Cine, Series

El morbo de las canas sexis, ¿y si George Clooney fuera mujer?

Icónico fotograma de la película 'El graduado' (Nichols, 1967). Ojalá ver a un hombre ponerse de esa manera los calcetines. Foto: Tripticum

Tenía 17 años. Él 43. Y lo único que había visto hasta el momento como un punto de referencia que me instaba a creer que algo así podría ser posible era Otoño en Nueva York (Chen, 2000). Una película infumable, aunque los rostros cándidos de Winona Ryder y Richard Gere bailaran entre hojas ocres. Edward Cullen tenía más de cien años, Madame Bovary me resultaba cansina y adentrarse en Closer (Nichols, 2004) y beber Ron Arehucas parecían dinamita. No recuerdo quién era yo. Lo que sí se me antoja es la volubilidad y la alimentación estéril en el imaginario romántico que pululaba por mi mente. Sobre todo ante el escaso o nulo contacto sexual.

Inocente. Ingenua. ¿Cuántas veces me describieron así? Mirar a escondidas la serie Sexo en Nueva York en Cosmopolitan por las mañanas en la tele era casi que pecaminoso, y aquí estoy, después de haberme visto todas las temporadas y haber aplaudido a Miranda. La vorágine del instituto y qué vino después contribuirían a ser quién soy junto a las páginas y las horas de pantalla fulgurante que tragué. Es decir, el imaginario cultural y social construye el individual o, por lo menos, lo influencia.

Hay adolescentes que no son la versión remasterizada de High School Musical (2006), Grease (Kleiser, 1978) o 10 cosas que odio de ti (Gil, 1999). Ni tan siquiera un rebelde sin causa que se quede embarazado a lo Juno (Reitman, 2008) o le retuerza el amor enfermizo que sorbe a mocos Bajo la misma estrella (Boone, 2014), Las ventajas de ser un marginado (Chbosky, 2013) y recetas a lo Spring Breakers (Korine, 2013). Y no hablemos de El diario de Noah y las sucedáneas de Sparks. Me niego, salvo que seas Ryan Gosling.

Aviso a navegantes. No hay una camada de burbujeantes, brillantes y chistosos menores con episodios emblemáticos por contar. Como mucho, están ahora confinados y haciendo videollamadas para matar el aburrimiento sin abrir la tarea de Biología (sí, tú, vete a estudiar).

La diversidad y aleatoriedad del púber

La producción audiovisual y las vastas sagas juveniles son una pantomima del mercado que dibujan estereotipos. Son caramelos, comida rápida. Al igual que el porno, no hay un catálogo variado y heterogéneo que dé unas briznas de conexión con la realidad que vive cada adolescente, incluyendo los precocinados de Netflix u otras plataformas. Perdón, sí los hay, que enganchen es otra cuestión. Confieso que leer Marianela fue un tostón (preferí Misericordia, Benito).

A pesar del chute mágico embelesado por la aparición de los créditos que te revelan que eres parte de algo más y todo es posible, a lo Moulin Rouge, la fantasía desaparece en cuanto oyes gritos en el salón. Flacos, gordos, populares, tímidos, enfermos, transtornos, apáticos, sensibles, abiertos y extrovertidos, rentas bajas, mínimas. La jungla se testa en un patio de cemento.

Proyectamos el alcance de esos sueños en vidas anodinas, que se esfuerzan en los estudios, que tienen problemas estructurales en sus hogares, que se han drogado o no, que faltan a clase o son los primeros, que ya han penetrado, sido, o ni siquiera saben qué suave es el dorso de la mano. No saben qué les pasa, pero resulta que no pueden vivir ni un segundo más en esa habitación porque la sangre les estalla el oído interno ante el grito de desesperación.

