Una puerta. Suena el silencio de los pasillos frescos de los sábados matutinos en la Società Dante Alighieri de Granada, y aparece Andrea Arcuri. No para de moverse durante algunos segundos, quiere que sus invitados estén cómodos, que el vaso de agua en forma de chupito esté a pleno rendimiento, y cuesta imaginar esa energía que desprende atravesada por la metódica paciencia de un investigador en Humanidades al repasar textos entre guantes y horas, buscando un resquicio por donde asomarse en la historia. Hasta que apareció una caja que guardaba la devastación de una región inmensa que condensó en el artículo científico Las Alpujarras después de la “rebelión”: la visita pastoral de 1575.

Los ojos curiosos están habilitados para encontrar detalles minúsculos que sirvan de mensajeros. Eso era lo que sucedía con las visitas pastorales, un método que utilizaba la Iglesia católica desde el medievo para revisar tanto el conjunto de sus bienes y la administración de ellos como la investigación en el terreno de las prácticas de sus feligreses. Una misión, encomendada a los eclesiásticos, para analizar y registrar lo que sucedía en las inmediaciones donde un WhatsApp no llegaba ni a la otra punta del carruaje. Esta es una de las vertientes de investigación de Arcuri, doctor en Ciencias del Patrimonio Cultural y en Historia y Artes por la Università degli Studi di Palermo y la Universidad de Granada, quien colabora en el proyecto de investigación Disciplinamiento social y vida cotidiana en España y el mundo colonial (XVII-XVIII) de la UGR. De repente, en esa caja del Archivo Histórico del Arzobispado de Granada encontró de manera fortuita el legajo 127-F: una pieza de cuatro folios datada de 1575 que ponían en conocimiento del arzobispo de Granada, Pedro Guerrero, el estado de las Alpujarras.

«Entendí enseguida la importancia del documento, sobre todo a nivel cronológico, ya que estaba redactado cuatro años después de la Guerra de las Alpujarras», describe Arcuri, «sentí sorpresa y, de repente, en esa relación extraña que se crea entre el investigador y los documentos al estar trabajando, por un momento fue como si pudiera arrojar luz al pasado». Muestra las grafías, claras, de los papeles cuyos bordes empiezan a consumirse.

Al otro lado de la pantalla, Teresa Espejo, catedrática del Departamento de Pintura de la UGR y especialista en conservación y restauración, comenta que puede estar en buenas condiciones gracias a las condiciones del entorno y a que «contrariamente a lo que nos pueda parecer, el papel es un material muy resistente que conservado en un ambiente estable y unas adecuadas condiciones de higiene y protección se puede mantener en perfecto estado durante siglos».

Ahí, en unas líneas breves salvaguardadas en el tiempo, está la descripción de una localización inhóspita cuyos edificios religiosos estaban ruinosos y desplomados a causa de la contienda, de la escasa población que permanecía tras la expulsión forzosa de más de 80.000 personas y el genocidio de otras tantas.

«El interés de esta visita estriba en que entra dentro de los mecanismos de disciplinamiento social, tanto individuales y sociales, impulsados por la Iglesia en la Edad Moderna, los cuales se hicieron más potentes a raíz de la Contrarreforma», indica Arcuri, «y es curioso porque, como el sacramento de la confesión u otras herramientas, esta visita ya nace como un instrumento de control por parte de un organismo central, la Archidiócesis, que envía visitadores para investigar in locu, como ocurría en las parroquias, en el resto de las Alpujarras o en el Valle de Lecrín».

Como dato curioso, en la transcripción del texto se menciona a un cura canario

«que ejercía en la taha de Órgiva, territorio en régimen de señorío. Al parecer, dicho sacerdote, se entrometía «en las cosas del gobierno» e incluso, según lo que relata la fuente, incitaba a los feligreses a la sedición contra el señor: «es muy inquieto y trae aquella taha a revuelta». Por tales motivos, esencialmente “políticos”, el visitador recomendó el alejamiento del sacerdote».

