una organización que da tumbos mientras intenta “legislar” sin éxito. Por ende, la función reguladora que la podría caracterizar, a la vez que la de recomendar ciertos usos y formas, pierde sentido cuando intenta imponer una norma o medida a una sociedad que ya ha decidido no ir con ella.

Muchos son los cambios que ha sufrido el español desde hace unos siglos hasta ahora. Está claro, y todos hemos visto ejemplos de ello, aunque existan similitudes, la lengua de Cervantes no es la misma que la de Almudena Grandes en Los pacientes del doctor García, recientamente galardonada con el Premio Nacional de Narrativa.
La RAE es necesaria, nadie lo cuestiona. Pero desde luego, no como institución que prima condiciones políticas y económicas por encima de las estrictamente lingüísticas, que exige que se hable de una determinada manera sin contar con sus hablantes.

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