Yo, yo, yo y yo. Solo sé escribir desde el yo. En todos mis textitos hay una plaga de yoes, aunque también se leen unos cuantos nosotras. La literatura, la voz y las palabras son un medio y un fin. En un mundo de márgenes estrechos entre los que normalidades y subalternidades se interrelacionan mediante juegos casi siempre violentos y no consentidos de dominación-sumisión, unas personas mandan y son lo natural, lo normal, en las narices de otras que son siempre lo raro y lo anulado. Solo sé, solo puedo y solo deseo, hablar desde el único territorio —aquí uso territorio como sinónimo de «experiencia»— que he habitado en mi corta vida —mi cuerpo— y, además, poniéndolo explícitamente de manifiesto para que se conozcan mis sesgos y para que nadie crea que puede hablar por mí. Los conocimientos situados que dijo Donna J. Haraway. Y la literatura es una herramienta poderosa y contundente para situarnos y habitar las interseccionalidades.

Audre Lorde y Andrea Abreu: las literaturas de las subalternidades

Audre Lorde, escritora feminista estadounidense, construyó en su obra un espacio en el que poder nombrarse a sí misma y un lenguaje nuevo con el que pretendía invitar a hablar a todas esas subalternidades que habían estado siempre silenciadas. Spivak se preguntó si podía hablar el subalterno en realidad, en un mundo en el que el derecho a la escucha y a empuñar el arma de la palabra —arma a su vez perfilada y moldeada por la norma— solo lo ostentan unos pocos privilegiados. Lorde escribió Zami: una biomitografía, un escrito en el que pone de manifiesto esas otras experiencias de mujeres no-blancas. A través de la voz de Zami —alter ego de Audre Lorde— podemos observar la articulación entre los distintos ejes de opresión en las carnes de una niña negra. Zami habita un cuerpo racializado, marcado como mujer, un cuerpo de lesbiana con, además, problemas en la vista y una rebeldía inusitada.

Andrea Abreu, escritora canaria, construyó en Panza de burro un espacio y un lenguaje en el que repensar, reivindicar y reconstruir la canariedad —entendida como ese espacio común entre la herida patriarcal y la herida colonial—. Pareciera que, antes de existir pancita, no había leído nada escrito en mi lengua. Pareciera que, antes de esta Pancita, nunca nadie nos había dicho que las historias de las niñas de las Islas merecen ser contadas. Unas niñas atravesadas por este clima isleño que pesa sobre los hombros: cielos grises todo el año que te entierran en esas empinadas laderas de los nortes canarios y que hacen que todas las vidas bajo este paraguas tengan esa luz intensa y taciturna. Niñas que miran un mundo colonial, y ven a sus madres deslomarse para que unos guiris jediondos tengan las piscinas limpitas y los huevos fritos con las yemas listas.

La interseccionalidad es una forma de mirar el mundo que nos permite entender las relaciones entre unos cuerpos diaspóricos que a veces encarnan el privilegio y otras la opresión. Los distintos vectores opresivos atraviesan las carnes como haces de luz a través de un prisma cristalino: nos devuelve un rayo de colores distintos, que depende de cómo se mire y de las características del haz que entró. La articulación entre patriarcado y racismo o sistema colonial genera vivencias y dolores concretos y diferentes entre sí: dependen de si la persona es hombre o mujer, blanca o negra, lesbiana o no, de un territorio colonizado o de uno colonizador. La abogada laboralista Kimberlé Crenshaw para explicar la doble discriminación de las mujeres negras: la empresa General Motors fue a juicio alegando no discriminar porque decía tener contratadas a personas negras, todos hombres, y a mujeres, todas blancas.

Anidar la existencia en un lenguaje pervertido

Volviendo a Lorde y Abreu: la literatura, muchas veces, nos da las palabras para autorrepresentarnos y para entender cómo se articulan las relaciones de poder en nuestra sociedad, palabras que desde el mundo racional y académico no se han sabido construir ni transmitir. Esto que algunas compañeras de clase y yo venimos llamando «literatura autocentrada» pone el foco en la comprensión de las vivencias e interseccionalidades propias para poder extrapolarlas al conjunto de la sociedad e iniciar formas de relacionarnos realmente transformadoras. Tanto en Zami como en Panza de burro la lengua se pervierte y se revierte, se entrelaza lo ficticio con lo real, para crear un entramado nuevo y rico en el que realidades dolorosas habitan en los espacios en blanco entre las líneas. La literatura es, o puede ser, un grito de auxilio, de rabia, de coraje. No veo diferencias, simbólicas, entre asomarse al borde de un risco con los pelos como una aulaga y escribir una novela: en ambos casos se escucha un grito desgarrado por esa garganta parriba «¡EXISTOOOOOOOOO!»

Lorde y Abreu, en estos dos libros que vengo nombrando, ponen el cuerpo en el centro de las vivencias y de los relatos. Los sentires son carnales, viscerales y saben a mezclas de fluidos corporales. La sexualidad femenina y lo lésbico —con el dolor que la disidencia a veces genera— cobran relevancia al sumergirnos en ambas historias. Para ambas, las mujeres de su entorno son referentes y piezas fundamentales en la construcción de su identidad: para Zami, su madre y para la protagonista de Panza de burro, su mejor amiga Isora. En estos dos textos —y digo textos como quien dice joyas— se cuentan experiencias crudas desde las miradas de dos niñas, con esa sencillez de la lengua que te da la sinceridad y la voluntad de saber qué se quiere poner cada letra de las que se están poniendo.

La lengua y las herramientas del amo

Yo no sabía que las niñas canarias no estábamos nombradas en las novelas que había leído hasta que llegué a Panza de burro. Yo siempre leí cuentos de niñas europeas, rubias, flacas, con casas donde nieva en Navidad con chimeneas y llanos jardines delante. Yo quería escribir pero siempre pensé que las vidas de los sures no eran novelables. Esa idea colonial de que lo subalterno no produce poesía o literatura, que no tiene voz, sino que grazna, rebuzna y gruñe: «La guagua es el bus, no? Eeeh, la guagua es la guagua, le dije» que dijo Abreu.

Audre Lorde dijo algo como que las herramientas del amo jamás destruirán la casa del amo: tal vez, pervertir la lengua es empuñar nuestras propias herramientas, ojalá así logremos atornillar los cimientos de un mundo nuevo donde todas las voces se escuchen, donde esa norma blanca, europea y colonial se disipe para siempre.

Léanlas.

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Nunca pude elegir entre ciencias y letras: por eso hice las dos. Hubo un tiempo en el que creí cambiar Periodismo por Medicina. Ahora creo que sin las palabras no se cura. Me gusta caminar, leer en la calle y hablar de política. Danzad, danzad o estaréis perdidos.


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