Cine y series, Narrativa y teatro

La última broma de Buñuel

El cineasta español estrena 'Un perro andaluz', su primer mediometraje, en 1929. Foto: Luis Buñuel

Pido disculpas al lector de antemano debido al inicio un tanto íntimo que he decidido adjudicarle a este texto, ya juzgarán si fue oportuna esta decisión. Hoy quiero hablar de Luis Buñuel, el siempre escandaloso surrealista español. Pero antes de detenerme a esbozar breves comentarios sobre su autobiografía, Mi último suspiro (Buñuel, 1982), y empezar a complacerme con la entonación de burdos elogios de cheerleader hacia su obra cinematográfica, quisiera relatar una anécdota personal que creo que contribuirá a ilustrar la estrecha relación que vincula mi vida con el trabajo de Buñuel. Y que posiblemente revelará al lector más avisado uno de los motivos esenciales por los que admiro su cine y el movimiento surrealista. Además de mostrar la razón de este artículo.

Cursaba quinto de primaria y, por aquel entonces, solía almorzar en la Facultad de Farmacia, que estaba frente a mi colegio. El precio para almorzar en el comedor escolar no me lo podía permitir. Un poco ratero aquel director. Así que junto con varios amigos iba a comer a la Universidad y después, para reposar el empacho que sacudía nuestras barriguitas, nos sentábamos en cualquier rincón al aire libre para descansar. Cualquier excusa con tal de no regresar al patio del cole y así saborear por más tiempo una ligera y rara sensación de libertad.

Un inocente rito

Solíamos frecuentar unas escaleras próximas al parking de la Facultad y ahí nos acomodábamos para tomar el sol o aprovechábamos para hablar de la NBA, de chicas, de películas, de videojuegos… Pero un día, de camino a el rincón (así lo llamábamos), nos sorprendió la presencia de un conejo muerto que presentaba los primeros síntomas de la descomposición, de esa extraño continuar de la vida después de la muerte. Aún no distinguía las larvas perforando la piel y desgarrándole el pelaje castaño y endurecido, como helado. Lo recuerdo con verdadero lujo de detalles y sobre todo el olor que iba desprendiendo conforme pasaban los días. En un principio no hicimos nada con él, pero recuerdo dedicar largo tiempo a la observación del animalito cada mediodía.

Una tarde decidimos quemarlo en un descampado cercano a el rincón. Ya no le quedaba carne, solo unos delgados huesos ennegrecidos y un ruidoso y viscoso enjambre de larvas, gusanos y moscas regocijándose en el sucio hedor. Me preocupaba cómo conseguir un mechero, pero lo obtuvimos con mucha facilidad. Quería que el conejo ardiera y se desintegrara bajo las llamas de una pequeña hoguera. Así fue. La humareda espesa y gris de la hoguera crecía y nublaba el cielo azul.

No sé que pretendía con este espectáculo, ni me interesa saberlo. Eso se lo dejo a las elucubraciones del psicoanalista. Pero sí que recuerdo la evocación de una imagen mientras veía arder a mi querido conejo. Imaginé o deseé ver patrullas de coches de policía y camiones de bomberos aproximándose hacia la hoguera. Ver a un montón de adultos (profesores, padres, universitarios…) gritando encolerizados y pronunciando insultos maldiciendo a la juventud, preguntándose qué sentido le encuentran a ese comportamiento salvaje, mientras un corro de niños felices se ríen de ellos y corretean dando brincos a un lado y a otro del fuego. Niños que dirigen alguna que otra mirada de afecto hacia los restos chamuscados del conejo y después hacia las nubes negras del cielo.

Un perro andaluz

En 1929 se estrenó Un perro andaluz (Buñuel, 1929), la primera película dirigida por Luis Buñuel, y con un guion elaborado  junto a su amigo y pintor Salvador Dalí. «Escribimos el guion en menos de una semana, siguiendo una regla muy simple, adoptada de común acuerdo: no aceptar idea, ni imagen alguna que pudiera dar lugar a una explicación racional, psicológica o cultural. Abrir todas las puertas a lo irracional», detalla el cineasta en Mi último suspiro.

El resultado fue una sucesión de escenas que inevitablemente se adhieren como con pegamento a la memoria de uno y que son completamente incompresibles bajo la óptica de la razón. Ese plano inicial de la nube que cruza la luna y después la famosa imagen de la cuchilla de afeitar que corta el ojo de una mujer… Imposible no sentir una vívida impresión de asombro al contemplarlas. Una serie de fotogramas que hieren y escandalizan la sensibilidad de las miradas más pudorosas hasta dibujar en sus rostros una graciosa mueca de repugnancia y vergüenza ante la aparición de las babas de un hombre que acaricia, con vehemencia, los pechos de una mujer.

Los sueños y Buñuel

Este efecto se genera, de forma recurrente, al ver muchas de sus obras. Por ejemplo, en algunos planos de divertidas alusiones al cristianismo en Viridiana (Buñuel, 1961), película censurada por la dictadura franquista. O en la cómica aparición de un oso en la hacienda burguesa donde un grupo de ricos no pueden salir del salón donde se desarrolla la acción de El ángel exterminador (Buñuel, 1962).