Es decir, un pejiguera del que se podría escribir una historia…

La Guerra de las Alpujarras

La Guerra de las Alpujarras (1568-1571) es una de las fechas claves para entender la alianza inquebrantable entre el poder político y religioso del Imperio español en la Edad Moderna. Pero primero, remontémonos algunas décadas.

Las Capitulaciones para la entrega de Granada del 2 de enero de 1492 sellaron la rendición del sultán Boabdil ante los Reyes Católicos. Esta paz, esta victoria, esta consagración al inicio de una nueva era en la ciudad nazarí convulsionó la costumbre y práctica religiosa de las culturas que convivían. A partir de entonces, se instigó y vigiló a los moriscos, musulmanes convertidos que habían aceptado la fe de los vencedores para entrar en las ciudades conquistadas por el reino como viejos cristianos, con el fin de que respetaran e integraran la nueva doctrina en sus vidas. Así, se pretendió exterminar definitivamente la cultura y la religión de todo un colectivo -¿minoritario cuando en proporción era similar al cristiano?- que era discípulo del credo musulmán.

Si bien durante el reinado de Carlos V se intentó una política de equilibrios insostenibles, la llegada de Felipe II supuso el endurecimiento de las medidas tomadas después de sus predecesores que desembocaron en la batalla. El Concilio de Trento, fecha clave para la adopción del nuevo dogma eclesiástico, fue aprobado y trasladado en forma de ley a España dos semanas más tarde por el monarca, como detalla Henry Kamen en su artículo La política religiosa de Felipe II, por tanto, la hegemonía cristiana era incontestable. «La construcción de España como potencia pasa por una identificación evidente con el catolicismo, por lo que no tenían cabida otras diferencias como los judíos o los mismos moriscos, así que queda patente una política cada vez más discriminatoria», insiste Arcuri. Asimismo, la reintroducción de la Inquisición, la promulgación de la Pragmática Sanción de 1567 por el rey y las tensiones habidas en la región provocaron, finalmente, la Rebelión de las Alpujarras.

Una contienda sangrienta, como recalca Arcuri. ¿Por qué insistir? «A veces, es importante subrayar lo obvio porque, con respecto a la lectura de la Rebelión de los Moriscos, hubo violencia por ambas partes en cuanto a que mataron a clérigos, sí, y destruyeron edificios religiosos y demás, pero también hubo una matanza por parte de las tropas que acudieron a sofocar la contienda. Quiero remarcarlo para no caer en el error de leer con los ojos del siglo XXI acontecimientos del siglo XVI”.

Señala una pintada que hay en frente de nuestro edificio. Esta. «Es reduccionista».

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Pintada frente Società Dante Alighieri de Granada. Foto: C.R.

Ante la vista del pastor: desolación. «Estamos ante un paisaje totalmente despoblado, puesto que hay un 80% menos de población», dice el investigador, «es una zona herida, y las preocupaciones por parte de las instituciones políticas y religiosas se centraron en repoblar, reconstruir los edificios, sobre todo sagrados» Estas son las deducciones que se sacan de la lectura del legajo. Además, en consonancia con las posteriores visitas pastorales, se entiende el cambio en la fisonomía de la sociedad del entorno.

Entre las consecuencias, numerosas, destaca el desprestigio de Granada como capital del reino, recoge el doctor Francisco Javier Martínez en su tesis Cristianos y musulmanes en la Andalucía moderna. El empobrecimiento de las continuas guerras y la moral decaída de sus gobernantes empañó la luz que en su día había guiado a Isabel I la Católica a erigir la Capilla Real en la catedral como signo del poder conquistado. Sin embargo, Carlos V declinó en su testamento continuar en el monumento funerario y, queriendo alejarse de uno de los episodios más trascendentales y polémicos de su mandato, Felipe II comenzó la construcción de El Escorial. El simbolismo de este gesto tomó el impulso como estocada final a Granada trasladando a la monarquía hispana a Madrid, un gesto para una nueva generación, tal y como hicieran sus antepasados en las tierras que alumbraba el sur.  

