Hace cuatro semanas, reconocí en voz alta que me quería morir. No era la primera vez que lo pensaba, claro. Pero desde mi lado de la línea, a dos mil kilómetros de casa, no es fácil verbalizar que no solo has fallado como persona, sino lo que es peor, como hijo. Que por mucho que te llenen tus seres queridos, tu familia y tus amigos, el veraneo y el cerveceo, las conversaciones de madrugada, los chistes absurdos, las pinceladas de felicidad que construimos juntos, pesa más el apatismo y la desgana, la convicción de que nada tiene sentido y que no vale la pena el esfuerzo. Sentirse mal porque te sientes mal es un sentimiento de mierda. Sin embargo, hay una cosa.

Una sola cosa que no he dejado de hacer durante estas cuatro semanas: ver películas. Me he pasado los fines de semana sin salir de la cama, acumulando basura emocional debajo de la almohada sumido en un sentimiento de impotencia y culpa que me obliga a fingir algo que no soy. Sin fuerzas para vestirme, sin ánimos para preparar la comida, sintiendo que en cada interacción con mis amigos estoy detrás de una máscara. Sospecho que el sentimiento me acompaña desde muy temprano, pero que solo empezó a hacer mella en mi adolescencia. Por suerte, desde entonces no ha dejado de engrosar la lista de obras que me han hecho sentir un poco menos cansado, un poco menos perdido. Muchas veces, aún cuando la cinta se ceba con la herida, el efecto balsámico de los títulos de crédito me permite sentir que sigo vivo, aunque sea solo un poco.

Pero este no es un artículo de recomendar películas, sino de pedir dinero. Dinero público. Porque cuanta mayor sea la inversión, más fácil lo tendrán las nuevas generaciones para cumplir su sueño y, al mismo tiempo, revelarle al mundo su visión de la vida. Sería una estupidez tratar de defender la idea de que el cine cura las depresiones. No estoy seguro de que algo pueda curarlas —en todo caso, distraerlas—. Pero sí sé que todas las artes en general contribuyen a construir infinidad de variables, de mundos paralelos y que quizás en alguno de ellos encontremos el narcótico que nos permita ser felices. Es mi última esperanza.

Un monstruo (capitalista) viene a verme

Siguiendo por Twitter la gala de los Premios Goya el pasado 25 de enero, no podía creer la cantidad de neoliberales que sacaron sus garras contra Eduardo Casanova por responder «dinero público» cuando le preguntaron qué le pediría a Pedro Sánchez. ¿Qué debería haber reclamado en su lugar desde aquella tribuna? ¿Una vajilla de porcelana? Por supuesto que es responsabilidad del Gobierno invertir en cine, en todo tipo de cine, le pese a quien le pese. Porque no hay cine bueno y cine malo, sino películas que (te) gustan y que no (te) gustan. De forma individual. Como todo en el arte. Incluso lo que atrae a las masas debe estudiarse desde la individualidad.

Pero no solo anónimos que coquetean con el fascismo en redes sociales le saltaron a la yugular, sino también personas (o personajes) de cierto recorrido e influencia en el mundo mediático y en el verdadero: Taburete y Pérez-Reverte. Los primeros, los inevitables hijos de, pedían dinero para la música. El otro, para editores, escritores y lectores. Se ve que conocían más bien poco su gremio o que se hicieron los suecos, porque ninguno de ellos ha dejado de chupar del bote.

Porque hablemos con franqueza. Desde las bibliotecas municipales hasta el famosete de turno que viene a amenizar la verbena de tu pueblo: todo eso también lo sufraga el Estado. En el caso del grupo musical y del ex reportero de guerra, sus bolos dan para números mayores. El periodista Antonio Maestre, sin ir más lejos, sacaba a la luz una contratación de Taburete por parte del Ayuntamiento de Almaraz (Cáceres) por nada menos que 51 000 euros en agosto de 2019. Y Reverte no solo se olvidó de la cantidad de concursos públicos que existen para editores y escritores, sino que él mismo ha participado activamente en adaptaciones cinematográficas de sus libros que han recibido subvenciones del Estado. El caso más reciente es Oro (Díaz Yanes, 2017).

Que el cine no es industria, que es todo campo

Otros jóvenes de mi edad opinan que el Estado debe intervenir lo menos posible en todo. Tengo la ligera sospecha de que su idea de Gobierno equivale a un señor con bigote. Creen que papá Estado no puede proveer de nada a sus hijos porque estos se convertirán en ninis parasitarios. Creen que eso es el comunismo. Y en España, que nunca ha habido de eso —y puestos a aclarar, tampoco en el resto del mundo—, el Estado no regala dinero, sino que lo invierte. Cuando se subvenciona parcialmente una película, esta debe producirse. Los proyectos se ejecutan, se llevan a cabo, y se saldan con mayor o menos éxito, pero siempre en favor del bien colectivo. Y la cultura es, junto a sanidad y educación, el mayor de esos bienes.

Esos neoliberales de pacotilla que se han sacado el máster de Economía en Aravaca reducen la cultura a una industria y tienen sueños húmedos con la meritocracia. Pero ni en el más pérfido capitalismo la economía se reduce a una cuestión de riesgo, a un juego determinista del capital. También existe el valor añadido. Y es que el capital humano, social y cultural nos enriquece como país o, por seguir hablando en sus propios términos, como marca y modelo de exportación.

Para ellos solo el cine comercial es el buen cine, el que hace dinero. Tarkovski y Bergman no llenaron salas, pero están en la cúspide del cine europeo. Las películas que me han cambiado la vida no son El orfanato u Ocho apellidos Vascos, sino cintas como Pieles, que expresan una visión autoral de la vida y elevan el cine a la categoría de arte por lograr la no tan simple hazaña de abrir un debate metacinematográfico, independientemente de la calidad del resultado global.

Los otros (y yo)

Pedir dinero público en la alfombra roja ha sido la norma hasta ahora. Pero el fantasma de Vox ha alimentado las bocas de la ignorancia y las anima a escupir bilis sin sentir vergüenza. De hecho, jamás pensé que en este país habría gente a la que le molestara que un artista pidiera al Gobierno que gastara en su sector. Y eso dice mucho del lugar que ocuparía la cultura si ellos —los mismos que instan al Gobierno a defender la tauromaquia— tuvieran las riendas de España.

No es casualidad la franqueza que sobrevuela este texto. Por primera vez en mucho tiempo, no me importan las figuras literarias, las metáforas o filigranas. Sé que hay una verdad en lo profundamente íntimo. Por eso, casi de soslayo, mantengo la esperanza de que, si alguien se cruza con estas palabras, se reconcilie con sus argumentos de mierda. Que no somos todo números. Y que la vida no es dinero, dinero, dinero. A veces la vida son solo motivos para seguir. Hay quienes no podemos comprarlos. Tampoco me impidas encontrarlos. Puto gilipollas —como dice la canción—.

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El periodismo me queda de paso. Escribo. Arte, misantropía y revolución. Excelsior.

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