Han corrido ríos de tinta sobre Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941) y su virtuosismo técnico. Lo manido de la expresión no le resta certeza. En el año en que se estrenó, en plena II Guerra Mundial, fue ignorada por la Academia de Hollywood. De hecho, tan solo recibió un premio Óscar de las nueve estatuillas a las que optaba y no logró recuperar su inversión en taquilla. El galardón recayó, en realidad, en el guion original de Mankiewicz, que ahora tiene su propia película de la mano del gran David Fincher. Cineasta que ha colaborado, a su vez, con Aaron Sorkin (La red social, 2010), uno de los guionistas más grandes de nuestro tiempo.

No es baladí mi detenimiento en la parte escrita de las películas. Es habitual pensar, debido al preocupante analfabetismo mediático generalizado, que el guion refleja solo los diálogos. La interacción entre personajes, en efecto, es parte importante. Pero el potencial de un texto guionizado va mucho más allá. Contiene, por ejemplo, la información clave de los personajes, de los lugares y el tiempo que habitan, ordenan la película en secuencias, desarrollan la trama argumental… Si está bien escrito, incluso se pueden intuir los ángulos de cámara de cada escena, la iluminación y los elementos de posproducción.

Un guion, claro, no es inmutable. En cierto modo, funciona como una ficha reina, un texto madre sobre el que un amplio equipo de profesionales de distintos departamentos (artístico, creativo, fotográfico, ejecutivo…) deberá después construir con imágenes. Y quien se ocupa de orquestarlo todo es, en este caso, Orson Welles. Un joven de 25 años conocido previamente en su faceta de actor de voz (su controvertida radiodifsuión de La guerra de los mundos en 1938 da cuenta de ello) que sería lanzado al estrellato por el derroche de innovaciones técnicas incluidas en el filme. Y con todo, solo obtuvo un Óscar a lo largo de toda su carrera: el honorífico.

Innovación técnica, pero también narrativa

De que Ciudadano Kane es una obra maestra, no cabe ninguna duda. Cuántos articulistas, más avezados y expertos que yo, se han pronunciado acerca de los impactantes planos de cámara con sus recurrentes contrapicados, de las panorámicas, travellings y planos generales, de los decorados y los espacios abiertos fuera de estudio, de los techos que por primera vez se mostraban sin trampa ni cartón en todo su esplendor cinematográfico.

A mí me interesa todo eso. Muchísimo. Pero no hay nada que pueda ya aportar. Los críticos profesionales han estado tan distraídos desgranando cada secuencia, cada fotograma, que con el paso de los años el revisionismo que pesa sobre la cinta ha fumigado todo rastro de análisis argumental. Porque, recordemos, el arco triunfal de su protagonista, que conoce el éxito en igual medida que el descalabro, se remonta en realidad a su origen humilde, al eterno Rosebud, al misterio de una infancia truncada.

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El joven Orson Welles encarna a Charles Foster Kane. Foto: Toland

Legado de Ciudadano Kane

Parece recordarlo, eso sí, Woody Allen en su reciente trabajo Rifkin’s Festival (2020). En este peculiar homenaje al cine (es casi un epitafio) plagado de referencias a los clásicos europeos, destaca la excepción de la cinta norteamericana Ciudadano Kane. Allen podría haber caricaturizado los impactantes diálogos tiránicos que tanto influenciarían a las producciones estadounidenses posteriores, desde Gigante (Stevens, 1956) hasta Lawrence de Arabia (Lean, 1962). Sin embargo, el recuerdo que rescata el neoyorquino es en realidad el de la nieve, el del trineo, el del pueblo y la madre, ya a punto de quebrarse lo que Juan Ramón Jiménez denominó etapa dorada.

Ciudadano Kane, el relato del ascenso al poder del magnate de la prensa William Randolph Hearst, introduce una narrativa apabullante en la que sustituye la cronología del cine clásico por la técnica del flashback, que va construyendo la historia a partir de retales. A través del maquillaje y el vestuario, en una misma secuencia, Orson Welles logra resumir casi dos décadas de vida matrimonial en apenas unos minutos. Con el aliciente, además, de que no solo dirige sino que encarna al protagonista.

Breve alegato en favor del cine

A día de hoy, Ciudadano Kane sigue apareciendo entre los primeros puestos de todas las listas de las mejores películas de la historia del cine alrededor del globo. No obstante, no basta con citarla. Ciudadano Kane hay que verla, revisitarla, examinarla con ojo crítico y cinéfilo, recordar sus luces y sus sombras (también en sentido literal) y, en definitiva, disfrutar de la experiencia de su visionado. Sin duda, poder verla por primera vez de nuevo sería un buen regalo navideño.

Rescatemos a los clásicos. El cine, el de verdad, nos necesita. La industria, no tanto. Y es poco probable que las plataformas digitales y las nuevas productoras nos ofrezcan obras maestras de tan alta calidad, pese al estoico esfuerzo de autores como Fincher, Scorsese o Cuarón. Al menos en un horizonte próximo.

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El periodismo me queda de paso. Escribo. Arte, misantropía y revolución. Excelsior.


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