La distancia del investigador

Arcudi no es creyente. Se ríe, casi que lo prefiere. Su acercamiento es puramente científico, aunque no niega que posea una sensibilidad especial para las cuestiones relacionadas con el control social. Su tesis está enmarcada en el campo comparativo entre dos territorios periféricos de la monarquía hispana: el antiguo reino de Granada y el virreinato de Sicilia. De allí procede, su acento lo delata, y de aquí se ha enamorado.  

Es difícil hacer una revisión de los hechos históricos sin caer en las pesadillas del presente. «El cometido del investigador es analizar, aún resultando incómodo», ¿cómo, que la Historia puede ser incómoda? Recuerda que el estudio sobre la disciplina social tuvo origen en las pesquisas de Michel Foucault o en la historiografía alemana al buscar en el pasado ciertas reflexiones que esclarecieran su tiempo. Evita los paralelismos.

Ahora, sobre las Alpujarras resalta que es un acontecimiento bisagra en la historia de España de cara a la uniformidad y hegemonía católico-cristiana. Sorprende. Sorprende que el episodio de la Guerra de las Alpujarras sea una de esas visiones alejadas del ámbito de estudio escolar, aunque entre los académicos universitarios tenga sumo interés. ¿Será por el genocidio, por la opacidad, por negar que la intolerancia religiosa fue seña de ese contexto? [Esto ya es una reflexión de la autora contemporánea].

Arcuri ha intentado averiguar las distintas políticas de disciplina social que se implantaron en España a lo largo de esos siglos. Como investigador prefiere optar por preguntas novedosas con las que aguijonear a las fuentes escritas que, en ocasiones, se quedan mudas o hablan según el cariz de sus cuestiones. Eso sí: «Nunca hay que traicionar al documento», lo cual extrapola a la posible perversión del método científico en la que cae algún teórico, que en vez de encontrar respuestas a sus preguntas, busca preguntas a sus respuestas.  

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Detalle del legajo 127-F sobre la visita pastoral en 1575. Foto: C.R.

La supervivencia del pasado

La covid-19 ha provocado que, entre cataclismos y desgracias, también se cierren los archivos y queden miles de investigaciones en el aire, pendientes de la restauración de la normalidad. Por ello, la digitalización de los documentos se ha convertido en un esfuerzo arduo por parte de las instituciones para lograr que los vestigios del pasado queden petrificados en bits. Pero, en términos generales, los archivos, explica Teresa Espejo, realizan políticas de conservación preventiva que procuran la custodia y conservación de los documentos en las mejores condiciones posibles.

«Se trata, principalmente, de atender al control medioambiental (temperatura, luz, humedad relativa o agentes contaminantes), la limpieza y la supervisión constante de los fondos e instalaciones. En el mejor de los casos, estos archivos están provistos de planes de prevención ante emergencias. Cuando los documentos se encuentran deteriorados se actúa aplicando tratamientos curativos que neutralizan las causas de alteración y únicamente se aborda su restauración cuando por su estado de conservación existe un inminente riesgo de deterioro físico o químico que haga imposible su manipulación», esclarece. Un trabajo minucioso que requiere de un respeto y comprensión del documento para asumir el reto, como bien dice, de mantener los elementos sin alterar la historia.

Sobre la digitalización de ese legajo sorpresivo y otros millones de textos, Espejo afirma que es una herramienta fundamental para la preservación. «El acceso al registro digital permite su estudio de manera reiterada sin necesidad de manipulación, garantizando la integridad física del documento, por lo que se debe contemplar un protocolo de migración de la información acorde a la implementación de los nuevos sistemas de digitalización que se desarrollen en cada momento», indica. Lo cual no quita que este proceso haya de ser acompañado por estrategias de preservación de esos mismos registros digitales, apunta, para la conservación de los equipos y programas que permitan su reproducción.

Los dos investigadores coinciden en que faltan medios para la modernización y conservación de estos archivos granadinos, pero confían en su personal técnico. Es como el cuento de nunca acabar: falta presupuesto en investigación humanística y social, faltan recursos, pero faltan aún preguntas por contestar.

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