La escapada, una fugitiva llamada a un encierro virtual emerge como una burbuja elástica en la que se refugia la personalidad que está cabeceando sobre la alambrada de espinos hasta dar con la manera de saltarla. Sin llegar a vestirse con un pijama de rayas. Messenger y el cambio de los estados por canciones ocultas en declaraciones. Tuenti. Facebook. Twitter. Instagram. Snapchat. Qué me vas a decir, Tinder es solo el antiestrés.

Un acorde de Gaga

Empiezan las comparaciones, las idas y venidas, las ilusiones y la ansiedad. ¿A qué edad perdiste la virginidad? ¿Dónde están las taquillas del instituto? ¿La vida da un giro de 180º al iniciar la universidad? ¿Ese disco? ¿Los zapatos? ¿Hay dinero para ir de viaje? ¿Y el vello púbico? ¿El amor de mi vida? ¿Dónde está lo prometido? ¿DÓNDE? Caitlin Moran, la feminista, escritora y crítica musical inglesa, se hubiera sentado a mi lado para explicarme que todo estaba bien, y me habría puesto a tope Born this way de Gaga. Tal cual.

Lamentablemente, las hormonas golpean tan fuerte el sistema nervioso que tampoco da tiempo a consumir historias que nos escupan a la cara. Hablo por mí. A saber qué estarían haciendo ustedes por ahí…

La narrativa embustera

Tenía 17 años. Él 43. Y yo me enamoré. No sé por qué creí que aquello saldría bien. Ah, sí, estaba leyendo Solo tú. Una novela romántica de Jordi Sierra i Fabra donde una joven de 17 se encontraba y desfallecía por alguien de 38… ¿Qué ironía, no? Un libro que sí refleja con humor y acidez la pubertad es Yo, ese, Jordi, ese sí que era bueno. Pero, al caso, había que tirar adelante y no había nadie a mi alrededor que pudiera aconsejarme. La adrenalina latía en mis venas, el pulso, la carne, y esperó hasta mis 18 como una pantera agazapada. El discurso cambiaría, yo era parte de la culpa.

Buscaba una respuesta. Una mecánica de actuación. Una salvación en arquetipos que me orientaran.

American Beauty (Mendes, 1999) expone el cuerpo de una adolescente lleno de rosas en imagen icónica del último suspiro de los 90, Perdona si te llamo amor era un cuento de hadas estúpido, An Education (Scherfig, 2009) una maravilla que solo comprendes con perspectiva a partir del sueño y Fish tank (Arnold, 2009) te revolvía el estómago hasta molerte los sesos cuando el novio de la madre mantiene relaciones con la hijastra. Incluso, Gabo deja en Del amor y otros demonios a una niña a los ojos de un sacerdote, y estoy obviando a propósito Lolita porque es una lectura con muchos más subyacentes.

Solo estoy mostrando una minúscula parte, la más intrascendente y superficial, de mi carcasa platónica a esa edad. La más dañina, tal vez.

Por qué huir de argumentos manidos

Necesitamos referentes. Referentes románticos, sexuales, reales, que nos pongan el dedo sobre la llaga y ayuden a distinguir cuáles son las diferencias entre la erotización, el morbo, el deseo y la madurez y crecimiento emocional. La razón cabe en «una cultura global de masas en la cual se transforman los imaginarios culturales y se estructuran las identidades desde la interacción de la cultura con la dinámica transnacional de los mercados» (Mignolo, 1998). Lo que consumimos y expresamos son uno.

Muchas de las historias mencionadas poseen el patrón común de un hombre mayor que se fija en una alocada y fresca joven. Sabrina (1954, Wilder), un argumento más, y la simplificación no es antojadiza. El Test de Bechdel tampoco cuando enuncia que para superar la barrera de la desigualdad deben aparecer dos personajes femeninos al menos, ambas tienen que tener nombre y, lo más difícil, hablar entre ellas en algún momento y sin que sea sobre un hombre. Pero el modelo sigue siendo una historia de amor tóxica donde ella comprende, amamanta, debe crecer una vez más y partir con gracia, ¡hasta en 50 sombras de Grey, por el amor hermoso!

