El estereotipo de mujer moderna en la literatura sigue siendo un reflejo de nuestra sociedad sexista. Los personajes que se representan viven en una ciudad, su círculo cercano se compone de sus amigas y tiene múltiples relaciones fallidas hasta encontrar la adecuada. Son treintañeras y su única preocupación es encontrar pareja antes de que Facebook les felicite otro cumpleaños. Con suerte, se le puede añadir el trabajo, si es que tienen tiempo entre pensamientos poco elaborados sobre lo perdida que están sus vidas. La introspección que acontece a estos personajes llega a un punto de autodestrucción que tan solo olvidan tras encontrar el amor o a expensas de esto, a «ellas mismas» tras una ruptura. La literatura de masas ha popularizado este tipo de historias que no dejan de ser misóginas, encuadrando a las mujeres en unas cuantas necesidades, que son más bien producto de la herencia cultural que nos precede. 

El término «literatura femenina» crea un debate sobre las connotaciones negativas que produce. Al usar esta forma de calificar a la literatura escrita por mujeres lo primero que viene a la mente es una novela de masas con características similares a las enumeradas anteriormente. En definitiva, una novela banal. Por ello, las escritoras prefieren decantarse por alternativas como «literatura hecha por mujeres», para no avocar su obra al existencialismo de la banalidad y, sobre todo, perder un gran porcentaje de lectores hombres, que al entender una historia como hecha para mujeres pierden el interés en consumirla. Aunque esto sucede sin que se añada la etiqueta de «femenina». Las historias que se basan en los sentimientos de las mujeres son para un público reducido. Mientras tanto, las historias de los sentires de los hombres son universales.

Son varias las escritoras en el panorama español que deciden desligarse de este término: Almudena Grandes, Rosa Montero, Rosa Regàs o Ana María Matute, entre otras. Saber si el género condiciona la escritura es una de las incógnitas que existe en el mundo academicista literario. La jefa del departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Adama Mickiewicza, Magda Potok, aclara que ella sí considera que «el género marca la producción cultural de forma ineludible y debe ser tenido en cuenta a la hora del análisis literario». Potok compara la etiqueta de género con otras que son ampliamente aceptadas «calificaciones de orden nacional, lingüístico, generacional etc., pero la categoría de género sigue siendo rechazada por las escritoras, probablemente para evitar esta equiparación: masculino-bueno y femenino-malo». Al crearse el término «literatura africana», se planteó un problema similar: agrupar 54 países con historias y personas tan diversas en una sola etiqueta. Pero no existía un sentido peyorativo de la palabra, a pesar de la infravaloración histórica que han sufrido los países africanos desde el colonialismo hasta nuestros días.

Literatura de buena o mala calidad

Las obras escritas por mujeres son tan diversas como ellas mismas. Pero puede existir un denominador común: el machismo que existe en todas las partes del mundo. Para la dueña de la Librería de Mujeres en Tenerife, Izaskun Legarza, solo se puede hablar de características comunes cuando es literatura feminista «porque en ese caso sí existe un compromiso político y una toma de conciencia que se deja ver en la creación literaria». Si se realizara una lectura a ciegas, la librera opina que sería «muy difícil determinar si el texto lo ha escrito un hombre o una mujer, aunque sí podemos determinar su calidad». Buena o mala literatura, «me da igual que esté escrita por un hombre que por una mujer. Hay libros buenos y libros malos, punto», comentaba Ana María Matute. 

La calidad no va asociada al género pero a la hora de representar a personajes femeninos, las escritoras suelen producir mujeres mucho más elaboradas y reales. «Se supone que la gran mujer de la literatura es Madame Bovary, sin embargo, si nos fijamos en mujeres que escribieron en aquella misma época comprobamos que sus personajes femeninos son mucho más complejos», comenta Izaskun Legarza. No sucede únicamente en la literatura, la pintora barroca Artemisia Gentileschi creó por encargo el cuadro Alegoría de la inclinación, que representa a una mujer desnuda. La pintura era tan realista que el cliente tuvo que tapar a la modelo con unos paños. Los hombres escriben de las mujeres desde un prisma alejado, escriben de lo que piensan que son las mujeres sin realmente escuchar sus problemas o minimizarlos desde un punto de vista sexista. 

Literatura femenina y la legitimidad de su término

Negar la existencia del término «literatura femenina» hace que caigamos en la telaraña del machismo, en la cual la araña espera pacientemente porque su víctima ha caído en el engaño completamente sola. Las connotaciones negativas de ciertas palabras o expresiones se producen en muchas ocasiones, y es algo totalmente normal. Significa que la lengua no está muerta y los parlantes la utilizan enriqueciéndola de nuevos significados. Puede ser algo tan simple como: «te quiero comer entera», el verbo «comer» no corresponde a ninguna acepción que nos muestra la RAE, sino que tiene un significado sexual. 

Sin embargo, también produce connotaciones negativas a las que los colectivos discriminados son más propensos a sufrir. Por ejemplo, el colectivo LGBT+ es el más claro. La palabra «maricón», fue y sigue siendo, en ocasiones, un insulto. Hasta que los gays se apropiaron de ella para convertirla en una palabra de la que enorgullecerse y una forma de visibilizarse y mostrarse sin miedo a las críticas. Hasta crear obras como pueden ser el vídeo musical Maricón de Samantha Hudson, que es una mezcla ente denuncia política y representación del absurdo. 

En el área del feminismo también existen casos; la famosa frase «peleas como una niña» para definir la debilidad de una persona. En la actualidad, las mujeres se han apropiado de esta expresión para mostrar que la fuerza no depende del género sino de la persona. Hasta tal punto que podemos ver camisetas con el lema fight like a girl. Puede que nos haga falta una camiseta de write like a girl. Para así, empezar a entender que el problema no radica en las connotaciones que acarrea sino en el sistema que las ha impuesto y contra el que tenemos que luchar apropiándonos del término. Esperaremos a que le llegue la noticia a Amancio.

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Me gustan las historias de las personas, así que intento escribirlas si me dejan. Mi madre guarda cuidadosamente todos los recortes de periódico que he escrito, ¿puedo decir que soy periodista ya?


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