Cualquiera puede ser escritor. Solo hay que coger un folio en blanco y rellenarlo de frases que tengan sentido. O ni siquiera eso. Basta con ponerte a rayar papeles con el alfabeto inventado por un anónimo griego en el siglo VIII a.C. Conseguir ser un artista de las palabras ya es otro saco de boxeo que golpear. El endiosamiento de la literatura y un mercado en continua expansión han provocado una inmensa oleada de títulos que llenan nuestras tiendas favoritas cada año con una oferta que, en su mayoría, no aporta nada diferente o de una calidad relevante.

Con estas líneas, no busco poner en el punto de mira a los escritores. Aquel que sea incapaz de mirar su obra con ojos honestos, allá él con su ceguera selectiva. Más bien es una crítica hacia el sector editorial, que en vez de velar por este noble arte, lo ha convertido en un producto más que se suele vender al peso. Y mejor no me pronuncio sobre la prensa literaria, que se ha convertido en un vasallo acrítico de todo este esperpento capitalista.

Supera los límites que te impones

El artista de las palabras es un ser que duda constantemente de la suyas. Es la única forma de reinventarse e intentar adquirir una voz propia. La autocomplacencia y la falta de lecturas diversas de autores con diferentes estilos nos llevan inexorablemente a quedarnos estancados en la mediocridad. Hay una anécdota muy interesante que extraje de Cómo piensan los escritores, de Richard Cohen, que explica bastante bien la sensación a la que me refiero.

Un día, la hija del novelista estadounidense E. L. Doctorow le pidió un justificante porque iba a faltar a clase. Empezó a escribir la nota, pero no quedó satisfecho con el resultado, así que hizo una segunda con la que tampoco se quedó a gusto. Repitió la actividad hasta llenar el suelo de borradores, y solo fue interrumpida por la desesperación de su hija, que iba a llegar al colegio. Rápidamente, su esposa hizo acto de presencia y redactó el breve escrito. De esta graciosa experiencia, Doctorow concluyó lo siguiente: «He intentado escribir el justificante perfecto. Ha sido una experiencia muy reveladora. Escribir es increíblemente difícil. Sobre todo, en las comunicaciones breves».

El artista: de escribiente a escritor

Al margen de la calidad literaria del autor, esta actitud la considero perfecta y propia de alguien que ama las palabras y busca siempre llegar de la mejor forma posible al receptor. Al fin y al cabo, en eso consiste la literatura, en explorar nuevas formas de comunicación. Romper la monotonía de las frases, cadencias y plasmaciones cliché. Odio (su pensamiento, no a las personas) a los que dicen que escriben para sí mismos. Es una mentira horrible. Porque, si fuera verdad, significaría que jamás publicarías o dejarías que alguien leyera tus escritos. Es absurdo hacer esta afirmación y después querer reconocimiento o ganar dinero con tu literatura. Lo correcto sería decir que se escribe para sorprenderse a uno mismo, y que sin eso, de poco vale lo que piensen los demás.

La autoexigencia sin límites tampoco es lo que predico. Lo único que pido es un intento serio de no caer siempre en los mismos agujeros, de tratar la literatura como se merece y respetar el dinero y el tiempo de la persona que va a comprar tu obra. Y con ello no me refiero a que tenga que gustar a todos. Por nombrar, Pilar Pedraza y Mario Vargas Llosa son dos grandes escritores que soy incapaz de disfrutar, pero eso no significa que no sepa ver la gran calidad de su trabajo. Simplemente, sus escritos no están hechos para mí. En definitiva, lo que quiero expresar con esta aburrida verborrea escrita, se podría resumir así: no intentes publicar un escrito que no incluirías entre tus favoritos. Esa creo que es la única forma de conseguir a llegar correctamente las normas establecidas u ofrecer algo que marque al lector. Bueno, o al menos ese es mi pensamiento.

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Dejo que mis palabras y acciones sean las que me presenten ante el resto. Vano es intentar describir mi cuadro interno, pues soy incapaz de darle una forma coherente con la realidad.


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