Podría enumerar una larga lista de planos inolvidables de la filmografía de Buñuel, pero resultaría tedioso emprender tal empresa. Más sencillo, para mí y para ti, es que veas sus películas donde los paisajes oníricos del sueño y la realidad se entremezclan y se confunden hasta el punto de que el espectador no sabe si está frente a un sueño, frente a la realidad o frente a una pícara broma de Buñuel. Qué más da si es realidad o es sueño, diría el aragonés. Cuando le preguntaban por el sentido de sus películas solía decir: «Una incitación a la violencia». Y se quedaba tan pancho.

‘Mi último suspiro’: una aproximación a la época dorada del surrealismo

Hay que subrayar que parte de su cine logró aquello que perseguía con obstinación el movimiento surrealista en París: el escándalo. La provocación como acción para revelar el absurdo y las múltiples contrariedades de la moral y los valores aburguesados dominantes en Europa. El surrealismo se erigía como una actitud vital caracterizada por un ejercicio de la libre expresión artística, por un interés hacia las profundidades del ser y por un rebelde rechazo de cualquier costumbre, valor y moral que hipócritamente negara y descuidara la irracionalidad.

En sus memorias, Buñuel declara que el surrealismo le ha ayudado a resistir las tentaciones del egoísmo, la vanidad, la codicia, el exhibicionismo, la ramplonería y el olvido. El superrealismo, como lo expresa Cernuda, le permitió identificar lo quimérico y burdo de muchas de las formas de existencia propias de aquella época, aún vigentes. Por ejemplo, se cuestionó seriamente el valor del trabajo.

En un fragmento de Mi último suspiro, uno de los más conmovedores, Buñuel explica que el movimiento triunfó en lo accesorio y fracasó en lo esencial.  No les interesaba el éxito cultural, ni el reconocimiento artístico. Solo deseaban transformar el mundo y cambiar la vida. Queda a la vista que fracasaron en lo que juzgaban esencial. En palabras del artista: «Hoy medimos el ínfimo lugar que ocupaba el surrealismo en el mundo en relación con las fuerzas incalculables y en constante renovación de la realidad histórica. Devorados por unos sueños tan grandes como la Tierra, no éramos nada, nada más que un grupito de intelectuales insolentes que peroraban en un café y publicaban una revista».

Mi último suspiro es una autobiografía que nos descubre qué fue el surrealismo a través de los ojos de uno de los grandes exponentes de este grupo y uno de los cineastas más originales de la historia.

Breton se equivocó

Al leer las memorias me sorprendió una cruda confesión de André Breton a Buñuel en 1955. El francés le dice, acongojado: «Es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis; pero el escándalo ya no existe». Esa dura declaración, pronunciada por uno de los padres del movimiento, albergaba algo de trágico y anunció el desmoronamiento de unos sueños que un día decidieron vivir un grupo de jóvenes intelectuales entusiastas en París. El grupo surrealista terminó desintegrándose debido a graves divisiones políticas. El escándalo fracasa y pierde la capacidad de sacudir consciencias.

¿Qué nos queda, qué alternativa para ofrecer testimonio de las maneras políticas, sociales o culturales que corrompen al espíritu humano?… Surge ante la mirada de Buñuel el fatídico fracaso de mayo del 68 y también la acción transformadora deja de existir para él. La descripción de estos pasajes revelan el desasosiego y pesimismo que ahogaban las pocas esperanzas conservadas por el autor. Impotente frente a la historia. Sin el escándalo y sin la acción. ¿Qué nos queda?, ¿qué remedio para evitar que el ser humano se transforme en cosa? El cine de Buñuel confirma que optó por seguir con el escándalo hasta su última cinta.

El cineasta confesó, al término de su vida, que estaba libre de toda quimera política, dejó de creer en las ventajas de la cultura tras la guerra civil española, odió la información y la publicidad y se enfrentó contra el irremediable olvido que se avecinaba. Al final de sus memorias reflexionó sobre la vejez, la muerte, el paso del tiempo y los muchos lugares y personas que había amado. La nostalgia humedece las últimas páginas de sus memorias, repletas de frases cortas y nombres de amigos difuntos. Y nos sorprende con un bello capítulo consagrado a defender su ateísmo, titulado «Ateo gracias a Dios».

El comediante

También nos reveló una última inquietud, un último deseo, la tentativa de realizar una última broma, un último escándalo. Llamar a sus amigos ateos para que acudan a su lecho de muerte y sorprenderlos con un sacerdote para recibir la extremaunción. Pero duda que existan fuerzas en ese momento para vacilar.

Eso sí, nunca se cansó de reír a carcajadas de las solemnidades y altanerías de nuestra especie a través del objetivo de la cámara. De la burguesía, del ansia de poder, de la iglesia, de Jesucristo, de dios, de la ciencia, de los intelectuales, de las excéntricas manías, de las perversiones, de la modernidad, del arte, de la piedad, del amor, de la libertad, de la caridad, de la muerte… Un auténtico e insaciable comediante que se mofó, a través de un escepticismo sin escrúpulos, de los poseedores de cualquier verdad.

A estas alturas del reportaje es comprensible  y muy probable que haya surgido esta pregunta: ¿Y a qué vino la historieta del principio, la anécdota de los niños pirómanos, qué sentido tiene con Buñuel? La respuesta es muy sencilla: una provocación, una broma, una ociosa incitación a la violencia.

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