Hay niñas que nacen llenas de luz y mar. Son bendecidas con la gracia de las olas mientras su padre balancea la cuna con una mano y con la otra tiende la vista por el catalejo. Ella fue Josefina Plá. Nacida en la Isla de Lobos un 9 de noviembre de 1903, su progenitor era el torrero de faros del trozo de tierra aquel perdido en los atlas. La familia procedía de Alicante y pronto volvieron a la Península, aunque la infancia quedaría marcada por el agreste paisaje de Fuerteventura. Entonces, el amor, siempre el amor, la llevó hasta los confines del mundo.

Paraguay era la tierra soñada por ellos, Andrés Campos Cervera, o Julián de la Herrería, se convirtió en su marido y ella, que latía, dispuso su vida al impulso y reconocimiento a la cultura.

Fiel al léxico

A lo largo de sus proyectos literarios, donde abarcó tanto la novela con Alguien muere en San Onofre de Cuaremí (1984) como varios volúmenes de cuentos –La mano en la tierra (1963), El espejo y el canasto (1981), La pierna de Severina (1983) y La muralla robada (1989)-, tejió una estructura cercana a la realidad rural de aquel país sudamericano que llevaba por destino escarbar con sus propias manos el futuro.  Luego, crearía en la ciudad de Asunción la Escuela Municipal de Arte Escénico, el Centro Arte Nuevo y el Museo Julián de la Herrería y participaría en la creación de un círculo artístico-literario llamado Vy’á raity, nido de la alegría.

Los rasgos que definen sus obras, subrayados por la filóloga de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria Ángeles Mateo del Pino, es el retrato de la mujer paraguaya en la sociedad en la que vive y la duplicidad del lenguaje narrativo en cuanto utiliza tanto el léxico y la sintaxis del castellano y del guaraní para distinguir las voces de los personajes o de la narradora omnipresente.

… ¿El río amarillo se ha tornado de sangre?… Blas flota en un mundo por mitad de sombra y de relámpagos. Alguien solemne y lento se inclina sobre él. Es el franciscano Fray Pérez acompañado de un acólito. Trae los Santos Oleos. Ha llegado la hora para Blas de Lemos, que si ha vivido como pecador morirá como cristiano. La ceremonia se desarrolla entre murmurios de latines y algún sollozo ahogado: Cecilia. Por fin termina. Úrsula reacomoda las ropas de la cama sobre el cuerpo, ya consagrado para la tierra, de Blas de Lemos, y se aparta nuevamente a su sitio a los pies de la yacija. Blas regresa despacio hacia su luz náufraga.

La mano en la tierra (1963)

Josefina Plá y las letras

Su padre quería que fuera abogada, pero partió. ¿Entre las leyes hubiese tenido un mínimo del reconocimiento que había labrado a lo largo de las últimas décadas? En las fotografías que circulan por documentales, archivos y baúles rotos por donde se escapan, se observa a su marido como un hombre de rasgos finos, gafas redondas, piel lampiña. Dice Plá que nunca notó la diferencia de edad, e ida con él, la crisis económica nacional los devolvió a la creatividad.

Hay un comentario de un Claudio bajo este vídeo que dice así: «Josefina Pla compró un par de mis obras en 1998 en la ciudad de Ancud, yo no sabía quién era ella, pero me dijo que me auguraba un tremendo futuro en el arte, siempre y cuando salga de Chile. Lamentablemente, no le hice caso y me quedé en el sur de Chile».

Es extraña la apropiación que se hace de la procedencia, aún lejana rozando lo abismal. Reivindica la figura de escritora canaria la institución pública de estas tierras, la reivindica su tierra de acogida a donde se sintió íntimamente unida, ¿y quién no reivindica las palabras que lo emocionan? La extrema sinceridad de ese comentario que le haría Pla a un joven escritor, de ser así, habla de las posibilidades.

Josefina Plá en una entrevista de una televisión local.

Los cuentos nunca fueron infantiles

Hablaba el otro día con dos muchachos, de ojos verdosos, uno me sostenía la mirada y el otro tenía bigote de gato. Me decían que echaban de menos una sección en las librerías dedicadas a los cuentos, que no sabían porqué, pero estaban denostados en algún rincón de las salas infantiles como si no fueran esos relatos perversiones en sí mismos. Hablaban de relatos cortos para aliviar las cargas y pasar páginas.

Josefina recuerda a Mercedes Pinto, a Patricia Highsmith, a las incursiones de Isabel Allende, Alice Munro, Juan Rulfo, Silvina Ocampo, Emilio Sánchez Ortiz, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Dorothy Parker… Se puede tocar lo que expresa.

A todos esos cuentos que nunca escribió pero que están pululando por las estanterías. A mí me la descubrió Ismael, y a ustedes, ¿quién les ha abierto la puerta del salón y les ha enseñado un lugar inexplorado, a quién se han encontrado? Yo también leí un poema, y dejé que Plá me fuera sorprendiendo a través del tiempo.

Déjame ser

Deja llevarme mi última aventura.

Déjame ser mi propio testimonio,

y dar fe de mi propia

desmemoria.

Déjame diseñar mi último rostro,

apretar en mi oído los pasos de la lluvia

borrándome el adiós definitivo.

Déjame naufragar asida

a un paisaje, una nube,

al vuelo humilde de un gorrión,

a un brote renaciente,

o siquiera al relámpago

que abra en dos mi último cielo.

Sujétame los brazos,

engrilla mis tobillos,

empareda mis párpados.

Pero tatuada una flor en la pupila,

crucificada un alba debajo de la frente,

acurrucado un beso en la raíz de la lengua,

déjame ser mi propio testimonio.

Invención de la Muerte (1965)
Josefina Pla
La escritora canaria Josefina Plá.

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Periodista. Cielo azul, salitre, viento gélido, tres ingredientes para mi rincón favorito. ¿Un verso?: "Algún día seré todas las cosas que amo". Y que me narren cuentos.


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