Un ejemplo. ¿Qué refleja el panteón artístico en su clave opuesta: que ella sea mayor, con poder, en una relación heterosexual? La exposición es ridícula. Es estadística. No obstante, el periódico El País publicó un artículo el año pasado donde apunta el cambio de tendencia gracias a la visibilización que hacen las mujeres mayores de sus parejas. Aderezado con las declaraciones del presentador Yann Moix, quien dijo que se sentía «incapaz de amar a una mujer de 50 años».

Dios salve a Madonna.

Querríamos un Oscar por ser la buena tutora

Empecemos con la famosa El Graduado (Nichols, 1968). The sounds of silence reverbera sobre la piscina clara y azul a la vez que Dustin Hoffman broncea su cuerpo. La relación que establece con la señora Robinson da a una serie de chifladuras y diálogos vivaces y elocuentes que en la época se tomarían como un dardo al estilo de vida americano. Sin embargo, no deja de mostrar a una mujer encaprichada, aburrida de su marido y la banal vida que lleva y, finalmente, despiadada y cuasi enloquecida por el despecho en una estupenda Anne Bancroft. Fijándonos en la historia en sí, la imagen de esta mujer mayor se sustenta en ese periplo sexual. Sin spoilers.

El siguiente caso no se aleja de ese despertar: El lector (Daldry, 2008). Kate Winstle recibió el Oscar por la actuación, al igual que Brancroft, cuando interpreta a una trabajadora alemana que inicia un romance con un joven de 16 años. Ella es reservada, prefiere no intimar, se instaura en su burbuja debido a la diferencia educativa entre ellos y no se observa un avance en la relación fuera del aprendizaje amatorio del chaval durante ese verano. Sin destripar el final, cuando se vuelven a reencontrar ella es una anciana decrépita y lo único que queda en él es la culpabilidad.

Adoramos a Michelle Pfeiffer. Es indiscutible. Salvo en El novio de mi madre (Heckerling, 2006). Podría haber sido la oportunidad de una comedia romántica sin mayores complicaciones. Una productora de éxito en la cuarentena con una hija inteligente (Saoirse Ronan), en forma, atractiva, lo que el capitalismo quiere, ¡sííí! Conoce al carismático Paul Rudd, diez años menor, un actor con el que empieza a salir. ¿Qué ocurre? Aparece la inseguridad, la inestabilidad, la negación… Ya saben cuál es el final, y no tuvo Oscar.

¡Hasta en Modern family! En la última temporada de la disparatada familia la relación entre Luke, el mismo que dejaba su cabeza entre los barrotes de la escalera, y Janice, una mujer mayor con una hija, parece florecer. Él toma el noviazgo de manera responsable, cariñosa, cuidadosa y, de repente, la vemos a ella con una actitud infantil y sin ropa interior en la casa de sus suegros, penosa, ya que su primogénita se ha marchado a la universidad. No sorprende. Janice deja la relación en un ataque de lucidez en la misma serie donde Jay le lleva más de veinte años a la exuberante Gloria.

Y por poner el toque ochentero, en dos series de viejas glorias, El método Kominsky (2018) y Grace y Frankie (2015), mientras un decrépito Michael Douglas mide su próstata delante de una cincuentona —con el pertinente monólogo en que describe que ya no le interesan las faldas demasiado cortas—, Jane Fonda y Lily Tomlin se refugian en una casa para pasar juntas sus respectivos divorcios en el último suspiro de sus vidas.

Virgine Despentes habla de la teoría King Kong. En la última producción del primate, expone al animal más allá de la hembra y el macho, «es la bisagra entre lo primitivo y lo civilizado, el adulto y el niño; la isla de la película es la posibilidad de una forma de sexualidad polimorfa e hiperpotente. Eso es precisamente lo que el cine quiere capturar, exhibir, desnaturalizar y finalmente extirpar». Ella, la rubia, huye y sigue al hombre que viene a buscarla, para llevarla a la heterosexualidad hipernormativa. Es una idea interesante.

Imploras por un desmeleno. La mayoría son piezas de las dos últimas décadas y sucintas a un estrecho abanico que se compone de orientaciones, filias, fetiches y tactos infinitos. Take it easy. Qué subidón con Christine Baranski.

Crear el espacio

«Antonia le contempló durante unos minutos y llegó a la conclusión de que el chico podría enfermar de un aire durmiendo tan desnudo…», escribe Rosa Montero en Te trataré como una reina. Ficción que vuelve a mostrar una arrepentida y maternal postura del personaje. Por contrapartida, Dolores Conquero aglutinó las experiencias reales de varias mujeres en Amores contra el tiempo al estilo de Gala y Dalí, la Pasionaria o Coco Chanel.

Las canas de George Clooney siempre han sido halagadas. ¿Y Meryl Streep? ¿Desde cuándo no la vemos en un papel sexy, quitando las comedias superfluas? ¿Cuándo ha expresado su deseo antes de estar replegada a los papeles de madre entregada, abuela graciosa? Que yo recuerde, exquisita en Los puentes de Madison (1995) alrededor de un Eastwood arrugado. Pero deseaba golpear y ensangrentarme como Maggie.

Como dice la teoría cinematográfica feminista de la historiadora alemana Annette Kuhn, las mujeres en el cine clásico tenían que identificarse con el género masculino puesto que las protagonistas femeninas carecían de deseos propios y eran sometidas a los deseos del hombre. ¿Hemos ido mucho más allá? ¿Capitana Marvel, Wonder Women? La protagonista de la última entrega de Star Wars es Rey. ¿Pasos en positivo o estrategia de márquetin ante el 8M?

Ser objeto sexual, la carencia de una personalidad, el desprestigio por la edad, el papel secundario y la falta de construcción de un yo subjetivo han sido el caldo de cultivo de fenómenos como el #MeToo, la explosión tras años de abuso de poder. No es baladí esta relación si trasladamos los ensueños y las visiones machistas mostrados en el celuloide y las remesas literarias al sentido común de quienes dirigían y producían.

Creían y tenían el poder.

Solo un capítulo: American Bitch de Girls (Dunham, 2012). Eso será otro post.

Fin y vuelta al principio

Al final, me fui. Viajé. Crecí. Me acompañaron mujeres fuertes, hombres sinceros, y cuando volví, rompí. Sola. Me pregunto cómo lo hice. Las enseñanzas hicieron mella, pero recelé de una relación donde él tenía dos años menos hace apenas unos meses por los mismos motivos intrínsecos. La cuestión es qué hubiera pasado con la primera según otros alientos, otras motivaciones, otra simbiosis cultural y, por qué no, otras heroínas.

A las mujeres nos han dicho que maduramos antes, somos más solícitas, inseguras, tenemos que estar preparadas, somos multidisciplinares y compactas. Derivaciones del machismo y la segregación educacional en relación al género como es la motivación en el cuidado, la escucha, la espera, la comprensión, la sensibilidad, la empatía…

Con el fin de no volver a cometer los mismos errores y dotar de un espacio de diálogo y reflexión está la creación artística. Las futuras generaciones lo agradecerán en relecturas como Mujercitas u originales en La favorita, Volver, Disobedience, Historia de un matrimonio, Sex Education, Stoker, Bar-Bahar, El verano de Sangaile, 3 generaciones, Nader y Simir, una separación, Hustlers, Molly’s Game, Los días que vendrán, Retrato de una mujer en llamas, Paradise Hills, Vida perfecta, Killing Eve, Euphoria, Paquita Salas, Big Little Lies, Mrs. Fletcher, Fleabag

Volver y volver para iniciar y volar.

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